EL HOMBRE EN EL LABERINTO
Robert Silverberg
Título
original: The man in the maze
Traducción: Beatriz Podestá
© 1969 by Robert Silverberg
© 1982 Editorial Bruguera S.A.
Av. infanta carlota, 129 -
Barcelona
ISBN 84-02-09168-7
Edición electrónica de Sadrac
Buenos Aires - Febrero de 2001
Capítulo
Primero
1
Muller ya
conocía bien el laberinto. Se había familiarizado con sus trampas y sus
espejismos, sus añagazas, sus celadas mortales. Había vivido nueve años en el
laberinto y ese tiempo había sido suficiente para aceptar sus condiciones,
aunque no le había reconciliado con la situación que le había obligado a
refugiarse allí.
Todavía andaba
con cautela. Tres o cuatro veces había comprobado que su conocimiento del
laberinto era adecuado y aplicable, pero no completo. Una vez había estado al
borde de la destrucción y se había salvado gracias a un increíble golpe de
suerte, justo en el momento en que un inesperado rayo de fuerza brotaba delante
de él, creando una corriente de energía pura e hirviente que atravesó su
camino. Muller había anotado en un plano la situación de ese rayo y de
cincuenta más, pero mientras se movía a través de la ciudad laberinto, sabía
que no podía estar seguro de que no encontraría un rayo nuevo y desconocido.
Arriba, el
cielo se estaba oscureciendo; el verde Intenso y profundo de la tarde se estaba
transformando en el negro de la noche. Muller se detuvo un momento y miró los
dibujos que formaban las estrellas. Hasta ello se estaba volviendo familiar.
Había establecido sus propias constelaciones en aquel mundo desolado,
explorando los cielos en busca de combinaciones de brillos que fueran
satisfactorios para sus duras y amargas preferencias.
Estaban
apareciendo: la Daga, la Espalda, la Saeta, el Mono, el Sapo. En la frente del
Mono parpadeaba una estrellita insignificante; Muller suponía que era el Sol de
la tierra. No estaba seguro, porque había destruido sus mapas después de
aterrizar, pero, de todos modos, intuía que aquella bolita de fuego debía de
ser el Sol. La misma estrella borrosa formaba el ojo izquierdo del Sapo. A
veces, Muller se decía que el Sol no podía ser visible en el cielo de aquel
mundo, situado a noventa años luz de la tierra, pero otras veces creía que sí.
Más allá del Sapo estaba la constelación que Muller llamaba Libra, la Balanza.
Por supuesto, aquella balanza estaba completamente desequilibrada.
Tres lunas
pequeñas brillaban en el cielo. El aire era tenue, pero respirable; hacía mucho
que Muller había dejado de notar que contenía demasiado nitrógeno y poco oxígeno.
También le faltaba un poco de dióxido de carbono; una de las consecuencias era
que casi nunca bostezaba. Eso no le preocupaba. Aferrando con fuerza la culata
de su pistola, anduvo lentamente a través de la ciudad extraña, buscando su
cena. Eso también formaba parte de una rutina fija. Tenía comida para seis
meses almacenada en un depósito antirradiactivo a medio kilómetro de distancia,
pero todas las noches salía de caza, para poder reponer inmediatamente lo que
retiraba de su escondrijo. Era una forma de matar el tiempo. Y necesitaba que
el escondrijo estuviese lleno, el día en que el laberinto le hiriera o le
paralizara. Sus ojos penetrantes observaron las calles angulosas. A su
alrededor se levantaban los muros, pantallas, trampas e ilusiones del laberinto
dentro del que vivía. Respiró hondo. Apoyaba cada pie con firmeza antes de
levantar el otro. Miró en todas las direcciones. El triple claro de luna
analizaba y disecaba su sombra, dividiéndola en imágenes que se multiplicaban,
que danzaban y se extendían ante él.
El detector de
masas que llevaba sobre su oreja Izquierda emitió un sonido agudo. Eso dijo a
Muller que había captado la emisión térmica de un animal que pesaba más de 50
kilos y menos de 100. El detector estaba programado para buscar en tres
niveles; éste era el nivel medio, el de los animales alimento. El detector
también informaba de la proximidad de criaturas entre 10 y 20 kilos - el nivel
de los animales dentados - o de las bestias de más de 500 kilos, el nivel de la
caza mayor. Los más pequeños tenían el hábito de lanzarse velozmente a la
garganta y los grandes eran como apisonadoras; Muller cazaba los del medio y
evitaba a los demás.
Se agazapó, con
el arma dispuesta. Los animales que vagabundeaban por el laberinto, allí en
Lemnos, Podían ser cazados sin necesidad de estratagemas: se vigilaban
mutuamente, pero pese a los largos años que Muller llevaba allí, no habían
aprendido que éste era un predador. Evidentemente, hacía varios millones de
años que ninguna forma de vida inteligente cazaba en el planeta, y Muller había
estado matándolos para llenar el morral todas las noches sin que hubiesen
aprendido nada sobre la naturaleza de los hombres. Cuando cazaba, su única
preocupación era disparar desde un lugar de observación seguro, de modo que, al
concentrarse en su presa, no corriera el riesgo de ser víctima de otro animal
más peligroso. Con una especie de espuela que estaba montada en el talón de su
bota izquierda exploró la pared que había detrás de él, asegurándose de que no
se abriría para tragarlo. Era sólida. Mejor así. Muller retrocedió lentamente
hasta que su espalda tocó las piedras frescas y pulimentadas. Su rodilla
izquierda se apoyó en el suelo, que cedió apenas. Tomó puntería. Estaba a
salvo. Podía esperar. Pasaron, quizá, tres minutos. El detector de masas
continuó gimiendo; eso indicaba que el animal estaba dentro de un radio de cien
metros. El tono subía ligeramente a medida que la emisión térmica era más
fuerte. Muller no tenía prisa. Estaba a un lado de una vasta plaza rodeada por
brillantes paneles de cristal, y cualquier cosa que surgiera bajo aquellos
brillantes cuarzos crecientes sería un blanco fácil. Aquella noche, Muller
estaba cazando en la zona E del laberinto, el quinto sector desde el centro y
uno de los más peligrosos. Raramente Iba más allá de la zona D, relativamente
inocua, pero un estado de ánimo temerario le había empujado esa tarde hasta E.
Desde que había conseguido entrar en el laberinto nunca se había arriesgado a
volver a G o a H y sólo dos veces habla llegado a F. Iba a E cinco veces al
año, quizá.
Las líneas
convergentes de una sombra aparecieron a su derecha, sobresaliendo de una de
las paredes curvas de cristal. El zumbido del detector de masas llegó al punto
más alto del espectro tonal para animales de aquel tamaño. La luna más pequeña,
Atropos, moviéndose rápidamente en el cielo, cambió el dibujo de las sombras;
las líneas ya no eran convergentes y ahora una barra negra atravesaba a las
otras dos. Muller sabía que era la sombra de un hocico. Un instante más tarde
vio a su víctima. El animal tenía el tamaño de un perro grande, hocico gris y
cuerpo leonado, hombros cargados; era feo y espectacularmente carnívoro.
Durante sus primeros años allí, Muller había evitado cazar carnívoros, pensando
que su carne no sería sabrosa. En cambio, había perseguido a los equivalentes
locales de las vacas y ovejas, pacíficos ungulados que se desplazaban
alegremente por el laberinto, comiendo la hierba de los jardines. Sólo cuando
su suave carne le hartó, se decidió a perseguir a una de las criaturas con
zarpas que cazaban a los herbívoros y, para su sorpresa, su carne resultó
excelente. Vigiló al animal que entraba en la plaza. Su largo hocico se
contraía. Muller le oía olfatear desde su escondite, pero el olor de un hombre no
significaba nada para la bestia.
El carnívoro se
adelantó por el elegante pavimento de la plaza, confiado y presuntuoso; sus
garras golpeaban y rascaban el suelo. Muller afinó su rayo hasta que tuvo el
diámetro de una aguja y apuntó con cuidado, fijando la mira primero en los
hombros y luego en los cuartos traseros. La pistola estaba sensibilizada a la
proximidad del blanco y era capaz de matar automáticamente, pero Muller siempre
conectaba el disparador manual. El y su pistola se proponían fines diferentes:
a la pistola le preocupaba matar, y a Muller, comer. Era más fácil apuntar por
su cuenta que tratar de convencer al arma de que un golpe a través de la tierna
y jugosa paletilla le privaría del trozo más sabroso. La pistola, buscando el
blanco más simple, apuntaría a la espina dorsal a través del hombro, para matar
a la bestia. Muller aspiraba a una mayor fineza.
Eligió como
blanco un punto situado a doce centímetros del hombro: el lugar donde la espina
entraba en el cráneo. Bastó un disparo; el animal se derrumbó pesadamente.
Muller se acercó tan velozmente como pudo, estudiando todos los sitios en que
pisaba. Rápidamente cortó las partes inútiles, patas, cabeza, estómago, y roció
con un atomizador el enorme filete que cortó de la paletilla. También cortó la
mayor parte de los cuartos traseros y ató los dos paquetes a sus hombros. Luego
dio la vuelta, buscando el camino zigzagueante que era la única entrada segura
al centro del laberinto. En menos de una hora podía estar de vuelta en su cubil
de la zona A.
Había recorrido
la mitad de la plaza cuando oyó un ruido poco familiar.
Se detuvo y
miró hacia atrás. Tres pequeñas criaturas se acercaban, saltando, al animal
muerto. Pero ése no era el sonido que le había inquietado. ¿Acaso el laberinto
preparaba un nuevo truco diabólico? Habla sido un zumbido bajo cubierto por un
áspero latido en las frecuencias medias, demasiado prolongado para ser el
rugido de algún animal grande. Era un sonido que Muller no habla oído nunca.
No; un sonido
que allí no había oído nunca. En alguna parte de los bancos de su memoria debla
de estar registrado. Buscó. El sonido era familiar. Ese estampido doble que se
desvanecía lentamente en la distancia..., ¿qué era?
Determinó su
dirección. El sonido llegaba por encima de su hombro derecho, o así le parecía.
Muller miró en esa dirección y no vio más que la triple cascada de la pared
secundaria del laberinto, alzándose, ringlera sobre brillante ringlera
ambarina. ¿Sobre esa pared? Vio el cielo iluminado por las estrellas: el Mono,
el Sapo, la Balanza.
Muller recordó
el sonido.
Una nave, una
nave estelar pasando a propulsión iónica para efectuar un aterrizaje
planetario. El estampido de los escapes, el latido de las válvulas de
desaceleración. Hacía nueve años que no oía ese sonido, desde que había
comenzado su autoexilio en Lemnos. De modo que tenía visitantes. ¿Serían
Intrusos casuales o le habrían encontrado? ¿Qué querían? la ira le inflamó.
Estaba harto de ellos y de su mundo. ¿Por qué no le dejaban en paz? Muller
estaba alerta, las piernas separadas; una parte de su mente buscaba peligros,
como siempre, aun mientras miraba furioso hacia el punto en que, probablemente,
aterrizaría la nave. No quería tener tratos con la Tierra ni con los
terrestres. Miró con odio hacia el tenue punto luminoso que había en el ojo del
Sapo, en la frente del Mono.
No llegarían
hasta él.
Morirían en el
laberinto y sus huesos se unirían a la acumulación formada durante un millón de
años que yacía en los corredores externos.
Y, si lograban
entrar, igual que él...
Bueno, entonces
tendrían que vérselas con él. Y no les resultaría agradable. Muller sonrió
torvamente, acomodó la carne sobre su espalda y se concentro enteramente en la
labor de penetrar en el laberinto. Pronto estuvo a salvo en la zona C. Llegó a
su guarida. Guardó la carne. Preparó su cena. El dolor golpeaba su cráneo.
Después de nueve años, ya no estaba solo en aquel mundo. Habían ensuciado su
soledad. Una vez más, Muller se sintió traicionado. Lo único que pretendía de
la tierra era soledad, y ni siquiera le concedían eso. Pero si se las
arreglaban para llegar hasta él, dentro del laberinto, sufrirían.
2
La nave habla
reentrado en el espacio normal con retraso, casi en las capas exteriores de la
atmósfera de Lemnos. Charles Boardman estaba disgustado. Exigía de sí mismo el
más alto nivel de rendimiento y esperaba que quienes le rodeaban se comportaran
de la misma forma. Especialmente los pilotos.
Ocultando su
irritación, Boardman conectó la pantalla y la pared de su cabina floreció con
una vivida imagen del planeta. Sólo algunas nubes velaban su superficie; veía
claramente a través de su atmósfera. En medio de una ancha llanura había una
serie de arrugas que se distinguían con nitidez, aun a cien kilómetros de
altura. Boardman se volvió hacia el joven que estaba a su lado y dijo:
- Ahí lo
tienes, Ned. El laberinto de Lemnos. Y Dick Muller está metido en él.
Ned Rawlings
apretó los labios.
- ¿Tan grave
es? ¡Debe de tener cientos de kilómetros de diámetro!
- Lo que ves
ahora son los terraplenes exteriores. El laberinto mismo está rodeado por un
anillo concéntrico de muros de tierra de cinco metros de altura y mil
kilómetros de circunferencia exterior. Pero...
- Sí, lo sé -
Interrumpió Rawlings. Casi inmediatamente se sonrojó, con la enternecedora
inocencia que Boardman encontraba tan encantadora y en breve trataría de
utilizar -. Lo siento, Charles. No quise interrumpirle.
- No tiene
importancia. ¿Qué es lo que querías preguntarme?
- Esa mancha
oscura dentro de los muros externos, ¿es la ciudad?
Boardman asintió.
- Ese es el
laberinto Interno. Veinte, treinta kilómetros de diámetro... y Dios sabe
cuántos millones de años de edad. Allí es donde hallaremos a Muller.
- Si podemos
entrar.
- Cuando
entremos.
- Sí. Sí.
Claro. Cuando entremos - Se corrigió Rawlings enrojeciendo nuevamente. Esbozó
una sonrisa rápida y diligente -. ¿No hay una posibilidad de que no encontremos
la entrada?
- Muller la
halló - dijo Boardman en voz baja -. Está allí.
- Pero fue el
primero que pudo entrar. Todos los demás fracasaron. De modo que quizá
nosotros...
- No fueron
muchos los que lo intentaron - replicó Boardman -. Y quienes lo hicieron no
tenían el equipo necesario. Conseguiremos hacerlo, Ned. Lo conseguiremos.
Tenemos que hacerlo. Ahora cálmate y disfruta del aterrizaje.
La nave se
dirigió al planeta; iba demasiado rápida, pensó Boardman, que se sentía
oprimido por la fuerza de la desaceleración. Odiaba los viajes y odiaba los
aterrizajes por encima de todo. Pero aquél era un viaje que no había podido
evitar. Se recostó en la litera amortiguadora y desconectó la pantalla. Ned
Rawlings seguía de pie; sus ojos brillaban a causa de la excitación. «Qué
maravilloso es ser joven», pensó Boardman, no muy seguro de que fuera un
pensamiento sarcástico. El chico era fuerte y saludable, y más inteligente de
lo que parecía a veces. Un chico prometedor, como se decía unos siglos antes.
Boardman no recordaba haber sido así, cuando era joven. Tenía la sensación de
haber estado siempre en la edad madura; astuto, calculador, organizado. Ahora
tenla ochenta años, había vivido casi la mitad de su vida, y cuando intentaba
juzgarse honestamente, no lograba convencerse de que su personalidad se hubiese
modificado de forma esencial desde que tenía veinte años. Había aprendido
ciertas técnicas, la forma de manejar a los hombres; era más sabio, pero
cualitativamente no había cambiado. Pero el joven Ned Rawlings sería una
persona totalmente diferente dentro de sesenta años; quedaría muy poco del
joven inexperto que estaba en la litera contigua. Boardman sospechaba que
aquella misión sería lo que arrancaría su inocencia a Ned, y esa idea no le
hacía feliz.
Boardman cerró
los ojos mientras la nave efectuaba las últimas maniobras para el aterrizaje.
Sintió que la gravedad aferraba su cuerpo que empezaba a envejecer. Abajo.
Abajo. Abajo. ¿Cuántas caídas en cuántos planetas, odiando cada una de ellas?
La vida diplomática era muy agitada. Navidad en Marte, Pascua en uno de los
mundos centaurianos, la fiesta de mediados de año celebrada en un apestoso
planeta de Rigel... y ahora este viaje, el más complejo de todos. «El hombre no
está hecho para saltar de un planeta a otro - pensó Boardman -. He perdido mi
sentido del universo. Dicen que ésta es la época más rica desde que existe la
humanidad, pero creo que un hombre podría ser aún más rico si conociera hasta
el último guijarro de una isla dorada en un mar azul que gastando su tiempo en
saltar de un mundo a otro.»
Sabía que su
cara estaría distorsionada por la aceleración ahora que la nave se zambullía
hacia el planeta. Había una gruesa papada en su cuello y bolsas de carne extra
en su cuerpo, que le daban un aspecto suave y apoltronado. Con muy poco
esfuerzo, Boardman podría haber adoptado un aspecto más esbelto, la línea
elegante de los hombres a la moda; era una época en que hombres de ciento
veinticinco años podían tener el aspecto de un mozalbete si eso les importaba.
Pero al comienzo de su carrera Boardman había elegido simular el aspecto de un
hombre mayor. Era una inversión: lo que perdía en elegancia lo ganaba en
status. Su negocio era vender asesoramiento a los gobiernos y los gobiernos no
compraban asesoramiento a hombres que tuvieran el aspecto de un jovenzuelo.
Hacía cuarenta años que Boardman representaba cincuenta Y cinco, y esperaba
conservar ese aspecto de hombre maduro, fuerte y vigoroso, durante otros
cincuenta años, por lo menos. Luego, cuando entrara en la última etapa de su
carrera, permitiría que el tiempo lo trabajara nuevamente. Adoptaría los
cabellos blancos y las mejillas hundidas de un hombre de ochenta años; sería
Néstor, en vez de Ulises. Por el momento le resultaba útil profesionalmente
parecer un poco fuera de forma.
Era un hombre
bajo, pero tan fornido que dominaba fácilmente a cualquier grupo en una mesa de
juntas. Sus poderosos hombros, su torso desarrollado y sus largos brazos
hubieran parecido más apropiados en un gigante. De pie, Boardman tenía una
estatura por debajo del promedio, pero sentado inspiraba respeto. Consideraba
muy útil esa característica y nunca había pensado en alterarla. Un hombre
demasiado alto se adapta mejor a dar órdenes que a aconsejar y Boardman nunca
había deseado mandar; prefería ejercer el poder de formas más sutiles. Pero un
hombre bajo que parece alto cuando se sienta, puede controlar imperios. Y los
negocios de los imperios se discuten alrededor de una mesa.
Su aspecto
irradiaba autoridad. Su mentón era fuerte, su nariz gruesa, roma y enérgica,
sus labios firmes y sensuales al mismo tiempo, sus cejas inmensas y revueltas,
rayas negras que brotaban de una frente maciza que podría haber impresionado a
un Neandertal. Sus cabellos eran largos y desordenados. Tres anillos brillaban
en sus dedos; uno era un giroscopio de platino y rubíes con incrustaciones de
uranio 238 de un matiz apagado. Se vestía de forma severa y conservadora;
prefería las telas gruesas y los cortes de aspecto casi medieval. En otras
épocas podría haber desempeñado el papel de prelado mundano o el de primer
ministro ambicioso; hubiese sido un hombre importante en cualquier corte de
cualquier período. Era importante ahora. Y el precio que pagaba por esa
importancia era la agitación de los viajes. Pronto aterrizaría en otro planeta
desconocido, donde el aire tendría un olor desagradable, la gravedad sería un
poco más fuerte de lo deseable y el color del sol, incorrecto. Boardman frunció
el ceño. ¿Por qué demoraba tanto el aterrizaje?
Miró a Ned Rawlings. Veintidós o veintitrés años, algo así; era el
retrato de la juventud ingenua, aunque Boardman sabía que Ned era lo
suficientemente mayor como para haber aprendido más cosas de las que
demostraba. Alto, convencionalmente guapo (sin ayuda de la cirugía estética),
cabellos rubios, ojos azules, labios gruesos y móviles, dentadura perfecta. Era
el hijo de un teórico de comunicaciones ya fallecido que había sido uno de los
amigos más íntimos de Richard Muller. Boardman contaba con eso para facilitar
las delicadas negociaciones que debía emprender.
- ¿Se siente
bien, Charles? - preguntó Rawlings.
- Viviré.
Pronto habremos llegado.
- El aterrizaje
parece tan lento, ¿verdad?
- Sólo falta un
minuto - dijo Boardman. La cara del muchacho registraba apenas el impacto de
las fuerzas que actuaban sobre ellos. Su mejilla izquierda estaba ligeramente
estirada hacia abajo; eso era todo. Parecía increíble ver la insinuación de un
rictus en aquel rostro resplandeciente.
- Allá vamos -
murmuró Boardman, y volvió a cerrar los ojos.
La nave
recorrió el último tramo que la separaba del suelo. Los expulsores quedaron
desconectados, los tubos de desaceleración gruñeron por última vez. Llegó el
último momento de incertidumbre. Luego la estabilidad, los garfios firmemente
anclados, el ruido del aterrizaje silenciado. «Estamos aquí - pensó Boardman -.
Ahora, al laberinto, a buscar al señor Richard Muller. Habrá que ver si en
estos nueve años se ha vuelto menos horrible. Quizá sea como todo el mundo,
ahora. Si es así - se dijo Boardman -, que Dios nos ayude.»
3
Ned Rawlings no
había viajado mucho. Solo había visitado cinco mundos, de ellos tres del
sistema solar. Cuando tenía diez años su padre lo había llevado a pasar el
verano a Venus. Dos años más tarde había visitado Marte y Mercurio. Como regalo
de graduación, a los dieciséis años, hizo su primera excursión extrasolar, a
Alfa de Centauro IV y, tres años después, había hecho un melancólico viaje al
sistema de Rigel para traer el cadáver de su padre a casa, después del
accidente.
No eran tantos
viajes en una época en que la propulsión hiperespacial permitía viajar de un
sistema a otro casi tan fácilmente como de Europa a Australia; Rawlings lo
sabía. Pero ya tendría tiempo de hacer excursiones más adelante, cuando se le
asignasen misiones diplomáticas. De todos modos, si debía tomar en cuenta las
opiniones de Charles Boardman, los placeres del viaje perdían su atractivo con
rapidez, y andar de arriba para abajo por el universo se volvía un trabajo más.
Rawlings comprendía la fatiga en la actitud de un hombre que tenía cuatro veces
su edad, pero sospechaba que Boardman decía la verdad.
Que viniera la
fatiga. Por ahora, Ned Rawlings estaba en un mundo extraño por sexta vez en su
vida y lo estaba disfrutando. La nave estaba anclada en la gran llanura que
rodeaba el laberinto de Muller; las murallas externas del laberinto propiamente
dicho estaban a cien kilómetros al sudeste. Era medianoche en esa parte de
Lemnos. El planeta tenía días de treinta horas y un año de veinte meses; el
otoño estaba comenzando en ese hemisferio y el aire era frío. Rawlings se alejó
de la nave. La tripulación estaba descargando los expulsores que servirían para
construir el campamento. Charles Boardman estaba a un lado, envuelto en un
grueso abrigo de pieles y tan ensimismado que Rawlings no se atrevió a
acercarse. Sabía que Boardman era un viejo cínico, pero, pese a eso, era
imposible no admirarlo. Rawlings sabía que Boardman era un auténtico gran
hombre, aunque no había conocido a muchos. Su propio padre habla sido uno,
quizás. Dick Muller era otro, pero por supuesto, Rawlings sólo tenía unos doce
años cuando Muller se metió en el horrible lío que destrozó su vida. Bueno,
haber conocido tres hombres de ese calibre durante su corta vida ya era un
privilegio, se dijo Rawlings. Ojalá que su propia carrera fuera la mitad de
buena que la de Boardman. Por supuesto, no era tan astuto como Boardman;
deseaba no serlo nunca. Pero tenía otras características..., una especie de
nobleza de alma que faltaba a Boardman «puedo ser útil a mi manera», pensó
Rawlings, y luego se preguntó si sus esperanzas serían ingenuas.
Llenó sus
pulmones con el aire extraño. Contempló un cielo lleno de estrellas
desconocidas y buscó Inútilmente algún diseño familiar. Un viento helado
recorrió la llanura. El planeta parecía abandonado, desolado, vacío. En la
escuela había estudiado algo acerca de Lemnos: era uno de los antiguos planetas
abandonados por una extraña raza desconocida que había desaparecido mil siglos
antes. Sólo quedaban de ella unos cuantos huesos fosilizados, fragmentos de
máquinas... y el laberinto. El laberinto mismo rodeaba una ciudad de los
muertos que el tiempo apenas había tocado.
Los arqueólogos
habían explorado la ciudad desde el aire, escudriñándole con sensores,
exasperados por la frustración de no poder entrar en ella. Las primeras doce
expediciones que fueron a Lemnos no habían podido encontrar un camino seguro
para entrar en el laberinto; todos los hombres que entraron perecieron víctimas
de las trampas ocultas, inteligentemente situadas en las zonas exteriores. El
último intento se había efectuado cincuenta años atrás. Luego Richard Muller
había llegado allí, buscando un lugar donde ocultarse de la humanidad, y, de
algún modo, había hallado su entrada.
Rawlings se
preguntó si tendrían éxito y lograrían entrar en contacto con Muller. También
se preguntó cuántos de los hombres que habían viajado con él morirían antes de
que pudiesen penetrar en el laberinto. No consideró la posibilidad de su propia
muerte. A su edad, la muerte era aún algo que les sucedía a los demás. Pero
algunos de los hombres que ahora trabajaban instalando el campamento estarían
muertos dentro de unos días.
Mientras
pensaba en eso, apareció un animal, trotando sin hacer ruido, desde atrás de un
montecillo arenoso que estaba allí cerca. Rawlings miró a la bestia desconocida
con curiosidad. Se parecía un poco a un gato grande, pero sus garras no eran
retráctiles y su boca estaba erizada de colmillos verdosos. Unas listas
luminosas daban una tonalidad alegre a sus esbeltos flancos. Rawlings no
conseguía imaginar qué utilidad podía tener para un predador una piel luminosa,
salvo que usara su brillo como una especie de cebo.
El animal se
acercó a una docena de metros, miró a Rawlings sin demostrar un interés real y
luego se volvió con gesto gracioso y trotó hacia la nave. La combinación de
extraña belleza, poder y amenaza de aquel animal resultaba muy atractiva.
Ahora se
aproximaba a Boardman. Y Boardman estaba sacando un arma.
- ¡No! -
Rawlings oyó su propio grito -. ¡No lo mate, Charles! ¡Sólo quiere mirarnos!
Boardman
disparó.
El animal saltó
convulsionado por los aires y cayó con las patas extendidas. Rawlings se acercó
corriendo, abrumado por la conmoción. «No tenía por qué haberlo matado - pensó
-. El animal sólo estaba explorando. ¡Qué canallada!»
- ¿No podía
haber esperado un minuto, Charles? - dijo, enfadado -. ¡Quizá se hubiese
marchado! ¿Por qué...?
Boardman
sonrió. Hizo señas a un tripulante que atrapó al animal con una red-spray. El
animal se estremeció, mientras el tripulante lo llevaba hacia la nave.
Suavemente, Boardman dijo:
- Lo único que
hice fue aturdirlo, Ned. Parte del gasto de este viaje se pagará con fondos del
zoológico federal. ¿Creíste que yo era de los que disparan con facilidad?
De golpe,
Rawlings se sintió muy pequeño y tonto.
- Bueno..., en
realidad no. Quiero decir que...
- Olvídalo. No;
no lo olvides. No olvides nada; aprende algo: es mejor tener todos los datos
antes de ponerse a gritar tonterías.
- Pero si yo
hubiese esperado y usted lo hubiese matado realmente...
- Entonces
hubieras aprendido algo feo sobre mí, al precio de la vida de un animal,
Hubieses dispuesto de un dato útil: yo me transformo en un asesino a la vista
de cualquier cosa rara con dientes afilados. En cambio, lo único que hiciste
fue ruido. Si me hubiese propuesto matarlo, tu grito no hubiera cambiado mis
intenciones. Pero hubiese podido malograr mi puntería y hubiera quedado a la
merced de un animal herido y furioso. De modo que tómate tu tiempo, Ned. Haz
una evaluación de los hechos. A veces es mejor dejar que suceda algo que jugar
tus cartas demasiado rápido. - Boardman hizo un guiño -. ¿Te estoy ofendiendo,
Ned? ¿Haciéndote sentir como un Idiota con mi pequeña lección?
- Claro que no,
Charles. Sé que tengo mucho que aprender.
- ¿Y estás
dispuesto a aprender de mí, aunque sea un viejo canallesco y exasperante?
- Charles,
yo...
- Disculpa,
Ned, no debería burlarme de ti. Tenías razón cuando trataste de impedir que
matara a ese animal. No fue culpa tuya si no comprendiste lo que yo hacía. En
tu lugar hubiese actuado exactamente igual.
- ¿Quiere decir
que no debía tomarme mi tiempo y reunir todos los datos mientras usted sacaba
su pistola? - preguntó Rawlings, atónito.
- Posiblemente,
no.
- Se está
contradiciendo, Charles.
- Tengo el
privilegio de ser inconsciente - dijo Boardman -. Es casi mi marca de fábrica.
Trata de dormir bien esta noche - dijo, riendo -. Mañana volaremos sobre el
laberinto y trataremos de levantar un plano; luego empezaremos a mandar hombres
a su interior. Supongo que dentro de una semana estaremos hablando con Muller.
- ¿Cree que
estará dispuesto a cooperar?
Los enérgicas
rasgos de Boardman se ensombrecieron.
- Al principio,
no. Estará tan lleno de amargura que escupirá veneno. Después de todo, fuimos
nosotros los que le echamos. ¿Por qué iba a ayudar a la tierra ahora? Pero se
convencerá, Ned, porque, fundamentalmente, es un hombre honorable y eso es algo
que no cambia, por enfermo y solitario y angustiado que esté un hombre. Ni
siquiera el odio puede corromper el honor. Tú lo sabes, Ned, porque eres de esa
clase de personas, Hasta yo lo soy, a mí manera. Un hombre honorable.
Convenceremos a Muller. Haremos que salga de ese maldito laberinto y nos ayude.
- Espero que
tenga razón, Charles. - Rawlings dudó -. Y ¿cómo será el encuentro? Quiero
decir, considerando su enfermedad... la forma en que afecta a los demás...
- Será difícil;
muy difícil.
- Usted lo vio,
¿no es así?, después de...
- Sí. Muchas
veces.
- En realidad
no puedo imaginar cómo es acercarse a un hombre y sentir que toda su alma se
derrama sobre uno - dijo Rawlings -. Eso es lo que sucede cuando uno está con
Muller, ¿no?
- Es como
entrar en un baño de ácido - dijo Boardman lentamente -. Uno puede
acostumbrarse, pero no le gusta. Sientes como si hubiese fuego sobre tu piel.
El espanto, los terrores, la avaricia, la enfermedad brotan de él como si fuera
un manantial de excrementos.
- Y Muller es
un hombre honorable... un hombre decente.
- SI; lo era. -
Boardman miró hacia el lejano laberinto -. Por suerte. Es algo que te hace
pensar, ¿verdad, Ned? Si un hombre de primera clase como Dick Muller tiene toda
esa basura en su cerebro, ¿cómo será la gente común? ¿La gente vulgar que vive
vidas vulgares? Si sufrieran la misma maldición que Muller serían como
Ianzallamas que quemarían cualquier mente, a años luz de distancia.
- Pero hace
nueve años que Muller está solo con su desgracia - dijo Rawlings -. ¿Y si ahora
es imposible acercarse a él? ¿Si eso que irradia es tan fuerte que resulta
imposible de soportar?
- Lo
soportaremos - dijo Boardman.
Capítulo II
1
Dentro del
laberinto, Muller estudiaba su situación y consideraba sus opciones. En los
recuadros verde lechoso de la pantalla visora podía ver la nave y las cúpulas
de plástico que habían brotado a su alrededor; también veía las diminutas
figuras de los hombres que iban y venían. Ahora lamentaba no haber podido
encontrar el control de precisión de la pantalla: las imágenes que recibía
estaban completamente desenfocadas. Pero se consideraba afortunado por tener la
pantalla a su disposición. Muchos de los antiguos instrumentos de la ciudad
eran inservibles desde hacía mucho, a causa del deterioro de alguna pieza
vital. Sin embargo, un número sorprendente de máquinas había soportado el paso
del tiempo sin sufrir daños, como testimonio de la habilidad mecánica de sus
fabricantes, pero Muller sólo había logrado descubrir la utilidad de unas pocas
y las utilizaba de forma imperfecta.
Contempló las
figuras borrosas de sus semejantes, que trabajaban activamente, y se preguntó
qué nuevo tormento estarían preparando para él.
Había tratado
de no dejar rastros de su paradero cuando huyó de la Tierra. Había viajado en
una nave alquilada, llenando un formularlo de vuelo engañoso, vía Sigma
Draconis. Cierto que durante su trayectoria hiperespacial había tenido que
pasar por seis puestos de control, pero a todos les había mostrado un
itinerario simulado de un periplo galáctico cuidadosamente preparado para
despistar a los controladores.
Una
comprobación rutinaria de todas las posiciones de control revelaría que las
posiciones que había dado Muller sucesivamente carecían de sentido, pero había
apostado a que conseguiría completar su vuelo y desaparecer antes de que se
hiciera uno de tales controles. Evidentemente había ganado su apuesta, ya que
ninguna nave de intercepción le había seguido.
Al salir de la
trayectoria hiperespacial cerca de Lemnos, había efectuado la última maniobra
evasiva, dejando su nave en una órbita de estacionamiento y bajando en una
cápsula de eyección. Una bomba disruptora, programada anticipadamente, había
hecho estallar la nave en moléculas y había enviado los fragmentos en millones
de órbitas diferentes por todo el universo. ¡Se necesitaría un computador muy
sutil para calcular un nexo probable entre los fragmentos! La bomba estaba
calculada para crear cincuenta vectores falsos por metro cuadrado de superficie
de explosión, una garantía virtual de que ningún rastreo podía ser eficaz
dentro de un lapso de tiempo corto. Muller sólo necesitaba un corto lapso
corto..., unos sesenta años. Tenía cerca de sesenta años cuando dejó la Tierra.
Normalmente podría haber aspirado a otro siglo de vida vigorosa, pero
careciendo de servicios Médicos y cuidándose sólo con un diagnosticador barato,
tendría suerte si llegaba a los ciento diez o ciento veinte, sesenta años de
soledad y una muerte tranquila y privada; eso era lo único que pretenda. Pero
ahora su soledad había sido Interrumpida, al cabo de sólo nueve años.
¿Es que habían
conseguido encontrar su rastro?
Muller no lo
creía. Por un lado, había tomado todas las precauciones antirrastreo posibles.
Por otro, no tenían razones para perseguirlo. No era un fugitivo que debía se
llevado ante la justicia. Era simplemente un hombre que padecía una afección
repugnante, una abominación para sus congéneres, y, sin duda, la Tierra se
alegraba de haberse librado de él. Era una vergüenza y un reproche para ellos,
un manantial de culpa y dolor, un aguijón para la conciencia planetaria. Lo más
bondadoso que podía hacer por sus semejantes era quitarse de en medio y lo
había hecho tan completamente como le fue posible. Era inverosímil que se
esforzaran por buscar a una persona tan odiosa.
Pero entonces,
¿quiénes eran los intrusos?
Arqueólogos,
sospechaba. Las ruinas de la ciudad de Lemnos seguían teniendo una mágica
fascinación para ellos, para todos ellos. Muller había confiado en que los
riesgos del laberinto seguirían manteniendo a distancia a los hombres. Había
sido descubierto un siglo antes, pero, antes de su llegada, Lemnos había sido
rehuido, por muy buenas razones. Muller había visto muchas veces los cadáveres
de quienes habían intentado entrar en el laberinto y habían fracasado. El mismo
había ido allí impulsado en parte por un instinto suicida, en parte a causa del
deseo irreprimible de entrar y desvelar el secreto del laberinto, y en parte
sabiendo que si lograba entrar no era probable que su retiro fuera violado. Ahora
estaba dentro, pero habían llegado los intrusos.
«No entrarán»,
se dijo Muller.
Cómodamente
instalado en el núcleo del laberinto, tenía a su disposición suficientes
sensores como para seguir, de forma imprecisa, los progresos de cualquier ser
vivo que estuviese fuera. De esa forma podía estudiar los movimientos de los
animales que iban de una a otra zona, y también los de las grandes bestias
peligrosas. Dentro de ciertos límites, podía controlar las insidias del
laberinto, que normalmente no eran mas que trampas pasivas, pero que, en
condiciones adecuadas, podían ser empleadas de forma agresiva contra un
enemigo. Más de una vez, Muller había arrojado a algún carnívoro del tamaño de
un elefante dentro de un pozo subterráneo mientras galopaba por la zona D. Se
preguntó si usaría esas defensas contra seres humanos si lograban llegar hasta
allí y no supo que responder. En realidad no odiaba a su especie; simplemente
prefería que lo dejaran solo en lo que podía llamar paz.
Miró las
pantallas. Ocupaba una celda hexagonal que, al parecer, era una de las unidades
de vivienda de la parte central de la ciudad. Estaba equipada con un muro de
pantallas visoras. Le había llevado más de un año descubrir qué partes del
laberinto correspondían a las imágenes de las pantallas, pero colocando marcas
con mucha. paciencia habla logrado emparejar las apagadas imágenes con la
brillante realidad. Las seis pantallas bajas le proporcionaban imágenes de
áreas de las zonas A hasta la F; las cámaras (o lo que fuere) oscilaban en un arco
de 180º, permitiendo que los misteriosos ojos ocultos patrullaran toda la
región que rodeaba cada una de las entradas. Como sólo una entrada
proporcionaba un paso seguro a la zona siguiente y todas las otras eran
letales, las pantallas permitían a Muller vigilar los avances de cualquier
merodeador. No importaba que sucediera algo en alguna de las entradas falsas;
quien persistiera, moriría.
Las pantallas
siete a diez, situadas en la parte superior de la pared, transmitían imágenes
que correspondían a las zonas G y H, las más exteriores, grandes y mortíferas
del laberinto. Muller no había querido tomarse el trabajo de volver a esas
zonas para comprobar su teoría en detalles; suponía que las pantallas
reproducían puntos de las zonas exteriores y no valía la pena volver allí para
descubrir el punto exacto en que estaban montadas las cámaras. En cuanto a las
pantallas once y doce, obviamente, mostraban vistas de la llanura que rodeaba
el Laberinto; la llanura que ahora ocupaba una nave espacial terrestre.
Pocos de los
artefactos que habían dejado los antiguos constructores de la ciudad eran tan
informativos. Montada sobre unas gradas, en el centro de la plaza principal de
la ciudad, y protegida por una bóveda de cristal, había una piedra del color de
un rubí con doce facetas; en su interior, un mecanismo parecido a un intrincado
obturador sonaba y latía. Muller sospechaba que era algún tipo de reloj,
conectado a un oscilador nuclear, que señalaba las unidades de tiempo que
emplearon sus creadores. Periódicamente, la piedra sufría cambios temporales su
superficie se nublaba, su tonalidad se oscurecía, viviéndose azul o negra, y se
balanceaba. Las cuidadosas anotaciones de Muller no habían conseguido revelar
el significado de esos cambios. Ni siquiera había podido analizar su
periodicidad. Las metamorfosis no eran arbitrarias, pero las pautas que las
gobernaban no estaban a su alcance.
En las ocho
esquinas de la plaza había unas columnas metálicas que se adelgazaban
suavemente hacia arriba y tenían seis metros de altura. Esas columnas
describían una vuelta completa en un año, de modo que parecían calendarios que
se movían sobre unas bases invisibles. Muller sabía que completaban una
revolución en cada período de treinta meses, el tiempo que demoraba Lemnos en
dar una vuelta alrededor de su oscuro sol naranja, pero sospechaba que esos
pilotes resplandecientes tenían alguna finalidad más profunda. Ocupaba buena
parte de su tiempo intentando descubrirla.
Cuidadosamente
separadas, en las calles de la zona A había unas jaulas cuyos barrotes eran de
una piedra parecida al alabastro. Muller no sabía cómo abrir las jaulas, pero
dos veces durante sus años allí se había despertado y había encontrado los
barrotes metidos dentro del pavimento de piedra y las jaulas abiertas. La primera
vez habían quedado abiertas durante tres días; luego los barrotes habían vuelto
a su posición mientras él dormía, sin mostrar ninguna junta donde pudieran
haberse separado. Las jaulas se abrieron nuevamente, pocos años después, Muller
vigiló constantemente, tratando de descubrir el secreto de su mecanismo, pero
durante la cuarta noche se adormiló el tiempo justo para perderse el momento
del cierre.
El acueducto
era igualmente misterioso. Alrededor de la zona B corría un canal cerrado, que
quizá era de ónice, con espitas angulares, dispuestas cada cincuenta metros.
Cuando cualquier clase de recipiente - hasta una mano ahuecada - era colocado
debajo de una espita, de ésta manaba agua pura. Pero cuando Muller intentó
meter un dedo en una de espitas no encontró ninguna abertura, ni pudo ver
ninguna mientras manaba el agua; era como si el líquido brotara a través de un
trozo de piedra permeable, cosa que resultó difícil de aceptar a Muller. Pero
el agua era bienvenida.
Le resultaba
sorprendente que la mayor parte de la ciudad hubiese sobrevivido. A partir de
un estudio de los artefactos y los esqueletos que habían encontrado fuera del
laberinto de Lemnos, los arqueólogos habían llegado a la conclusión de que
hacia más de un millón de años que no había vida inteligente allí; o quizá
fueran cinco o seis millones de años. Muller era solamente un arqueólogo
aficionado, pero tenía suficiente experiencia de campo como para conocer los
efectos del paso del tiempo. Los fósiles de la llanura eran evidentemente muy antiguos,
y la estratificación de las murallas exteriores de la ciudad mostraba que el
laberinto era contemporáneo de esos fósiles.
Sin embargo, la
mayor parte de la ciudad, supuestamente construida antes de la aparición del
hombre en la Tierra, parecía intocada por las edades. El tiempo seco podía
explicarlo en parte; no había tormentas, y no había llovido desde la llegada de
Muller. Pero el viento y la arena que arrastraba podían erosionar las paredes y
el suelo en un millón de años, y no había signos de erosión. Ni se había
acumulado la arena en las calles de la ciudad. Muller sabía por qué. Unas
bombas ocultas recogían toda la basura, manteniendo la ciudad inmaculada. Había
juntado un puñado de tierra en los arriates de los jardines y la había tirado
por aquí y por allá. A los pocos minutos los montoncitos de tierra habían
comenzado a deslizarse por el pulimentado pavimento y se habían desvanecido por
unas muescas que se abrieron y se cerraron brevemente en el ángulo entre los
edificios y el suelo.
Era evidente
que bajo la ciudad había una red de Inconcebibles maquinarias; aparatos de
limpieza indestructibles que protegían la ciudad de los estragos del tiempo.
Pero Muller no había podido llegar hasta esa red. Carecía del equipo necesario
para romper el pavimento, que parecía invulnerable. Con herramientas
improvisadas había excavado en los jardines, tratando de llegar hasta la
estructura subterránea, pero aunque uno de sus pozos alcanzó los tres metros de
profundidad y otro fue aún más hondo, no había encontrado más que tierra. Sin
embargo, los guardianes ocultos debían de estar allí: los instrumentos que
hacían funcionar los visores, barrían las calles, reparaban las mamposterías y
controlaban las trampas asesinas, agazapadas en las zonas periféricas del laberinto.
Era difícil
imaginar una raza capaz de construir una ciudad como aquélla, una ciudad
prevista para durar millones de años. Y era aún más difícil imaginar las
razones de su desaparición. Suponiendo que los fósiles que se habían hallado en
los cementerios situados fuera de las murallas pertenecieran a los
constructores - y la suposición podía ser errónea -, la ciudad había sido
erigida por unos fornidos humanoides que medían un metro cincuenta, tenían un
tórax y unos hombros muy anchos, ocho largos dedos en cada mano y piernas
cortas con dos articulaciones.
Habían
desaparecido de los mundos conocidos del universo y no se había encontrado nada
que se les pareciera en ningún otro sistema; quizá se hubiesen retirado a
alguna galaxia lejana a la que el hombre no había llegado aún. O, posiblemente,
su raza nunca salió al espacio, sino que evolucionó y pereció en Lemnos,
dejando la ciudad como su único monumento.
El resto del
planeta no mostraba trazas de habitación, aunque se habían descubierto
cementerios, cuyo número disminuía a medida que se alejaban de la ciudad, en un
radio de mil kilómetros. Quizá los años hubieran erosionado todas las ciudades
menos aquélla. Quizá aquélla, que podría haber albergado hasta a un millón de
personas, había sido su única ciudad. No había pistas que explicaran su
desaparición. El diabólico ingenio del laberinto sugería que en sus últimos
días habían sido hostigados por enemigos y se habían refugiado en su fortaleza,
pero Muller sabía que también esa hipótesis era pura especulación, por lo que
sabía, el laberinto no era más que un brote de paranoia cultural y no tenía
relación con la existencia de una amenaza externa.
¿Acaso habrían
sido invadidos por seres para los que el laberinto no representaba un problema,
y habían sido asesinados en sus elegantes calles y barridos por la barredora
mecánica? Era imposible saberlo. Habían desaparecido. Cuando entró en su
ciudad, Muller la encontró silenciosa y desolada, como si nunca hubiese
albergado la vida; una ciudad automática, estéril, perfecta. Sólo la habitaban
animales que habían dispuesto de un millón de años para encontrar el camino de
entrada al laberinto y tomar posesión de él. Muller había contado unas dos
docenas de especies de mamíferos de tamaños que iban desde el de una rata hasta
el de un elefante. Había herbívoros que comían la hierba de los jardines y
cazadores que se alimentaban de los herbívoros; el equilibrio ecológico era
perfecto. La ciudad dentro del laberinto era como la Babilonia de Isafas:
«Bestias salvajes del desierto yacerán en ella y sus casas estarán llenas de
fúnebres criaturas; y los búhos residirán allí y danzarán los sátiros.»
Ahora la ciudad
era suya. Disponía del resto de su vida para explorar sus misterios.
Habían venido
otros, y no todos habían sido humanos. Cuando penetró en el laberinto, Muller
había encontrado los restos de los que no habían dado con el camino. Había
visto un montón de esqueletos humanos en las zonas H, G y F. Tres hombres
habían llegado hasta E y uno hasta D. Muller ya contaba con hallar restos
humanos; en cambio le sorprendió ver una gran colección de huesos extraños. En
G había encontrado lo que quedaba de grandes criaturas con aspecto de dragones,
vestidas aún con los harapos de sus trajes espaciales. Algún día la curiosidad
triunfaría sobre el miedo y volvería hasta allí, a echarles un segundo vistazo.
Más cerca del núcleo yacía un amplio surtido de formas de vida; la mayoría eran
humanoides, pero se desviaban de la estructura normal. Muller no podía imaginar
cuánto hacía que habían llegado; aun en un clima seco, ¿cuántos siglos puede
durar un esqueleto expuesto al aire? Aquel osario galáctico era un recordatorio
de algo que Muller ya sabía muy bien: a pesar de la experiencia de los dos
primeros siglos de viajes extrasolares, en los que no se había hallado ninguna
raza extraterrestre inteligente, el universo estaba lleno de formas de vida y,
antes o después, el hombre las encontraría. El osario de Lemnos contenta
reliquias de una docena de razas diferentes, por lo menos. Muller se sentía muy
halagado al saber que, al parecer, era el único que había llegado al centro del
laberinto; en cambio, la diversidad de pueblos del universo no le alegraba, ya
había tenido su ración de moradores de la galaxia.
Pasaron varios
años antes de que se percatara de que la presencia de restos de seres
inteligentes dentro del laberinto era contradictoria. Sabía que el mecanismo de
la ciudad limpiaba incansablemente, haciendo desaparecer tanto las motas de
polvo como los huesos de los animales que mataban para alimentarse. Pero los
esqueletos de los eventuales invasores del laberinto permanecían en el sitio
donde habían caído. ¿Por qué esa violación de la limpieza? ¿Por qué arrastrar
el cadáver de un carnívoro del tamaño de un elefante que había tropezado con un
surtidor de energía y dejar los restos de un dragón muerto por el mismo
surtidor? ¿Porque el dragón llevaba un traje protector y, por lo tanto, era
inteligente? Muller dedujo al fin que los cuerpos de los seres racionales eran
dejados allí deliberadamente.
Como
advertencia. «DEJAD TODA ESPERANZA, LOS QUE ENTRÁIS.»
Esos esqueletos
formaban parte de la guerra psicológica en que estaba en aquella ciudad
insensata, mortífera, diabólica, contra todos los intrusos. Eran recordatorios
de los peligros que acechaban por todas partes. Muller no sabía cómo se las
arreglaba el mecanismo para captar la sutil diferencia entre los cuerpos que
debían quedar in situ y los que debían ser barridos, pero estaba convencido de
que existía una forma de distinguirlos.
Vigiló sus
pantallas. Miró las figuritas que se movían alrededor de la nave, en la
llanura.
«Que entren -
pensó -. La ciudad no ha tenido una víctima desde hace años. Yo me cuidaré de
ellos. Aquí estoy a salvo.»
Y sabía que si,
por un milagro, se las arreglaban para llegar hasta él, no se quedarían mucho
tiempo. Su propia y especial enfermedad los echaría. Podían ser lo
suficientemente inteligentes como para derrotar al laberinto, pero no podrían
soportar la calamidad que hacía que Richard Muller fuera Intolerable para su
propia especie.
- Idos - dijo
Muller en voz alta.
Oyó el zumbido
de los rotores y salió de su morada a tiempo para ver una sombra oscura que
atravesaba la plaza. Estaban explorando el laberinto desde el aire. Se apresuró
a entrar y luego sonrió ante su impulso de ocultarse. Podían detectarlo, por
supuesto, estuviera donde estuviese. Sus pantallas les dirían que en el
laberinto había un ser humano. Y, naturalmente, quedarían pasmados y tratarían
de establecer contacto con él, aunque desconocieran su Identidad. Y después...
Muller se puso
rígido porque, súbitamente, sintió un deseo irresistible que lo atenazaba. Que
llegaran hasta él. Hablar nuevamente con otros hombres. Romper su aislamiento,
Quería que
vinieran.
Fue un sólo un
instante. La soledad se habla abierto paso momentáneamente, pero la sensatez
volvió, la aterradora conciencia de lo que significaría enfrentarse nuevamente
con sus congéneres. «No - pensó -. Que no entren. O que mueran en el laberinto.
Que no entren. Que no entren.»
2
- Justo allí
abajo - dijo Boardman -. Allí es donde tiene que estar, ¿eh, Ned? ¿Ves el
resplandor de la pantalla? Estamos captando la masa justa, la densidad justa,
todo exacto. Un hombre vivo: tiene que ser Muller.
- En el corazón
del laberinto - dijo Rawlings -. ¡Así que lo logró!
- De algún modo
- dijo Boardman, mientras estudiaba el visor. Desde una altura de dos
kilómetros, la estructura de la ciudad se distinguía con claridad. Pudo
observar ocho zonas diferentes, cada una con un estilo arquitectónico distinto;
sus plazas, sus paseos, sus paredes angulosas, sus calles enrevesadas que
giraban según pautas incomprensibles. Las zonas eran concéntricas y se
extendían en forma de abanico, a partir de una amplia plaza que era el corazón
de la ciudad; el detector de masas del vehículo explorador había localizado a
Muller en una hilera de casas bajas, situadas al este de la plaza. Lo que
Boardman no pudo descubrir fue el paso que unía a las zonas entre si. Los
callejones sin salida eran abundantes y, aun desde el aire, no se distinguía el
camino recto; ¿cómo sería tratar de encontrarlo sobre el terreno?
Boardman sabía
que era casi Imposible. Los bancos de información de la nave contenían los
informes de los primeros exploradores que lo habían intentado y habían
fracasado, había traído consigo toda la información posible sobre la
penetración del laberinto y no era muy esperanzadora, salvo por un dato
desconcertante e incomprensible: Richard Muller había logrado entrar.
- Ya sé que lo
que estoy diciendo parecerá ingenuo, Charles - dijo Rawlings -. Pero ¿por qué
no bajamos desde aquí y aterrizamos en medio de la plaza central?
- Te lo
mostraré - dijo Boardman.
Dio una orden.
Una sonda robot sonora se desprendió del vientre del vehículo explorador y se
precipitó hacia la ciudad. Boardman y Rawlings siguieron la trayectoria del
romo proyectil de metal gris hasta que estuvo a pocos metros de los techos de
los edificios. Su visor facetado transmitía una clara imagen de la ciudad y
revelaba lo intrincado de las texturas talladas en sus piedras. Súbitamente la
sonda desapareció. Hubo una explosión incandescente, una nube de humo
verdoso..., y luego nada.
Boardman
asintió.
- Todo sigue
Igual. Continúa habiendo un campo que protege la ciudad. Volatiliza cualquier
cosa que pretenda entrar.
- De modo que
hasta un pájaro que se acerque...
- No hay
pájaros en Lemnos.
- Gotas de
lluvia, entonces. Cualquier cosa...
- En Lemnos no
llueve - dijo Boardman con tono ávido -. Por lo menos, no en este continente.
Lo único que rechaza ese campo son los extranjeros. Lo sabemos desde la primera
expedición. Algunos hombres valerosos descubrieron el campo del peor modo
posible.
- Pero ¿por qué
no tiraron una sonda primero? Sonriendo, Boardman respondió:
- Cuando se
encuentra una ciudad muerta en medio de un desierto no imaginas que te hará
estallar si aterrizas en su interior. Es un error explicable, pero Lemnos no
perdona los errores.
Hizo un gesto y
el avión perdió altura, siguiendo por un momento el contorno de las murallas.
Luego se elevó nuevamente y se mantuvo sobre el centro de la ciudad tomando
fotografías. El sol que tenía el color equivocado se reflejó en un muro curvo
de espejos. Boardman estaba fatigado. Sobrevolaron la ciudad una y otra vez,
completando un modelo de observación preprogramado, y descubrió que estaba
deseando que un súbito dardo de luz brotase de los espejos y los incinerara en
la próxima pasada, para evitarle la molestia de llevar a cabo su misión. Había
perdido el gusto por el trabajo detallado y había demasiados detalles sutiles
que se interponían entre él y sus propósitos. Decían que la impaciencia era una
característica juvenil, que los hombres mayores podían tejer sus redes
cuidadosamente y hacer planes con serenidad, pero, de algún modo, Boardman
comprendió que estaba deseando terminar rápido su trabajo. Mandar alguna clase
de sonda que pudiese entrar al laberinto corriendo sobre un raíl de metal,
coger a Muller y traerlo fuera. Decirle lo que pretendían de él y convencerle
de que lo hiciera. Pero el estado de ánimo cambió, y Boardman se sintió taimado
nuevamente.
El capitán
Hosteen, que dirigiría los intentos de penetración, fue a popa para saludar a
Boardman. Hosteen era un hombre bajo y robusto, de piel bronceada y nariz
corta. Llevaba el uniforme como si creyera que se le iba a caer en cualquier
momento, pero era un buen oficial; Boardman lo sabía y sabía también que estaba
dispuesto a sacrificar todas las vidas necesarias, incluyendo la suya propia,
para entrar en el laberinto.
Hosteen miró la
pantalla y después a Boardman. Luego dijo:
- ¿Ha
averiguado algo?
- Nada nuevo.
Tendremos que trabajar.
- ¿Quiere bajar
de nuevo?
- No estaría
mal - dijo Boardman. Miró a Rawlings -. A menos que tú
quieras comprobar alguna otra cosa, Ned.
- ¿Yo? Oh,
no... no. En realidad..., bueno, me pregunto si es necesario entrar en el
laberinto. Quiero decir que si pudiéramos atraer a Muller para que saliera y
hablar con él fuera de la ciudad...
- No.
- ¿No sería
posible?
- No - dijo
Boardman enfáticamente -. En primer lugar, Muller no saldrá. Es un misántropo,
¿recuerdas? Se enterró aquí para huir de la humanidad - ¿Por qué iba a hacer
vida social con nosotros? En segundo lugar, no podemos invitarle a salir sin
informarle de lo que pretendemos de él. En este asunto, Ned, tenemos que cuidar
nuestros recursos estratégicos; no podemos desperdiciarlos en la primera
jugada.
- No entiendo
qué quiere decir.
Pacientemente,
Boardman explicó:
- Supón que
usamos tu propuesta. ¿Qué le dirías a Muller para hacerle salir?
- Bueno... que
venimos de la tierra para pedirle que nos ayude en un momento en que todo el
sistema está en crisis. Que hemos hallado una raza con la que no podemos
comunicarnos, que es imprescindible que lo hagamos inmediatamente y que él es
el único que podría lograrlo. Que nosotros... - Rawlings se interrumpió, como
si la vacuidad de sus palabras le resultara evidente. Sus mejillas enrojecieron
y dijo, con voz áspera -: A Muller esos argumentos no le interesarán demasiado,
¿verdad?
- No, Ned. La
Tierra le envió ante un puñado de seres extraños, una vez, y lo destruyeron. No
creo que quiera intentarlo nuevamente.
- Y entonces,
¿cómo haremos que nos ayude?
- Apelando a su
honorabilidad. Pero ahora no vamos a hablar de eso. Estamos discutiendo la
forma de hacerle salir de su santuario. Tú sugerías que instaláramos un
altavoz, le dijéramos exactamente lo que pretendemos de él y esperásemos a que
saliera, danzando de alegría, y se comprometiera a hacer todo lo posible por la
vieja y querida Tierra. ¿Digo bien?
- Creo que sí.
- Pero sería
inútil. Por lo tanto, tendremos que penetrar en el laberinto, ganar la
confianza de Muller y persuadirlo de que debe cooperar. Y para hacer eso
debemos ocultar la verdadera situación hasta que deje de sospechar de nosotros.
Una expresión
preocupada apareció en la cara de Rawlings.
- Pero
entonces, ¿qué vamos a decirle, Charles?
- No vamos;
vas.
- Bueno; ¿qué
voy a decirle, entonces?
Boardman
suspiró.
- Mentiras,
Ned. Un montón de mentiras.
3
Habían venido
equipados para resolver el problema del laberinto. El cerebro de la nave era,
por supuesto, un ordenador de primera clase y había sido alimentado con todos
los detalles de todas las expediciones previas que habían partido de la tierra
con intenciones de entrar en la ciudad. Excepto una y, desgraciadamente, ésa
era la única que había tenido éxito. Pero los registros de antiguos fracasos
son útiles. El banco de datos de la nave tenía muchas extensiones móviles,
taladros sonda terrestres y aéreos, ojos espía, baterías de sensores y muchas
cosas más. Antes de arriesgar vidas humanas, Boardman y Hosteen utilizarían
todos los medios mecánicos, las máquinas podían ser derrochadas, de todas
maneras; la nave incluía un juego de patrones, de modo que duplicar todos los
aparatos destruidos no representaría un problema. Pero llegaría un momento en
que las sondas y los robots deberían dejar paso a los hombres; el plan era
reunir la mayor cantidad de información posible para esos hombres.
Nunca se había
intentado entrar en el laberinto de este modo. Los primeros exploradores
simplemente habían echado a andar, sin sospechar nada, y habían perecido. Sus
sucesores sabían lo suficiente como para evitar las trampas más obvias y, en
alguna medida, contaban con la ayuda de aparatos sensores refinados; pero éste
era el primer intento de efectuar un estudio detallado antes de entrar. Nadie
confiaba demasiado en que la técnica les permitiría salir incólumes, pero era
la mejor forma de encarar el problema.
Los vuelos del
primer día les habían proporcionado una buena imagen visual del laberinto. En realidad,
no hubiese sido necesario que dejaran la tierra; hubieran podido ver las
retransmisiones en pantallas grandes, en su cómodo campamento, y hubiesen
obtenido una idea correcta del panorama de la ciudad, dejando que las sondas
aéreas hicieran todo el trabajo. Pero Boardman había insistido. La mente
registra las cosas de una manera cuando las ve en una pantalla receptora y de
otra cuando las impresiones sensoriales llegan directamente de su fuente. Ahora
todos habían visto la ciudad desde el aire y sabían qué podían hacer los
guardianes del laberinto a una sonda exploratoria que se aventuraba en el campo
que protegía la parte superior de la ciudad.
Rawlings había
sugerido la posibilidad de que hubiese un punto desguarnecido en el campo
protector. Cuando caía la tarde lo comprobaron, cargando una sonda con
perdigones metálicos y estacionándola en el punto más alto de la ciudad. Unos
visores registraron la acción mientras la sonda giraba lentamente, arrojando
los perdigones, uno por uno, hacia áreas de un metro seleccionadas previamente.
Cada uno de ellos fue Incinerado cuando cayó. Pudieron calcular que el grosor
del campo protector variaba según la distancia del centro del laberinto; tenía
unos dos metros de profundidad en las zonas centrales y era más ancho en el
anillo exterior, formando una taza invisible sobre la ciudad. Pero no había
puntos desguarnecidos; el campo era continuo. Hosteen comprobó la idea de que
el campo podría «fatigarse», cargando la sonda con perdigones que eran
descargados simultáneamente en todas las zonas de prueba. El campo los destruyó
todos, creando, por un momento, una orla de llamas que cubría toda la ciudad.
Hubo que
sacrificar varias sondas de espolón para descubrir que también era imposible
llegar a la ciudad a través de un túnel. Los espolones horadaron el duro suelo
arenoso en la parte externa de las murallas, abrieron un pasaje hasta alcanzar
cincuenta metros de profundidad y empezaron a subir cuando estuvieron debajo
del laberinto. Fueron destruidos por el campo protector cuando estaban todavía
a veinte metros de distancia de la superficie. También fracasó un intento de
perforar la tierra en la base de los terraplenes; aparentemente el campo
rodeaba toda la ciudad también por debajo.
Un técnico de
energía propuso instalar un pilón de interferencia para absorber la energía del
campo. Fue inútil. El pilón de cien metros de altura absorbió energía de todo
el planeta; relámpagos silbaban y saltaban en su banco de acumuladores, pero no
produjo efecto en el campo protector. Invirtieron el pilón y enviaron un millón
de kilovatios hacia la ciudad con la esperanza de provocar un corto circuito,
pero el campo los absorbió y parecía dispuesto a asimilar más energía. Nadie
tenía una teoría racional que explicara la fuente de energía del campo. - Debe
provenir de la energía de rotación del planeta - dijo el técnico que había
conectado el pilón. Luego, comprendiendo que no había hecho nada útil, desvió
la mirada y se puso a ladrar órdenes en el micrófono manual que llevaba.
Tres días de investigaciones
demostraron que la ciudad era invulnerable por arriba y por debajo.
- Hay una sola
manera de entrar - dijo Hosteen -. Andando, por la puerta principal.
- Si la gente
que vivía aquí quería estar protegida - preguntó Rawlings - ¿por qué dejaron
una puerta abierta?
- La querían
entrar y salir - dijo Boardman, en voz baja -. O quizá querían dar una
posibilidad a los Invasores. Hosteen, ¿enviamos algunas sondas a la ciudad?
La mañana era
gris. Unas nubes del color del humo de la madera manchaban el cielo; casi
parecía que iba a llover. Un viento áspero levantaba el polvo de la llanura y
lo lanzaba contra sus rostros. Detrás del velo de nubes estaba el sol, un disco
plano, color naranja, que parecía pegado al cielo. Parecía apenas un poco más
grande que el Sol visto desde la tierra, aunque estaba a la mitad de distancia.
El sol de Lemnos era una triste enana clase M, tibia y fatigada, una estrella
vieja, rodeada por una docena de viejos planetas. Lemnos, el más próximo a su
sol, era el único que había sustentado la vida; los otros estaban fríos y
muertos, más allá del alcance de los débiles rayos solares, helados desde el
núcleo hasta la atmósfera. Era un sistema adormecido, con tan poco impulso
angular que hasta Lemnos se arrastraba en una órbita de treinta meses, sus tres
lunas, que volaban como saetas, cruzándose incesantemente a unos pocos miles de
kilómetros de altitud, estaban en flagrante desacuerdo con el estado de ánimo
de esos mundos.
Ned Rawlings
sintió que su corazón se helaba, mientras estaba junto al banco de datos, a un
kilómetro de los terraplenes exteriores del laberinto, mirando cómo sus
compañeros de a bordo reunían sondas e instrumentos. Ni siquiera Marte, con sus
marcas de viruela, le había deprimido tanto, porque Marte era un mundo que no
había vivido nunca, mientras aquí habla habido vida y había desaparecido.
Lemnos era un cementerio. Una vez, en Tebas, había estado en la tumba del visir
del faraón, muerto cinco mil años antes, y mientras el resto del grupo miraba
los alegres murales con sus brillantes representaciones de figuras vestidas de
blanco que impulsaban sus embarcaciones por el Nilo, él había mirado hacia el
fresco suelo de piedra, donde yacía un escarabajo muerto, con las patas hacia
arriba en un mantoncito de polvo. Para él, Egipto sería siempre el escarabajo
rígido que yacía entre el polvo; para él, Lemnos sería, con seguridad, vientos
otoñales y planicies blanquecinas y una ciudad silenciosa. No comprendía cómo
una persona tan dotada, tan llena de vida y energía y calor humano como Dick
Muller podía haber decidido enterrarse dentro del lúgubre laberinto.
Entonces
recordó lo que le habla sucedido a Muller en Beta Hydri IV y admitió que hasta
un hombre como Muller podía tener buenas razones para refugiarse en un mundo como
aquél, en una ciudad como aquélla. Lemnos era perfecto para un fugitivo: un
mundo parecido a la tierra, deshabitado, donde tenía casi garantizada la
independencia del resto de la humanidad. «Y estamos aquí para hacerle salir y
llevárnoslo. - Rawlings frunció el ceño -. Es una jugada sucia, sucia, sucia»,
pensó. El famoso asunto del fin y los medios. Más adelante, Rawlings veía la
robusta figura de Boardman, de pie frente a la gran terminal de datos, agitando
los brazos en todas las direcciones para dar órdenes a los hombres que se
desplegaban cerca de las murallas de la ciudad. Estaba empezando a comprender
que había dejado que Boardman le hipnotizara y le arrastrara a una aventura
sórdida. Allá en la Tierra el viejo charlatán no había entrado en detalles
acerca de los métodos que usarían para ganarse la cooperación de Muller.
Boardman le había hecho creer que estaban emprendiendo una cruzada, y en cambio
iba a ser una especie de estafa. Rawlings se estaba dando cuenta de que
Boardman nunca daba explicaciones detalladas por anticipado. Regla número uno:
Oculta tu estrategia. Nunca dejes ver tus cartas. «De modo que aquí estoy,
formando parte de la conspiración», pensó.
Hosteen y
Boardman habían desplegado una docena de exploradores mecánicos en las diversas
entradas del laberinto. Estaba claro que el único camino seguro para entrar en
la ciudad era por la puerta norte, pero tenían muchos exploradores y querían
reunir la mayor cantidad posible de información. La terminal que estaba
observando Rawlings proyectó en la pantalla un diagrama parcial del laberinto,
la sección que estaba justo delante de él, y le dio tiempo para estudiar sus
vueltas y revueltas, sus zigzags y sus retorcimientos. Estaba encargado de
seguir el avance del explorador en ese sector, cada uno de los demás
exploradores era controlado al mismo tiempo por el ordenador y por un
observador humano; Boardman y Hosteen estaban en la central controlando
simultáneamente toda la operación.
- Que
entren - dijo Boardman.
Hosteen dio la
orden y los exploradores avanzaron rodando a través de la puerta de la ciudad.
Mirando con los ojos de la sonda móvil, Rawlings vio por primera vez la zona H
del laberinto. Había una pared ondulada que parecía ser de porcelana y que
giraba hacia la izquierda, y una barrera de hilos metálicos que colgaban de una
gruesa laja de piedra hacia el otro lado: El explorador mecánico esquivó los
hilos, que se estremecieron y resonaron, respondiendo delicadamente a la
corriente de aire; se dirigió a la pared de porcelana y la siguió, trazando un
ángulo agudo durante unos veinte metros. Allí, la pared se doblaba abruptamente
sobre sí misma y formaba una especie de cámara abierta en la parte superior. La
última vez que alguien había entrado en el laberinto por esa ruta - durante la
cuarta expedición - dos hombres habían llegado hasta la cámara; uno se había
quedado fuera y había sido destruido; el otro había entrado y se había salvado.
El explorador entró en la cámara. Un momento después un rayo de luz roja surgió
del centro de un mosaico decorativo que había en la pared y barrió el área
situada inmediatamente fuera de la cámara.
La voz de
Boardman llegó hasta Rawlings a través del auricular que estaba fijado en su
oreja.
- Perdimos
cuatro sondas en cuanto entraron por sus respectivas puertas. Es exactamente lo
que esperábamos. ¿Cómo va la tuya?
- De acuerdo a
lo previsto - dijo Rawlings -. Por ahora todo va bien.
- Tendríamos
que perderla a los seis minutos de entrar. ¿Cuánto tiempo ha pasado?
- Dos minutos
quince segundos.
El explorador había
salido de la cámara y se desplazaba velozmente por la zona donde había pasado
el rayo rojo. Rawlings conectó el olfativo y sintió el olor a aire quemado;
mucho ozono. Más adelante el sendero se dividía. A un lado había un puente de
piedra que se curvaba sobre lo que parecía ser un pozo llameante; al otro había
un confuso montón de enormes bloques en equilibrio precario. El puente parecía
mucho más atractivo, pero el explorador se alejó de él y prosiguió su camino
entre los desordenados bloques. Rawlings preguntó la razón y recibió la
información de que el «puente» no existía; era una proyección transmitida por
unas cámaras ocultas en los entrepaños de la pared. Cuando solicitó una
simulación de acercamiento, Rawlings recibió una imagen de la sonda andando
hacia el puente y perdiendo el equilibrio al pisar el puente inexistente;
mientras trataba de recuperar el equilibrio, el muro se inclinó hacia adelante
y la empujó, precipitándola en el pozo. «Muy hábil», pensó Rawlings,
estremeciéndose.
Mientras tanto,
la verdadera sonda había trepado sobre los bloques y estaba bajando hacia el
otro lado, sin haber sufrido daños. Ya habían pasado tres minutos y ocho
segundos. Un trozo de camino recto demostró ser tan seguro como aparentaba.
Estaba flanqueado a ambos lados por torres sin ventanas de cien metros de
altura, construidas con algún material iridiscente y bruñido, cuya superficie
parecía estar aceitada, que emitía dibujos temblorosos mientras la sonda pasaba
junto a él. Al comenzar el cuarto minuto, la sonda evitó una reja brillante y
dentada y se apartó de un martillo pilón en forma de paraguas que bajó con
fuerza destructora. Ochenta segundos más tarde dio la vuelta a un volquete que
abrió un abismo, eludió rápidamente un quinteto de filos tetraédricos que surgieron
del pavimento y emergió en una alfombra mecánica que lo transportó velozmente
hacia adelante durante cuarenta segundos más.
Aquel trecho
había sido recorrido muchos años antes por un explorador terrestre llamado
Cartissant, que había muerto allí. Había dictado un registro detallado de su
experiencia en el laberinto. Había durado cinco minutos y treinta segundos; su
error había sido no bajar de la alfombra en el segundo cuarenta y uno. Los que
habían estado recibiendo la transmisión en el exterior no supieron nunca qué le
había sucedido luego.
Cuando su
explorador dejó la alfombra mecánica, Rawlings pidió otra simulación y vio una
rápida escenificación de lo que suponía el ordenador: en ese lugar la alfombra
se abría y tragaba a su pasajero. Mientras tanto, la sonda se dirigía
rápidamente hacia lo que parecía ser la salida de la zona más exterior del
laberinto. Más allá había una plaza alegre y bien iluminada, rodeada por unas
burbujas flotantes de una sustancia irisada y brillante.
- Estoy en el
séptimo minuto y seguimos avanzando, Charles - dijo Rawlings -. Parece que
justo delante hay una puerta que da paso a la zona G. Quizá sería mejor que
vigilara usted mi pantalla.
- Si duras dos
minutos más, lo haré - dijo Boardman.
La sonda se
detuvo ante la puerta interior. Prudentemente, conectó su gravitrón y acumuló
una bola de energía cuya masa equivalía a la suya propia. Arrojó la bola a
través de la puerta, no pasó nada. La sonda, satisfecha, se dirigió hacia la
puerta. Y, cuando la atravesó, sus lados se cerraron golpeándose, como las
fauces de una poderosa prensa, destruyendo a la sonda. La Pantalla de Rawlings
se oscureció. Rápidamente hizo conexión con una de las sondas aéreas; ésta le
transmitió una toma de su sonda, caída al otro lado de la puerta, transformada
en una versión bidimensional de la misma. Rawlings comprendió que un ser humano
atrapado por esa misma trampa hubiese quedado convertido en polvo.
- Mi sonda fue
destruida - Informó a Boardman -. Seis minutos y cuarenta segundos.
- Tal como estaba
previsto - le dijo -. Sólo quedan dos sondas. Cambia de frecuencia y observa.
El diagrama
general apareció en la pantalla de Rawlings; era una vista simplificada y
estilizada de todo el laberinto, visto desde arriba. Había una pequeña X en
todos los sitios donde una sonda había sido destruida. Después de buscar un
momento, Rawlings halló el sendero que había recorrido su sonda, con la X
marcada en la frontera entre las zonas, en el lugar donde la puerta la había
aplastado. Le pareció que la sonda había llegado más lejos que las demás; tuvo
que sonreír por el orgullo infantil que le proporcionó su descubrimiento. De
cualquier forma, dos de las sondas seguían avanzando. Una de ellas estaba
dentro de la segunda zona del laberinto y la otra atravesaba un pasaje que daba
acceso a ella.
El diagrama se
desvaneció y Rawlings vio el laberinto tal como aparecía a través de los
visores de una de las sondas. La columna metálica del tamaño de un hombre se
abría camino con delicadeza a través de las barrocas complicaciones del
laberinto, más allá de un pilar dorado que emitía una vibrante melodía en una
clave extraña, más allá de un charco lodoso, más allá una telaraña de rayos
metálicos, más allá de puntiagudos montones de huesos blanqueados. Rawlings
apenas pudo mirar los huesos, mientras seguía los movimientos de la sonda, pero
estaba seguro de que pocos eran reliquias humanas. Aquel lugar era un
cementerio galáctico de seres audaces.
Su excitación
aumentó a medida que el explorador mecánico continuaba su avance. Estaba tan
absorto por la situación, que era como si él mismo estuviera dentro del
laberinto, evitando una celada mortal tras otra; sintió la emoción del triunfo
a medida que pasaban los minutos. Ya habían transcurrido catorce. El segundo
nivel del laberinto no era tan desordenado como el primero; había avenidas
espaciosas y largos pasadizos que nacían del camino principal. Rawlings se
tranquilizó; se sentía orgulloso de la agilidad de la sonda y de la agudeza de
sus dispositivos sensoriales. Sintió una emoción enorme y punzante cuando un
segundo segmento del pavimento se abrió de forma inesperada e hizo caer a la
sonda por un largo túnel que desembocaba en un sitio donde los engranajes de un
enorme molino giraban activamente.
No habían
esperado que esa sonda llegara tan lejos. La que los demás observaban era la
que había entrado por la puerta principal, la puerta más segura. La misma
cantidad de información que se había acumulado al precio de muchas vidas la
había guiado haciéndole evitar los peligros y ahora estaba en la zona G, muy
cerca de la F. Hasta ahora, todo había sucedido tal como se esperaba; las
experiencias del explorador mecánico eran similares a las de quienes hablan
elegido aquella ruta en las expediciones anteriores. La sonda había seguido fielmente
su camino, girando aquí, esquivando allá y hacía dieciocho minutos que estaba
en el laberinto.
- Muy bien -
dijo Boardman -. Aquí es donde murió Mortenson, ¿no?
- Sí -
respondió Hosteen -. Lo único que dijo fue que estaba junto a esa pequeña
pirámide. Después se interrumpió.
- Aquí es donde
comenzamos a obtener información nueva, entonces. Lo único que hemos averiguado
hasta ahora es que nuestros registros son exactos. Este es el buen camino. Pero
de ahora en adelante...
La sonda,
desprovista de pautas de movimiento, se desplazaba mucho más lentamente y
dudaba después de cada paso, extendiendo en todas las direcciones su red de
dispositivos para obtener información. Buscaba puertas ocultas, aberturas
escondidas en el suelo, proyectores, rayos láser, detectores de masa, fuentes
de energía. Comunicaba al ordenador central todo lo que aprendía, aumentando la
cantidad de información disponible cada vez que avanzaba un centímetro.
En total,
avanzó veintitrés metros. Mientras pasaba junto a la pequeña pirámide, examinó
los restos del explorador Mortenson, perdido en ese sitio setenta y dos años
antes. Transmitió la noticia de que Mortenson había sido atrapado por una
calandria sensible a la presión, activada por una pisada demasiado próxima a la
pirámide. Más allá, la sonda evitó dos trampas menores antes de fracasar ante
una pantalla distorsionadora que confundió sus sensores y la hizo vulnerable al
descenso de un pistón que la pulverizó.
- La próxima
tendrá que desconectar los sensores hasta que haya sobrepasado ese punto -
murmuró Hosteen -. Tendrá que pasar a ciegas. Bueno... ya nos arreglaremos.
- Un hombre
sería mejor que una máquina en ese sitio - dijo Boardman -. No sabemos si esa
pantalla confundiría a un hombre tanto como a un puñado de sensores.
- Todavía no
estamos listos para enviar a un hombre - señaló Hosteen.
Boardman estuvo
de acuerdo, pero no muy cortésmente, pensó Rawlings que estaba escuchando la
conversación. La pantalla se iluminó nuevamente; otro explorador mecánico
entraba en el laberinto. Hosteen había ordenado que una nueva batería de
máquinas penetrara, siguiendo la ruta que ahora se sabía con certeza era la más
segura. Varias de ellas estaban ya en el punto de los dieciocho minutos, donde
se encontraba la pirámide mortal. Hosteen hizo avanzar una sonda y situó las
demás en posición de guardia. La sonda llegó hasta la pantalla distorsionadora
y desconectó sus sensores; se balanceo por un momento como si estuviera
borracha, al carecer de la posibilidad de saber dónde se hallaba, pero se estabilizó
rápidamente. No estaba en contacto con el entorno, de modo que no prestó
atención al canto de sirena de la pantalla de distorsión que había engañado a
su predecesora y la había puesto al alcance del pistón pulverizador. La falange
de sondas que vigilaba la escena se encontraba fuera del alcance del
distorsionador y transmitía una imagen clara y real al ordenador, que la
comparaba con la ruta fatal de la última sonda, y trazó un camino que evitaba
el peligroso pistón. Unos momentos más tarde la sonda ciega comenzó a moverse,
guiada por impulsos internos. Careciendo de toda información ambiental,
dependía totalmente del ordenador, que la guió lentamente hasta que hubo
rodeado el obstáculo. Entonces se conectaron de nuevo los sensores. Para
comprobar el procedimiento, Hosteen mandó una segunda sonda ciega dirigida por
el ordenador. Pasó. Y luego envió una tercera sonda, con los sensores
conectados, para que sufriera la influencia de la pantalla distorsionadora. El
ordenador intentó dirigirla por el buen camino, pero la sonda, enloquecida por
la información que enviaba la pantalla, viró bruscamente hacia el costado y fue
aplastada.
- Muy bien -
dijo Hosteen -. Si podemos guiar una máquina por ahí, podemos guiar a un
hombre. Cierra los ojos y el ordenador calcula sus movimientos paso a paso. Nos
las arreglaremos.
La sonda guía
comenzó a moverse nuevamente. Avanzó diecisiete metros más allá del
distorsionador antes de ser atrapada por una reja plateada que, súbitamente,
despidió un par de electrodos y la envolvió en llamas. Rawlings contempló,
desolado, cómo la próxima sonda evitaba ese obstáculo para caer poco después
víctima de otro. Había muchas sondas aguardando pacientemente su turno.
«Y de pronto,
también los hombres tendrán que ir - pensó Rawlings -. Nosotros entraremos
allí.»
Apagó su
terminal y se acerco a Boardman.
- ¿Qué
impresión tiene? - preguntó.
- Es difícil,
pero no imposible - dijo Boardman -. No puede ser que todo el camino sea tan
difícil.
- ¿Y si lo es?
- Tenemos
muchísimas sondas. Haremos un mapa de todo el laberinto, para saber dónde están
los puntos peligrosos y entonces lo intentaremos nosotros.
- ¿Va a entrar
allí? - Preguntó Rawlings.
- Claro. Tú
también.
- ¿Con qué
posibilidades de salir?
- Buenas - dijo
Boardman -. Si no fuera así, dudo que lo afrontara. Oh, es un viaje peligroso,
Ned, pero no lo sobreestimes. Apenas hemos empezado a explorar el laberinto.
Dentro de unos días lo conoceremos bien.
Rawlings
consideró eso durante un momento.
- Muller no
tenía sondas - dijo, finalmente -. ¿Cómo pudo sobrevivir?
- No estoy
seguro - murmuró Boardman -. Supongo que es un hombre de suerte.
Capítulo III
1
Dentro del
laberinto, Muller vigilaba las actividades en sus borrosas pantallas. Vio que
estaban enviando alguna clase de robots y que éstos estaban sufriendo muchas
bajas, pero cada grupo sucesivo parecía entrar más profundamente en el
laberinto. A fuerza de pruebas, los intrusos habían descubierto la ruta
correcta para atravesar la zona H y buena parte de la G. Muller estaba
preparado para defenderse si los robots alcanzaban las zonas interiores.
Mientras tanto, conservaba la calma y proseguía sus actividades diarias en el
centro de la ciudad.
Por las noches
pasaba buena parte del tiempo pensando en su pasado. En otros años habían
existido otros mundos, primaveras, estaciones más cálidas: ojos dulces que
miraban a sus ojos, manos en sus manos, sonrisas, risas, suelos brillantes y
figuras elegantes que atravesaban los arcos de un portal. Se había casado dos
veces. Las dos veces, la relación había terminado de forma pacífica, después de
un razonable período. Había viajado mucho. Había alternado con reyes y
ministros. Llevaba en su nariz el perfume de cien planetas desparramados por el
cielo. No somos más que una llamita que desaparece pronto, pero en su primavera
y su verano había ardido con brillo y sentía que no había merecido aquel otoño
triste y hosco.
En cierta
forma, la ciudad cuidaba de él. Tenía un lugar donde vivir..., miles de
lugares; de tanto en tanto se mudaba, para disfrutar de un nuevo panorama.
Todas las casas eran cajas vacías. Se había fabricado una cama con pieles de
animales; había construido una silla con cuero y tendones y necesitaba muy poco
más. La ciudad le proporcionaba agua. Había tantos animales salvajes
vagabundeando que, mientras tuviera fuerzas para cazar, nunca le faltaría la
comida. Había traído algunos elementos básicos de la tierra. Tenía tres cubos
de libros y uno de música; los tres juntos ocupaban menos de un metro y podían
alimentar su espíritu durante todos los años que le quedaban. Tenía algunos
cubos femeninos y un pequeño magnetófono en el que, a veces, dictaba sus
memorias. Tenía un bloc de dibujo, armas, un detector de masas. Tenía un
diagnosticador y un surtido de regeneradores médicos. Era suficiente.
Comía
regularmente. Dormía bien. No tenía conflictos de conciencia. Casi había
llegado a conformarse con su destino. Uno se siente amargado sólo hasta que se
forma un quiste alrededor del sitio por donde brota el veneno.
Ahora no
culpaba nadie por lo que le había sucedido. Sus propios apetitos le habían
conducido a ello. Había tratado de devorar el universo; había querido
transformarse en un dios, y alguna fuerza implacable le había arrojado desde su
alto sitial, le había despedido hacia abajo, le había deshecho, le había dejado
que se arrastrara hasta aquel mundo muerto para juntar, lo mejor posible, los
fragmentos de su alma destrozada.
Conocía bien
las estaciones de su viaje hacía el laberinto. A los dieciocho años, acostado
desnudo bajo las estrellas, con una tibia presencia a su lado, se había jactado
de sus elevadas aspiraciones.
A los
veinticinco había empezado a realizarlas. Antes de los cuarenta había visitado
cien mundos y era famoso en treinta sistemas. Diez años más tarde había
fantaseado sobre sus dotes de estadista. Y a los cincuenta y tres había
permitido que Charles Boardman le convenciese de que debla aceptar una misión
en Beta Hydri IV.
Ese año estaba
pasando las vacaciones en el sistema Tau Ceti, a doce años luz de casa. Marduk,
el cuarto mundo, había sido elegido como planeta de descanso para los mineros
que se dedicaban a arrebatar a sus planetas hermanos una fortuna en minerales
reactivos. A Muller le disgustaba la forma en que se saqueaban esos planetas,
pero eso no le impedía buscar descanso en Marduk. Era un mundo en el que casi
no había estaciones, que giraba muy erguido en su plano orbital; cuatro
continentes en una eterna primavera, bañados por un océano tranquilo y poco
profundo. El mar era verde, la vegetación azulada y el aire tenía algo de las
burbujas del champaña fresco. Se las habían arreglado para que el planeta fuera
una especie de copia de la Tierra, la tierra como había sido en tiempos más
inocentes, todo lleno de parques y colinas y alegres posadas; era un mundo
tranquilo, con peligros sintéticos. Los enormes peces que había en el mar
siempre se fatigaban y se dejaban pescar. Las montañas, con sus cumbres
cubiertas de nieve, parecían traicioneras hasta para montañeros con botas de
gravitrón, pero todavía nadie se había perdido en ellas. Los animales que
pululaban en los bosques eran de gran alzada y rugían cuando cargaban, pero no
eran tan fieros como parecían. Pero él habla tenido suficientes aventuras por
un tiempo y había ido a Marduk en busca de unas semanas de engañosa paz,
acompañado por una chica que había conocido el año pasado, a veinte años luz de
distancia.
Se llamaba
Marta. Era alta, esbelta, tenía unos grandes ojos oscuros que maquillaba de
rojo, siguiendo la moda, y cabellos brillantes de color negro azabache que
rozaban sus suaves hombros. Representaba unos veinte años, pero, por supuesto,
podía haber tenido noventa y estar en su tercera reforma; eso era imposible de
saber, sobre todo con las mujeres. Pero, por alguna razón, Muller sabía que era
auténticamente joven. No era su delgadez, su agilidad de animal joven - esas
cosas pueden comprarse -, sino una sutil calidad de su entusiasmo, de su
frescura; le gustaba pensar que eso no era un producto quirúrgico. Ya estuviera
practicando la natación eléctrica, la caza con dardos o haciendo el amor, Marta
parecía sumergirse tan completamente en sus placeres que, seguramente, eran
relativamente nuevos para ella.
Muller prefería
no investigar demasiado esas cosas. Marta era rica, había nacido en la Tierra,
no tenía lazos familiares visibles y hacía lo que quería. Siguiendo un impulso,
la había llamado por teléfono y le había pedido que se reuniera con él en
Marduk; ella había aceptado de buen grado, sin hacer preguntas. El hecho de
compartir la suite de un hotel con Richard Muller no parecía impresionarla. Era
evidente que sabía quién era Muller, pero el aura de fama que le rodeaba no
tenía importancia para ella, lo que le importaba era lo que hablaban, la forma
en que la tomaba en su brazos, lo que hacían juntos y no los créditos que había
acumulado en otros momentos.
Estaban en un
hotel que poseía un brillante obelisco de mil metros de altura y que surgía,
recto como una aguja, en un valle situado junto a un lago liso y ovalado. Sus
habitaciones estaban en el piso doscientos y formaban en una especie de nido de
águila en la azotea, al que se llegaba en disco de gravitrón. Durante el día,
todos los placeres de Marduk se extendían ante ellos. Estuvo con ella una
semana entera. El clima era perfecto. Sus pequeños pechos frescos cabían
perfectamente en sus manos ahuecadas, sus piernas largas y esbeltas le
abrazaban agradablemente y en los momentos decisivos le clavaban los talones en
las pantorrillas con un súbito y delicioso fervor. Al octavo día, Charles
Boardman llegó a Marduk, se instaló en una suite a medio continente de
distancia e invitó a Muller.
- Estoy de
vacaciones - dijo Muller.
- Concédeme
medio día.
- No estoy
solo, Charles.
- Ya lo sé.
Tráela. Daremos un paseo. Es un asunto importante.
- Vine aquí
para huir de los asuntos importantes.
- Eso es
imposible, Dick; tú lo sabes. Eres quien eres y te necesitamos. ¿Vendrás?
- Maldito seas
- respondió suavemente Muller.
Al día
siguiente, él y Marta volaron en un yate rápido hasta el hotel de Boardman.
Muller recordaba el viaje como si hubiese tenido lugar el mes pasado y no
quince años antes. Planearon sobre la cordillera continental, rozando las
cumbres nevadas de las montañas; estaban tan cerca de ellas que pudieron ver la
magnífica figura de un brincador de largos cuernos, parecido a un macho cabrío;
dos toneladas de músculos y huesos, un improbable coloso de las montañas, la
presa más cara que ofrecía Marduk. Había gente que, en toda su vida, no podía
reunir el precio de un permiso para cazar brincadores. A Muller le parecía que
ese precio era demasiado bajo.
Dieron tres
vueltas sobre el enorme animal y luego se precipitaron en la zona de los lagos,
las tierras bajas que estaban más allá de las montañas; era una cadena de lagos
parecidos a diamantes que ceñían la cintura del continente. A mediodía habían
aterrizado en el borde de un aterciopelado bosque.
Boardman habla
tomado la suite principal del hotel, llena de trucos y pantallas. Apretó la
muñeca de Muller, saludándole, y besó a Marta con mal disimulada lujuria. Ella
parecía distante y contenida en los brazos de Boardman; era obvio que la visita
le parecía una pérdida de tiempo.
- ¿Tenéis
hambre? - preguntó Boardman -. Comeremos ahora y hablaremos después.
Sirvió el
aperitivo en su suite: un vino color ámbar, en copas de cristal de roca de
Ganímedes. Luego subieron a una cápsula comedor y dejaron el hotel recorriendo
los bosques y los lagos mientras comían. Los alimentos fluían desde el depósito
y se situaban frente a ellos mientras miraban el paisaje sentados en butacas neumáticas.
Una crujiente ensalada, pescado asado del país, verduras importadas, queso
rallado de Centauro, latas de fresca cerveza de arroz y, finalmente, un
delicioso y picante licor verde. Completamente pasivos, encerrados en su
cápsula móvil, disfrutaban la comida, la bebida y el panorama, respiraban el
aire chispeante que era bombeado desde el exterior, miraban pasar los pájaros
de brillantes colores y se perdían entre las agujas de las coníferas de los
bosques. Boardman había previsto todo eso para crear un estado de ánimo, pero
sus esfuerzos resultarían inútiles; Muller lo sabía. No podían engañarle tan
fácilmente. Podría aceptar la misión que Boardman le ofreciera, pero no porque
éste le hubiese tomado por sorpresa.
Marta estaba
aburrida. Lo demostraba con la Indiferencia que oponía a las miradas lujuriosas
de Boardman. El trémulo cubridor que llevaba estaba diseñado para mostrar;
cuando sus largas cadenas moleculares se deslizaban como en un caleidoscopio
por el trazado, dejaban ver fugazmente muslos y pechos, vientre y nalgas,
caderas y pantorrillas. Boardman apreciaba la exhibición y parecía pronto para
capitalizar la aparente disponibilidad de Marta, pero ella ignoraba por
completo sus mudos avances. Eso divertía a Muller, pero no a Boardman.
Después de la
comida, la cápsula se detuvo junto a un lago que parecía una joya, profundo y
de aguas claras. Los paneles se abrieron y Boardman dijo:
- Quizá a la
señorita le gustaría nadar mientras nosotros discutimos nuestros aburridos
asuntos.
- Qué buena
idea - dijo Marta con voz átona.
Se puso de pie
y tocó el resorte de desvestirse que estaba en su hombro; el cubridor se
deslizó hada sus tobillos. Boardman lo recogió y lo guardó en un depósito,
exhibiendo exageradamente su gesto. Ella le sonrió mecánicamente, se volvió, se
dirigió a la orilla del lago; era una figura desnuda y tostada de espalda
ahusada y nalgas redondeadas, manchadas por la luz del sol que se filtraba
entre los árboles. Se detuvo un momento, con el agua a la altura de las
pantorrillas; luego se zambulló y cortó la brillante superficie del lago con
sus fuertes brazadas.
- Es
encantadora, Dick - dijo Boardman -. ¿Quién es?
- Una chica.
Creo que es muy joven.
- Más joven de
lo que acostumbras. Y un poco consentida. ¿Hace mucho que la conoces?
- Desde el año
pasado. ¿Te interesa?
- Naturalmente.
- Se lo diré -
dijo Muller -. En otra oportunidad.
Boardman sonrió
como un Buda e hizo un gesto hacia la consola de los licores. Muller meneó la
cabeza. Marta nadaba a espalda en el lago; las puntas rosadas de sus pechos se
veían apenas sobre la serena superficie. Los dos hombres se miraron. Parecían
tener la misma edad, cincuenta y tantos; Boardman corpulento, con los cabellos
grises y fuertes; Muller delgado, con los cabellos grises y fuerte. Sentados, parecían
tener también la misma estatura, las apariencias engañaban: Boardman era una
generación mayor y Muller quince centímetros más alto. Hacía treinta años que
se conocían.
En un sentido,
trabajaban en lo mismo; ambos formaban parte del cuerpo de personal no
administrativo que servía para mantener la estructura de la sociedad humana en
toda la galaxia. No tenía jerarquía oficial. Compartían el deseo de servir, la
disposición de hacer que sus dotes resultaran útiles a la humanidad, y Muller
respetaba a Boardman por la forma en que había usado esas dotes durante una
larga y destacada carrera, aunque no hubiese podido decir que Boardman le
gustaba. Sabía que era astuto, poco escrupuloso y que estaba dedicado al
bienestar de la humanidad; pero la mezcla de falta de escrúpulos y dedicación
es siempre peligrosa.
Boardman sacó
un cubo de visión de un bolsillo de su túnica y lo puso en la mesa que había
frente a Muller. Quedó allí, como si fuera el peón de un juego, seis o siete
centímetros de arista, una tonalidad amarillenta sobre el pulido mármol negro
de la mesa.
- Conéctalo -
señaló Boardman -. El visor está allí.
Muller deslizó
el cubo en la ranura del receptor. En medio de la mesa se levantó un gran cubo;
tenía casi un metro de arista. Algunas imágenes flotaban en sus caras. Muller
vio un planeta envuelto en nubes, grisáceo; podría haber sido Venus, la imagen
se volvió más profunda y unos toques de rojo aparecieron en el gris. Entonces
no era Venus. La cámara atravesó la capa de nubes y reveló un planeta desconocido,
no muy parecido a la tierra. El suelo era húmedo y esponjoso, y unos árboles
gomosos, que parecían hongos gigantescos, crecían en é. Era difícil apreciar
los tamaños relativos, pero parecían grandes. Sus troncos pálidos estaban
cubiertos por fibrosidades y se curvaban como arcos entre la tierra y la copa.
Unas cosas con forma de platos protegían las raíces de los árboles y los
rodeaban hasta un quinto de su altura. Más arriba no había ni hojas ni ramas;
sólo copas anchas y planas cuyas caras inferiores estaban manchadas por
corrugaciones. Mientras Muller miraba, tres figuras extrañas se acercaron,
andando por el oscuro bosque. Eran alargadas y recordaban casi a árboles, con
manojos de ocho o diez miembros que colgaban de sus angostos hombros. Su cabezas
eran ahusadas y estaban llenas de ojos. Sus narices eran ranuras verticales
metidas dentro de la piel y sus bocas se abrían en los extremos. Andaban
erguidos sobre unas elegantes piernas que terminaban en unos pequeños zócalos
redondeados, en lugar de pies. Aunque estaban desnudos (salvo unas tiras de
género, quizá ornamentales, atadas entre su primera y su segunda muñeca),
Muller no pudo hallar rastros de aparato reproductor o de funciones mamarias.
Sus pieles carecían de pigmentación; compartían el gris que prevalecía en ese
mundo grisáceo, y eran de textura gruesa, cubiertas además por unas escamas en
forma de diamantes.
Con
sorprendente gracia, las tres figuras se acercaron a tres hongos gigantes y
treparon por ellos hasta que cada uno estuvo sobre una copa en forma de
platillo. Del manojo de miembros salió un brazo que parecía disponer de una
adaptación especial: a diferencia de los otros, que estaban equipados con cinco
dedos que parecían zarcillos dispuestos en una especie de anillo, este miembro
terminaba en un órgano afilado como una aguja. Ese órgano penetró fácil y
profundamente en el suave tronco gomoso del árbol en que había subido su dueño.
Pasó un rato, como si los seres estuvieran absorbiendo la savia de los árboles.
Luego bajaron y siguieron andando, sin que su aspecto exterior se hubiese
modificado.
Uno de ellos se
detuvo, se inclinó y observó atentamente el terreno. Había descubierto el ojo
que habla estado registrando sus actividades. La imagen se volvió caótica;
Muller supuso que el ojo estaba pasando de mano en mano. Súbitamente la imagen
se oscureció; el ojo había sido destruido. El cubo dejó de transmitir.
Después de un
momento de silencio Incómodo, Muller dijo:
- Tienen un
aspecto muy convincente.
- Y por muy
buenas razones; son reales.
- ¿Esto fue
registrado por alguna sonda extragaláctica?
- No - digo
Boardman -. Es de nuestra galaxia.
- Entonces...
¿Beta Hydri IV?
- Sí.
Muller contuvo
un estremecimiento.
- ¿Puedo verlo
nuevamente, Charles?
- Claro que sí.
Activó el cubo
por segunda vez. El ojo bajó de nuevo entre las nubes, de nuevo observó los
árboles gomosos, de nuevo apareció el trío de extraños seres, se alimentó,
descubrió el ojo, lo destruyó. Muller estudiaba las imágenes con fría
fascinación. Nunca había visto seres inteligentes no humanos. Por lo que sabía,
nadie los había visto hasta ahora.
Las imágenes se
desvanecieron del cubo.
- Esto fue
registrado hace menos de un mes - dijo Boardman -. Situamos una nave sonda a
cinco kilómetros de altura y dejamos caer unos cincuenta mil ojos en Beta
Hydri. IV. La mitad fue a dar en el fondo del océano. La mayoría aterrizó en
lugares deshabitados o desprovistos de interés. Este es el único que nos
proporcionó una visión clara de los habitantes.
- ¿Por qué se
ha decidido romper la cuarentena de Beta Hydri IV?
Boardman
suspiró suavemente.
- Pensamos que
ha llegado el momento de entrar en contacto con ellos, Dick. Hemos estado
olfateando por allí durante diez años y todavía no les hemos saludado. Los
buenos vecinos no proceden así. Y como los hidranos y nosotros somos las únicas
razas inteligentes en toda esta maldita galaxia (a menos que alguien esté
oculto en algún lugar muy raro), hemos llegado a la conclusión de que debemos
establecer relaciones amistosas con ellos.
- Tu recato no
me conmueve - dijo secamente Muller -. Se tomó la decisión, después de una
reunión plenaria del consejo, y de un debate que duró un año, de dejar en paz a
los hidranos por lo menos durante un siglo... a menos que se lanzaran al
espacio. ¿Quién cambió esa decisión? ¿Cuándo? ¿Por qué?
Boardman sonrió
astutamente. Pero Muller sabía que la única forma de que no le atrapara en sus
redes era atacar de frente.
Lentamente,
Boardman dijo:
- No pretendía
engañarte, Dick. Esta decisión se tomó hace ochos meses, en una sesión del
consejo, mientras tú ibas a Rigel.
- ¿Por qué
razón?
- Una de las
sondas extragalácticas volvió con pruebas convincentes de que hay por lo menos
una especie muy inteligente en una de las nebulosas cercanas.
- ¿Dónde?
- No importa,
Dick. Perdona, pero no te lo diré, por ahora.
- Muy bien.
- Puedo decirte
que, por lo que sabemos, no podríamos controlarlos. Dominan la navegación
espacial y sería razonable suponer que uno de estos siglos vendrán a
visitarnos. Cuando lo hagan, tendremos un problema. De modo que se decidió
establecer contacto con Beta Hydri antes de lo previsto, para aseguramos su
amistad.
- ¿Quieres
decir que queremos entablar amistad con la otra raza inteligente de nuestra
galaxia antes de que lleguen los extagálacticos?
- Exactamente.
- Dame esa copa
que me ofreciste.
Boardman indicó
la consola con un gesto. Muller marcó una combinación muy fuerte, la bebió de
un trago y ordenó otra. Súbitamente tenía mucho que digerir. Desvió la mirada
de Boardman, cogió el cubo y lo acarició, como si fuera una reliquia sagrada.
Durante un par
de siglos el hombre había explorado la estrellas sin encontrar rastros de un
rival. Había muchísimos planetas y muchos de ellos eran potencialmente
habitables; un número muy grande era muy parecido a la tierra. Eso no les había
sorprendido; el cielo está lleno de soles situados en la parte central del
espectro y hay muchos de los tipos F y G, los más aptos para sustentar la vida.
El proceso de creación de planetas no tiene nada de especial y la mayoría de
esos soles tienen entre cinco y doce planetas, algunos de los cuales poseen el
tamaño, la masa y la densidad adecuados para retener una atmósfera y permitir
la evolución de la vida. Un cierto número de esos mundos está situado dentro de
la zona orbital que evita lo excesos de temperatura. De modo que la vida
abundaba y la galaxia era el paraíso de los zoólogos.
Pero, en su
desordenada expansión fuera de su propio sistema, el hombre sólo había
encontrado los restos de especies inteligentes ya extinguidas. Los animales
ocupaban las ruinas de civilizaciones increíblemente antiguas. La más
espectacular era el laberinto de Lemnos, pero en otros mundos también había
ciudades derruidas, muros erosionados, cementerios, piezas de cerámica
desparramada. El espacio se transformó, también, en el paraíso de los
arqueólogos. Los coleccionistas de animales extraterrestres y los
coleccionistas de reliquias extraterrestres estaban muy ocupados. Nacieron
especialidades científicas totalmente nuevas. Sociedades que habían
desaparecido antes de que se construyeran las pirámides estaban siendo
reconstruidas.
Pero todas las
demás razas inteligentes de la galaxia se habían marchitado. Evidentemente,
habían florecido tanto tiempo antes que ni siquiera sobrevivían sus hijos
decadentes; eran como Nínive y Tiro; estaban borradas, extinguidas.
Investigaciones cuidadosas demostraban que las más jóvenes de la docena de
culturas extrasolares habían perecido ochenta mil años antes.
La galaxia es
ancha, y el hombre seguía buscando, atraído por sus compañeros estelares, que
le provocaban una curiosa mezcla de miedo y curiosidad. Aunque la propulsión
hiperespacial proporcionaba una cómoda manera de viajar a todos los puntos del
universo, ni el personal ni las naves disponibles podían abarcar la inmensidad
de la investigación. Muchos siglos después de haberse lanzado a la galaxia, el
hombre seguía haciendo descubrimientos, algunos muy cerca de casa. La estrella
Beta Hydri tenía siete planetas; en el cuarto vivían seres inteligentes.
No hubo
aterrizajes. Las posibilidades de un descubrimiento de ese tipo habían sido
examinadas anticipadamente y se había hecho planes para evitar una torpe
intrusión, de consecuencias incalculables. Se había estudiado Beta Hydri IV
desde el exterior de su capa de nubes. Sutiles mecanismos habían medido la
actividad que había debajo de la molesta máscara gris. La producción de energía
del planeta era conocida, con un error posible de pocos millones de kilovatios
hora; existían mapas de los distritos urbanos y se habían efectuado estimaciones
de la densidad de la población. El nivel del desarrollo industrial había sido
calculado por medio de un estudio de las radiaciones térmicas. Ahí abajo había
una civilización agresiva, poderosa, en pleno desarrollo, que, posiblemente,
era comparable por su nivel técnico con la de finales del siglo XX en la
Tierra. Había una sola diferencia significativa: los hidranos no se habían
lanzado al espacio. La culpa era de la capa de nubes. Una raza que nunca ha
visto las estrellas difícilmente estará muy interesada en llegar a ellas.
Muller había
participado en las frenéticas reuniones que habían tenido lugar cuando se
descubrió a los hidranos. Conocía las razones de la cuarentena y se daba cuenta
de que para que ésta hubiese sido levantada debía haber razones mucho más
importantes. No muy segura de su habilidad para establecer una relación con
seres no humanos, la Tierra había decidido, sabiamente, mantenerse a distancia
de los hidranos por un tiempo, pero ahora todo había cambiado.
- Y ¿qué
sucederá ahora? - Preguntó Muller -. ¿Una expedición?
- Sí.
- ¿Cuándo?
- Supongo que
el año próximo.
Muller se puso
rígido.
- ¿Quién estará
al mando?
- Quizá tú,
Dick.
- ¿Por qué
«quizá»?
- Porque
podrías rechazar la misión.
- Cuando tenía
dieciocho años - dijo Muller -, estaba con una chica en los bosques de
California, en la Tierra, e hicimos el amor, y no era exactamente la primera
vez, pero fue la primera vez que funcionó como es debido y después estábamos
tendidos de espaldas, mirando las estrellas, y yo le dije que iba a andar entre
ellas. Y ella dijo: «Oh, Dick, qué estupendo.» Pero por supuesto, yo no estaba
diciendo nada raro. Cualquier chico de esa edad lo dice mismo cuando mira las
estrellas. Y le dije que iba a descubrir cosas en el espacio y que la humanidad
me recordaría como a Colón y a Magallanes a los primeros astronautas y todo
eso. Dije que iba a estar en primera fila, siempre, y que me movería por las
estrellas como un dios. Fui muy elocuente. Seguí así durante diez minutos,
hasta que los dos nos sentimos arrebatados por tantas maravillas y me volví
hacia ella y me atrajo hacia sí y volví la espalda a las estrellas y trabajé
mucho para clavarla a la tierra. Esa fue la noche en que me volví ambicioso.
Hay cosas que se dicen a los dieciocho años y que luego no pueden repetirse.
- Hay cosas que
se hacen a los dieciocho años y que tampoco pueden repetirse después - dijo
Boardman -. ¿Y bien Dick? Ya tienes más de cincuenta años, ¿no? Has andado por
las estrellas. ¿Te sientes como un dios?
- A veces.
- ¿Quieres ir a
Beta Hydri?
- Sabes que sí.
- ¿Solo?
Muller sintió
que la tierra se hundía bajo sus pies y, de golpe, era como caminar por el
espacio por primera vez, cayendo hacia todo el universo. ¿Solo?
- Lo hemos
programado todo y llegamos a la conclusión de que enviar a un grupo de hombres
en este momento sería un error. Los hidranos no han respondido muy bien a
nuestras sondas visuales. Tú lo viste; recogieron el ojo y lo destruyeron. Ni
siquiera podemos imaginar su psicología; nunca nos hemos enfrentado con mentes
extraterrestres. Y creemos que lo más seguro (tanto en términos de pérdida de
vidas humanas como en lo que se refiere al impacto sobre su sociedad) es mandar
a un embajador... un hombre que llegue en son de paz, un hombre fuerte y astuto
que haya superado muchas situaciones difíciles, que sea capaz de improvisar
formas de iniciar un contacto. Ese hombre puede ser destruido treinta segundos
después de llegar. Pero, si sobrevive, habrá logrado algo único en la historia
de la humanidad. Tú dirás.
Era irresistible.
¡Embajador de la humanidad ante los hidranos! Ir solo, andar por tierra
extranjera y ofrecer el primer saludo de la humanidad a sus vecinos cósmicos...
Era su billete
a la inmortalidad. Grabaría para siempre su nombre en las estrellas.
- ¿Qué posibilidades
de sobrevivir tendré? - preguntó Muller.
- El ordenador
dice que hay una entre sesenta y cinco de que salgas como entraste, Dick.
Teniendo en cuenta que no es un planeta de tipo terrestre, necesitarás llevar
un sistema vital. Y podrías ser mal recibido. Una posibilidad entre sesenta y
cinco.
- No está tan
mal.
- Yo nunca
aceptaría semejante apuesta - dijo Boardman, sonriendo.
- No. Pero yo
si.
Vació su copa.
Si ganaba, su fama seria imperecedera. Si fracasaba y era destruido por los
hidranos..., bueno, no era tan malo. Había destinos peores que morir llevando
la bandera de la humanidad a un nuevo mundo. Su desmedido orgullo, su hambre de
gloria, su deseo infantil de fama, que nunca había podido superar, le
empujaban. La apuesta no era tan mala.
Marta
reapareció. Estaba mojada; su cuerpo desnudo brillaba y sus cabellos estaban
pegados a la esbelta columna de su cuello. Sus pechos se agitaban como pequeños
conos de carne, coronados por unos arrugados pezones color rosa. Podría haber
sido una chica de catorce años, pensó Muller, mirando sus caderas estrechas y
sus muslos delgados. Boardman le tiró un secador. Ella lo conectó y entró en su
campo amarillento, dando una vuelta completa. Tomó su vestido de la percha y se
vistió con calma.
- Fue estupendo
- dijo. Sus ojos se dirigieron a Muller por primera vez desde su vuelta - Dick,
¿qué te sucede? Pareces atónito, aturdido. ¿Te sientes bien?
- Muy bien.
- ¿Qué pasó?
- El señor
Boardman me ha hecho una proposición.
- Puedes
decírselo, Dick. No vamos a mantenerlo en secreto. Se hará un anuncio a toda la
galaxia.
- Habrá un
aterrizaje en Beta Hydri IV - dijo Muller con voz apagada -. Un solo hombre.
Yo. ¿Cómo lo haremos, Charles? ¿Una nave en una órbita de estacionamiento y yo
bajo en una cápsula autónoma equipada para el retorno?
- Sí.
- Es una
locura, Dick - dijo Marta -. No lo hagas. Te arrepentirás toda tu vida.
- Si las cosas
no salen bien, será una muerte rápida, Marta. He corrido riesgos más serios.
- No. Mira: a
veces pienso que veo un poco del futuro. De veras, veo cosas, Dick. - Rió,
nerviosamente; su pose sofisticada se había derrumbado -. No creo que mueras si
vas allí. Pero creo que tampoco seguirás vivo. Di que no irás. ¡Dilo, Dick!
- Oficialmente,
todavía no has aceptado mi proposición - dijo Boardman.
- Lo sé - dijo
Muller. Se puso de pie, rozando el techo de la cápsula, se dirigió hacia Marta
y la tomó en sus brazos, recordando aquella otra chica, hacía tanto tiempo,
bajo el cielo de California, recordando la loca energía que había descendido
sobre él cuando saltó del brillo de las estrellas a la carne tibia y
complaciente y los muslos que se separaban debajo de él. Abrazó fuertemente a
Marta. Ella le miró, horrorizada. El besó la punta de su nariz y el lóbulo de
su oreja izquierda. Ella se liberó de su abrazo, tropezó y casi se arrojó en
las rodillas de Boardman. Este la atrapó y la sujetó. Muller dijo -: Ya sabes
cuál es mi respuesta.
Esa tarde, una
de las sondas robot llegó a la zona F. Todavía les faltaba parte del camino,
pero Muller sabía que no tardarían mucho en llegar al centro del laberinto.
Capitulo IV
1
- ¡Por fin! -
dijo Rawlings -. Allí está.
A través de los
ojos de una sonda, miró fijamente al hombre del laberinto. Muller se apoyaba
distraídamente contra la pared, con los brazos cruzados; era un hombre alto y
curtido, de mentón fuerte y nariz en forma de cuña. No parecía alarmado por la
presencia del explorador mecánico.
Rawlings
conectó el audio y oyó que Muller decía:
- Hola, robot.
¿Por qué no me dejas en paz?
La sonda no respondió,
por supuesto. Tampoco Rawlings, que podría haber transmitido un mensaje a
través de ella. Estaba en la terminal, un poco agachado para ver mejor. Sus
fatigados ojos latían. Les había llevado nueve días locales lograr que una de
las sondas llegara al centro del laberinto. El esfuerzo había costado más de
cien sondas; cada veinte metros de terreno explorado habían destruido un robot.
No estaba tan mal, considerando que el número de alternativas equivocadas que
ofrecía el laberinto era alto. Gracias a la suerte, al uso inspirado del
cerebro de la nave y a una vigorosa batería de aparatos sensores, habían
logrado evitar todas las trampas obvias y algunas de las más sutiles. Y ahora
estaban en el centro.
Rawlings estaba
exhausto. Para controlar esta etapa crítica, la penetración de la zona A, no
había dormido en toda la noche. Hosteen se había ido a dormir. Y, finalmente,
también Boardman. Había unos pocos tripulantes de guardia junto a él y en la
nave, pero Rawlings era el único civil que estaba despierto.
Se preguntó si
alguien había supuesto que descubriría a Muller durante su guardia.
Probablemente no. Boardman no hubiese querido correr el riesgo de mandar todo a
rodar, permitiendo que un novicio manejara el gran momento, le habían dejado de
guardia, había movido su sonda unos metros y ahora estaba mirando a Muller.
Buscó signos
externos del tormento interior que le afligía.
No eran obvios.
Muller había vivido allí, solo, durante tantos años... ¿Acaso eso no habría
tenido algún efecto en su alma? Y esa otra cosa, la broma que le habían gastado
los hidranos, con seguridad eso también tendría que reflejarse en su rostro.
Pero a Rawlings le parecía que no.
Oh, sus ojos
eran tristes y sus labios estaban apretados, formando una línea tensa. Pero
Rawlings había esperado algo más dramático, algo romántico, una cara que
reflejara su agonía interior. En cambio, sólo vio los rasgos desiguales,
indiferentes, insensibles, de un hombre recio de edad mediana. Los cabellos de
Muller eran grises y sus ropas estaban gastadas; él mismo parecía gastado y
raído. Pero eso era previsible en un hombre que había vivido en semejante
exilio durante nueve años. Rawlings había esperado algo más, algo pintoresco,
un rostro enjuto y angustiado, ojos oscurecidos por el dolor.
- ¿Qué quieres?
- preguntó Muller a la sonda -. ¿Quién te envió aquí? ¿Por qué no te marchas?
Rawlings no se
atrevió a responder. No tenía ni idea de los planes de Boardman. Inmovilizó la
sonda y se dirigió velozmente hacia la cúpula donde descansaba éste.
Boardman dormía
bajo un dosel de aparatos de sustentación vital. Después de todo, tenía más de
ochenta años, aunque no los representaba, y la forma de seguir pareciendo joven
era enchufarse todas las noches a su aparato de sustentación. Rawlings se
sentía un poco incómodo al tener que entrar en la habitación del anciano y
sorprenderle envuelto en sus aparatos. En la frente de Boardman estaban sujetos
un par de electrodos meníngeos que garantizaban una progresión adecuada y
saludable de los distintos niveles del sueño asegurando que la mente se
liberaría de las toxinas acumuladas durante el trabajo del día. Un grifo de
desagüe ultrasónico filtraba los sedimentos y los desechos de las arterias de
Boardman. El flujo de las hormonas era regulado por una compleja red que
colgaba sobre su pecho, y el conjunto de aparatos estaba conectado con el
cerebro de la nave, que lo controlaba. Dentro del complicado aparato de
sustentación, Boardman parecía irreal, casi una figura de cera. Su respiración
era lenta y regular, sus labios estaban flojos, sus mejillas parecían
hinchadas. Los ojos de Boardman se movían rápidamente debajo de los párpados;
eso indicaba un sueño profundo, con sueños. ¿Sería posible despertarle sin
perjudicarle?
Rawlings no se
atrevió a hacerlo. Por lo menos, no directamente. Salió de la habitación y
activó la terminal que estaba afuera.
- Lleva un
sueño a Charles Boardman - dijo -. Dile que encontramos a Muller. Dile que debe
despertarse en seguida. Dile: «Charles, Charles, despierta, te necesitamos.»
¿Has entendido?
- De acuerdo -
respondió el cerebro de la nave. El impulso saltó desde la cúpula a la nave,
traducido a mensaje y volvió a la cúpula. El aviso de Rawlings entró en la
mente de Boardman a través de los electrodos que había en su frente.
Sintiéndose satisfecho consigo mismo, Rawlings volvió a entrar en el dormitorio
del anciano y aguardó.
Boardman se
estremeció. Sus manos se contrajeron y rascaron suavemente la máquina que le
rodeaba.
- Muller... -
murmuró.
Abrió los ojos.
Por un momento, no vio nada. Pero el proceso del despertar había comenzado y el
aparato de sustentación estimuló su metabolismo para que pudiera funcionar
nuevamente.
- ¿Ned? - dijo
con voz ronca -. ¿Qué haces aquí? Soñé que...
- No fue un
sueño, Charles. Yo lo programé. Entramos en la zona A y encontramos a Muller.
Boardman
desconectó el aparato de sustentación y se sentó. Estaba totalmente alerta y
despejado.
- ¿Qué hora es?
- Está
amaneciendo.
- ¿Cuánto hace
que le hallaste?
- Unos quince
minutos. Desactivé la sonda y vine directamente aquí. Pero no quería
despertarle de golpe, así que...
- Muy bien, muy
bien. - Boardman se levantó, tambaleándose ligeramente cuando se puso de pie.
Rawlings
comprendió que todavía no tenía el vigor diurno; mostraba su verdadera edad.
Encontró un pretexto para desviar la vista, observando el aparato de
sustentación, para no tener que mirar los pliegues de que colgaban del cuerpo
de Boardman.
«Cuando tenga
su edad - pensó Rawlings, me reformaré regularmente. En realidad, no es un
problema de coquetería; es simplemente una amabilidad que uno tiene con los
demás. No hay necesidad de parecer viejo, si uno no lo desea. ¿Por qué ofender
la vista?»
- Vamos
- dijo Boardman -. Reactiva la sonda. Quiero verle en seguida.
Usando la
terminal del vestíbulo, Rawlings reactivó la sonda. La pantalla les mostró la
zona A del laberinto, más acogedora que las zonas exteriores. Muller no estaba
a la vista.
- Pon el audio
en unidireccional - dijo Boardman.
- Está así.
- ¿Adónde habrá
Ido?
- Debe de haber
salido del campo visual - dijo Rawlings.
Movió la sonda
de modo que girara sin desplazarse, y ésta transmitió un amplio abanico de
imágenes: casas bajas y cúbicas, enormes arcos, hileras de paredes. Un
animalito parecido a un gato pasó corriendo, pero no había rastro de Muller.
- Estaba allí -
insistió Rawlings, frustrado -. El...
- Está bien. No
tenía por qué quedarse en un sitio mientras tú me despertabas. Haz andar a la
sonda.
Rawlings activó
el robot, haciéndole iniciar una lenta exploración de la calle. instintivamente
tomaba precauciones, suponiendo que podría encontrar nuevas trampas en
cualquier momento, aunque se dijo un par de veces que los constructores del
laberinto no debían haber llenado de trampas mortales el lugar en que vivían.
Súbitamente, Muller salió de un edificio sin ventanas y se plantó frente a la
sonda.
- Otra vez -
dijo -. Resucitaste, ¿eh? ¿Por qué no hablas? ¿De qué nave vienes? ¿Quién te
manda?
- ¿Respondemos?
- preguntó Rawlings.
- No.
La cara de
Boardman estaba casi apoyada en la pantalla. Empujó las manos de Rawlings fuera
de los controles y movió los controles de precisión hasta que tuvo a Muller
perfectamente enfocado. Boardman mantuvo la sonda en movimiento, deslizándose
frente a Muller, como si quisiera llamar su atención para que no se marchara
nuevamente.
- Es
impresionante. La expresión de su cara... - dijo Boardman en voz baja.
- Me pareció
que su aspecto era tranquilo.
- ¿Qué sabes
tú? Yo le recuerdo. Ned, es una expresión infernal. Sus pómulos son mucho más
prominentes que antes. Sus ojos están horribles. Y su boca..., ¿ves cómo se
tuerce hacia abajo del lado izquierdo? Quizá ha tenido un pequeño derrame. Pero
se conserva bastante bien, supongo.
Desconcertado,
Rawlings buscó los signos de la angustia de Muller. No los había visto antes y
no los vio ahora. Pero, por supuesto, no recordaba cuál era antes su aspecto.
Y, naturalmente, Boardman era mucho más experto que él interpretando los rasgos
de una persona.
- No va a ser
fácil sacarlo de ahí - dijo Boardman -. Querrá quedarse. Pero le necesitamos,
Ned. Le necesitamos.
Muller, que
andaba al mismo ritmo que la sonda, dijo con voz áspera y profunda:
- Tienes
treinta segundos para decir qué es lo que te propones. Después será mejor que
des la vuelta y te vayas por donde viniste.
- ¿Por qué no
le habla? - preguntó Rawlings -. ¡Destruirá el robot!
- ¡Que lo haga!
La primera persona que le hable será de carne y hueso y estará frente a él. Es
la única manera. Esto va a ser como un galanteo, Ned. No podemos hacerlo a
través de los parlantes de una sonda.
- Diez segundos
- dijo Muller.
Metió la mano
en el bolsillo y sacó una esfera brillante de metal negro, del tamaño de una
manzana, con una pequeña abertura cuadrada en un lado. Rawlings nunca había
visto una cosa así. Pensó que debía de ser algún arma que Muller había
encontrado en la ciudad, ya que éste alzó la esfera y apuntó la abertura hacia
la cara del robot.
La pantalla se
oscureció.
- Parece que
hemos perdido otra sonda - dijo Rawlings.
Boardman asintió.
- Sí, pero es la
última. Ahora empezaremos a perder hombres.
2
Había llegado
el momento de arriesgar vidas humanas en el laberinto. Era inevitable y
Boardman lo lamentaba, de la misma forma que lamentaba pagar impuestos, o
envejecer, o expulsar desechos, o experimentar la fuerza de la gravedad. Los
impuestos, la vejez, la excreción y la gravedad eran aspectos permanentes de la
condición humana, aunque los cuatro habían sido paliados por el progreso de la
ciencia moderna. Con la muerte sucedía lo mismo. Había utilizado hábilmente las
sondas y, probablemente, habían salvado una docena de vidas gracias a eso, pero
ahora se perderían vidas de todos modos. Boardman lo lamentaba, pero no muy
profundamente, ni por mucho tiempo. Hacía décadas que pedía a otros hombres que
arriesgaran sus vidas y muchos habían muerto. Estaba pronto a arriesgar la
suya, en el momento adecuado y por la causa adecuada.
Ahora disponían
de un mapa muy detallado del laberinto. El cerebro de la nave disponía de un
cuadro detallado de la ruta de entrada, en el que estaban señaladas las trampas
conocidas. Boardman confiaba en que podía enviar exploradores mecánicos al
laberinto con un 95 por ciento de probabilidades de que llegaran sanos y salvos
a la zona A. Pero eso no significaba que un hombre pudiese recorrer el mismo
camino en iguales condiciones de seguridad. Aun con el ordenador dando consejos
paso a paso, un hombre que filtraba información por medio de un cerebro,
falible y capaz de fatigarse, podía no ver las cosas igual que una sonda hecha
por un torno, y quizá efectuara ajustes por su cuenta que podrían resultar
fatales. De modo que los datos que habían reunido debían ser comprobados
cuidadosamente antes de que él o Ned Rawlings se aventuraran en el laberinto.
Había
voluntarios que se encargarían de eso.
Sabían que
estaban arriesgando la vida. Nadie había Intentado decir que las cosas eran de
otra manera, ni ellos lo hubiesen aceptado. Se les había explicado que para la
humanidad era muy importante lograr que Richard Muller saliera voluntariamente
del laberinto y que eso se podía lograr si unos seres humanos concretos -
Charles y Ned Rawlings - hablaban personalmente con Muller. Y como Boardman y
Rawlings eran unidades irremplazables, era necesario que otros exploraran el
camino antes que ellos. Muy bien. Los exploradores estaban dispuestos, sabiendo
que no eran material sustituible. También sabían que el hecho de que los
primeros murieran resultaría útil. Cada muerte Proporcionaba nuevas
informaciones; en cambio, una entrada afortunada no agregaba nada, en aquel
punto de las investigaciones.
Echaron
suertes, para ver quién empezaba.
El hombre que
fue elegido para entrar en primer término era un teniente, llamado Burke, que
parecía muy joven y posiblemente lo era, ya que los militares no solían
reformarse hasta que alcanzaban los escalones más altos de la jerarquía. Era un
muchacho bajo, fuerte, de cabellos oscuros, que actuaba como si pudiese ser
reemplazado por medio de un molde. Y ése no era el caso.
- Cuando
encuentre a Muller - dijo Burke (no dijo si) - le diré que soy arqueólogo. Y
que si no lo molesta, me gustaría que algunos de mis compañeros pudieran
entrar. ¿Está bien así?
- Sí -
dijo Boardman -. Y recuerde que cuanto menos jerga profesional utilice, menos sospechará
de usted.
Burke no
viviría lo suficiente como para decir nada a Richard Muller y todos lo sabían.
Pero saludó elegantemente, de forma un poco teatral, al despedirse y entró en
el laberinto. Estaba conectado con el cerebro de la nave a través de una
mochila que llevaba a la espalda. El ordenador le transmitiría las órdenes de
marcha y mostraría a los observadores que estaban en el campamento todo lo que
pudiera pasarle.
Se desplazó
limpiamente a través de los terrores de la zona H. Carecía de la colección de
aparatos de Investigación que habían ayudado a las sondas a encontrar las losas
montadas sobre pivotes y las trampas mortales que había debajo de ellas, los
chorros de energía ocultos, los dientes que se cerraban en las puertas y todas
las otras pesadillas; pero, en cambio, llevaba algo mucho más útil: el conocimiento
acumulado de esas pesadillas, reunido gracias al derroche de sondas que habían
descubierto su existencia. Boardman, vigilando su pantalla, vio los pilares,
los rayos y los acantilados que ya le resultaban familiares, los elegantes
puentes, los montones de huesos y, de vez en cuando, los restos de una sonda.
Silenciosamente exhortó a Burke a seguir avanzando; sabía que, dentro de poco,
él mismo tendría que recorrer ese camino. Boardman se preguntó cuánto
significaría la vida de Burke para Burke.
Burke tardó
casi cuarenta minutos en pasar de la zona H a la zona G. No parecía muy
eufórico cuando atravesó el pasaje; todos sabían que la zona G era casi tan
dura como la zona H. Pero, por ahora, el sistema de guía estaba funcionando
bien. Burke estaba ejecutando una especie de siniestro ballet, bailando
alrededor de los obstáculos, contando los pasos, saltando aquí, girando allá,
esforzándose por no pisar algún segmento traicionero del pavimento. Sus
progresos eran muy positivos. Pero el ordenador no pudo advertirle la presencia
de un animalito lleno de dientes que aguardaba sobre una cornisa labrada, a
cuarenta metros de la entrada de la zona G. Eso no formaba parte de los planes
del laberinto.
Era una amenaza
ocasional, que se ocupaba de sus propios asuntos, pero Burke sólo llevaba un
registro de las experiencias anteriores en esa materia.
El animal no
era mayor que un gato grande, pero sus colmillos eran largos y sus garras muy
veloces. El ojo de la mochila de Burke lo vio cuando saltaba, pero ya era demasiado
tarde. Burke, enterado a medias, intentó volverse y sacar su arma cuando el
animal ya estaba sobre sus hombros, buscando su garganta.
Las mandíbulas
se abrieron muchísimo. El ojo del ordenador transmitió un detalle anatómico del
que Boardman hubiese podido prescindir: detrás de la hilera externa de dientes
afilados como agujas había otra hilera interna y una tercera más atrás, quizás
eran para masticar mejor la presa, o quizá se trataba de un par de juegos de
repuesto, en caso de que los dientes externos se rompieran. Un momento después,
las mandíbulas se cerraron.
Burke se
derrumbó aferrando a su atacante. Brotó un chorro de sangre. El hombre y la
bestia rodaron, oprimieron algún resorte oculto y desaparecieron en medio de
una nube de humo oscuro. Cuando el aire recuperó la transparencia, ninguno de
los dos era visible.
Algo después,
Boardman dijo:
- Debemos
recordar esto. Los animales no atacan a las sondas. Tendremos que llevar
detectores de masa y entrar en grupos.
La siguiente
vez lo hicieron así. Habían pagado un precio excesivo por la información, pero
ahora sabían que tenían que enfrentarse con bestias salvajes, además de la
astucia de los remotos ingenieros. Dos hombres armados, Marshall y Petrocelli,
entraron juntos en el laberinto, mirando en todas direcciones. Ningún animal
podría acercarse a ellos sin que su radiación térmica fuera captada por los
fonosensores infrarrojos de los detectores de masas que llevaban. Mataron
cuatro animales - uno de ellos inmenso - y no tuvieron más problemas en ese
sentido.
En las
profundidades de la zona G llegaron al sitio donde la pantalla distorsionadora
se burlaba de todos los aparatos de recolección de datos.
Boardman se
preguntó cómo funcionaría esa pantana. Conocía distorsionadores hechos en la
Tierra que actuaban directamente sobre los sentidos, transmitiendo mensajes
totalmente correctos y mezclándolos dentro del cerebro, para destruir sus
correlaciones. Pero aquella pantalla tenía que ser diferente. No podía atacar
el sistema nervioso de una sonda, porque las sondas no tenían sistema nervioso
en el sentido estricto de la palabra y sus ojos transmitían exactamente lo que
veían. Pero de alguna forma, lo que habían visto los robots y lo que habían
Informado al ordenador no guardaba relación con la geometría real del laberinto
en ese punto. Otras sondas, situadas más allá del alcance de la pantalla,
habían transmitido descripciones totalmente distintas y mucho más exactas. De
modo que la cosa debía trabajar a partir de algún principio óptico, influyendo
directamente sobre el ambiente, modificando su orden, distorsionando la
perspectiva, cambiando y ocultando sutilmente el contorno de las cosas,
transformando una condición normal en un enigma. Cualquier órgano visual
situado al alcance de la pantalla obtenía una imagen totalmente convincente y
perfectamente incorrecta de área, tuviera o no una mente manipulable. Boardman
pensó que era muy interesante. Quizás, más adelante, los mecanismos del
laberinto podrían ser estudiados y conocidos a fondo. Más adelante.
Para él era
Imposible saber qué aspecto tenía el laberinto para Marshall y Petrocelli
cuando sucumbieron a la pantalla. A diferencia de los robots, que
proporcionaban informes exactos de todo lo que había ante sus ojos, los dos
hombres no estaban conectados directamente con el ordenador y no podían
transmitir sus imágenes mentales a la pantalla. Lo mejor que podían hacer era
describir lo que veían. Y no correspondía con las imágenes de los ojos sonda
que estaban montados en sus mochilas ni con la configuración auténtica que se
veía desde los lugares situados fuera del radio de acción de la pantalla.
Obedecieron las
indicaciones del ordenador. Avanzaron, aun cuando sus ojos les decían que un
enorme abismo se abría bajo sus pies. Se agacharon para deslizarse por un túnel
en cuyo techo brillaban unas hojas de guillotina suspendidas. El túnel no
existía.
- Supongo que
en cualquier momento una de esas hojas se desprenderá y me partirá en dos -
dijo Petrocelli.
No había hojas.
Al final del túnel se movieron hacia la izquierda, acercándose a un enorme
mayal que azotaba el pavimento. No había mayal. No muy convencidos, evitaron
pisar una acera alfombrada que parecía conducir fuera de la región controlada
por la pantalla, la acera era imaginaria; ellos no veían la piscina de ácido
que estaba allí.
- Sería mejor
que cerraran los ojos - dijo Boardman -. Y entraran como las sondas,
prescindiendo de la visión.
- Dicen que eso
les da miedo - dijo Hosteen.
- ¿Qué es
mejor, carecer de información visual o tener datos erróneos? - preguntó
Boardman -. Podrían seguir las indicaciones del ordenador con los ojos cerrados
y sería lo mismo. Y así no habría probabilidades de que...
Petrocelli
gritó. En la pantalla doble, Boardman vio la condición real - un trozo de
camino plano e inocuo - y la visión distorsionada, transmitida por los ojos de
la mochila: un geiser de llamas que hacía erupción a su pies.
- Quédate donde
estáis - aulló Hosteen -. ¡No es real!
Petrocelli, que
tenía un pie en el aire, volvió a bajarlo sufriendo una torcedura a causa del
esfuerzo. Pero Marshall reaccionó más lentamente. Se había girado para escapar
de la erupción cuando Hosteen gritó, y se movió hacia la izquierda, antes de
detenerse. Estaba a unos doce centímetros del camino seguro. Un cable de metal
brillante surgió de un bloque de piedra y se enroscó en sus tobillos. No tuvo
dificultad para cortar los huesos. Marshall cayó y una brillante barra dorada
lo clavó en el muro.
Sin mirar hacia
atrás, Petrocelli atravesó la columna de fuego sin sufrir daños, anduvo unos
metros tropezando y se detuvo, más allá del alcance de la pantalla de
distorsión.
- ¿Dave? - dijo
con voz ronca -. Dave, ¿estás bien?
- Se salió del
sendero - dijo Boardman -. fue una muerte rápida.
- ¿Qué quiere
que haga ahora?
- Quédese donde
está, Petrocelli. Cálmese y no Intente ir a ningún lado. Mandaré a Chesterfield
y a Walker a reunirse con usted. Aguarde donde está.
Petrocelli
estaba temblando. Boardman pidió al cerebro de la nave que le diese una
inyección y la mochila lo tranquilizó rápidamente con un pinchazo. Todavía
rígido, incapaz de volverse hacia su empalado compañero, Petrocelli se quedó
quieto, esperando.
Chesterfield y
Walker necesitaron cerca de una hora para llegar hasta la pantalla de
distorsión y casi quince minutos para atravesar los pocos metros cuadrados que
ésta controlaba. Lo hicieron con los ojos cerrados y eso no les gustó, pero los
fantasmas del laberinto no podían atemorizar a un ciego; por lo que
Chesterfield y Walker quedaron fuera de su alcance. A esas alturas, Petrocelli
se había tranquilizado y los tres continuaron avanzando cautelosamente hacia el
corazón del laberinto.
Boardman pensó
que habría que hacer algo para recuperar el cadáver de Marshall. En otro
momento.
3
Los días más
largos de la vida de Ned Rawlings habían sido los que había pasado viajando
hacia Rigel, cuatro años antes, yendo a buscar el cuerpo de su padre. Pero
estos días eran más largos aún. Estar parado junto a una pantalla, viendo como
mueren unos hombres valientes, sentir que todos los nervios piden un descanso,
hora tras hora...
Pero estaban
ganando la batalla del laberinto. Ya habían entrado catorce hombres; cuatro
habían muerto. Walker y Petrocelli habían parado en la zona E; otros cinco
hombres habían instalado una base auxiliar en F y tres más estaban bordeando la
pantalla de distorsión en G y se reunirían pronto con sus compañeros.
Evidentemente, lo peor ya había pasado. De las observaciones de las sondas se
deducía que la curva del peligro disminuía notablemente después de la zona F y
que en las tres zonas interiores casi no había trampas. Con E y F virtualmente
conquistadas, no seria muy difícil irrumpir en las zonas centrales, donde
Muller, impasible y silencioso, acechaba y aguardaba.
Rawlings pensó
que ahora conocía el laberinto como la palma de su mano. En la práctica, había
penetrado en él más de cien veces, primero por medio de las sondas, luego a
través de las transmisiones de los tripulantes. Por las noches, en sus sueños
febriles, veía sus oscuros dibujos, sus paredes curvas, sus torres sinuosas.
Encerrado en su propio cerebro, recorrió de alguna forma el itinerario de ese
laberinto, rozando mil veces la muerte. El y Boardman serían los beneficiarios
de esa experiencia tan duramente ganada cuando llegara el momento de entrar.
Y el momento se
aproximaba.
En una fría
mañana, bajo un cielo de hierro, estaba con Boardman justo fuera del laberinto,
junto a los terraplenes ascendentes que bordeaban la ciudad. En las pocas
semanas que hablan estado allí, el año se habla precipitado hacia lo que era el
invierno en Lemnos. La luz solar duraba sólo seis horas diarias; luego venían
dos horas de un pálido crepúsculo y los amaneceres eran tenues y prolongados,
las lunas danzaban constantemente en el cielo, jugando a retorcer las sombras.
Después de tanto
tiempo, Rawlings estaba casi deseoso de correr los riesgos del laberinto; sus
deseos nacían de la impaciencia y la vergüenza. Había aguardado, observando las
pantallas, mientras otros hombres, algunos tan jóvenes como él, se jugaban la
vida tratando de entrar. Le parecía que había pasado toda su vida aguardando la
señal para entrar en escena.
En las
pantallas vigilaban a Muller, que se desplazaba por el centro del laberinto.
Las omnipresentes sondas lo observaban constantemente, siguiendo sus peregrinaciones
con una línea irregular en el plano principal. Muller no había salido de la
zona A desde su encuentro con la sonda, pero diariamente cambiaba su posición
en el laberinto, yendo de una casa a otra, como si temiera dormir dos veces
seguidas en la misma. Boardman se había preocupado de que no tuviera ningún
contacto con ellos después del episodio con el robot. A Rawlings le parecía que
Boardman estaba tratando de atrapar a algún animal frágil y raro.
Golpeando la
pantalla con el dedo, Boardman dijo:
- Esta tarde
entraremos, Ned. Pasaremos la noche en el campamento principal. Mañana tú
seguirás adelante y te reunirás con Walker y Petrocelli en E. Y al día
siguiente irás solo hasta el centro y verás a Muller.
- ¿Por qué va a
entrar en el laberinto, Charles?
- Para
ayudarte.
- Podría
mantenerse en contacto conmigo desde aquí - dijo Rawlings -. No necesita
arriesgarse.
Boardman tiró,
pensativo, de su papada.
- Lo que estoy
haciendo ha sido calculado; es lo que ofrece menores riesgos.
- ¿Cómo?
- Si tiene
problemas - explicó Boardman - tendré que ir hasta donde estés para ayudarte.
Si me necesitas, prefiero aguardar en la zona F a tener que entrar con prisa
desde fuera, atravesando la zona más peligrosa del laberinto. ¿Comprendes lo
que te digo? Desde allí puedo llegar rápidamente hasta ti sin mayores peligros.
Desde aquí no.
- ¿Qué clase de
problemas?
- La testarudez
de Muller. No hay razones para que coopere con nosotros y no es un hombre fácil
de tratar. Recuerdo los meses que pasaron después de su retomo de Beta Hydri
IV. No tuvimos un instante de paz. Nunca había sido muy equilibrado, pero
después se transformó en un volcán. Que conste, Ned, que no lo estoy juzgando.
Tiene derecho a estar furioso con el universo. Pero es desagradable. Es un
pájaro de mal agüero. Acercarse a él trae mala suerte. Tendrás mucho trabajo.
- Y entonces,
¿por qué no viene conmigo?
- Imposible -
dijo Boardman -. Si supiera que estoy en este planeta se arruinaría todo el
plan. No olvides que fui yo quien lo envió a Beta Hydri IV. Y yo quien lo
obligó a venir a Lemnos. Creo que si me viera, podría matarme.
Rawlings
rechazó la idea.
- No. No puede
haberse vuelto tan salvaje.
- Tú no lo
conoces. No sabes cómo era. Ni en qué se ha transformado.
- Si está tan
lleno de rabia como usted dice, ¿cómo podré ganar su confianza?
- Acércate a
él. Sé franco. No tendrás que esforzarte mucho, Ned; tienes una cara muy
inocente. Dile que estás aquí en una misión arqueológica. No dejes que se dé
cuenta de que siempre supimos que estaba aquí. Dile que nos enteramos cuando la
sonda tropezó con él, que lo reconociste, recordando el tiempo en que era amigo
de tu padre.
- Entonces,
¿debo mencionar a mi padre?
- Por supuesto.
Dile quién eres. Es la única forma. Dile que tu padre murió y que ésta es tu
primera expedición al espacio. Gánate su simpatía, Ned. Despierta sus
sentimientos paternales.
Rawlings meneó
la cabeza.
- No se enfade
conmigo, Charles, pero debo decirle que todo esto, estas mentiras, no me gustan
nada.
- ¿Mentiras? -
Los ojos de Boardman brillaron. - ¿Mentiras decir que eres el hijo de tu Padre,
que esta es tu primera expedición?
- ¿Y que soy
arqueólogo?
Boardman se
encogió de hombros.
- ¿Prefieres
decirle que llegaste aquí como parte de una expedición que viene a buscar a
Richard Muller? ¿Te ayudaría eso a ganar su confianza? Piensa en nuestros
propósitos, Ned.
- Sí. El fin y
los medios. Ya lo sé.
- ¿Estás seguro
de que lo sabes?
- Estamos aquí
para conseguir la colaboración de Muller porque creemos que es la única persona
que puede salvamos de una terrible amenaza - dijo Rawlings con tono frío e
indiferente -. Por lo tanto, debemos hacer todo lo necesario para obtener esa
colaboración.
- Sí. Y
preferiría que no pusieras cara de tonto cuando lo dices.
- Lo siento,
Charles. Pero siento náuseas cuando pienso que tendremos que engañarle.
- Le
necesitamos.
- Sí. Pero ya
ha sufrido tanto...
- Le
necesitamos.
- Está bien,
Charles
- También te
necesito a ti - dijo Boardman -. Si pudiera hacerlo yo mismo, lo haría. Pero si
me ve, me liquidará. Para él, soy un monstruo. Y sucede lo mismo con todos los
que estuvieron vinculados a su carrera. Pero tú eres distinto. Quizás pueda
confiar en ti. Eres joven, tienes una cara increíblemente virtuosa y eres el
hijo de un buen amigo suyo. Podrás llegar a conmoverle.
- Y contarle un
montón de mentiras... engañarle.
Boardman cerró
los ojos. Parecía estar haciendo un gran esfuerzo por contenerse.
- Basta ya,
Ned.
- No, continúe.
Dígame qué debo hacer después de presentarme.
- Hazte amigo
suyo. Tómate tu tiempo. Haz que espere tus visitas.
- ¿Y si no
puedo soportar su presencia?
- Inténtalo.
Eso es lo más difícil; lo sé.
- Lo más
difícil es mentir, Charles.
- Como te
parezca. De todos modos, demuéstrale que puedes tolerar su compañía. Haz un
esfuerzo. Charla con él. Hazle comprender que estás robando tiempo a tu trabajo
científico, que los bastardos que dirigen tu expedición no quieren que tengas
nada que ver con él, pero que tú sientes afecto y simpatía por él y no
permitirás que te aleje. Háblale de ti, de tus ambiciones, de tu vida amorosa,
de tus pasatiempos, de lo que quieras. Dale la lata; eso reforzará la imagen
del chico ingenuo.
- ¿Debo
mencionar a los extragalácticos? - preguntó Rawlings.
- No mucho.
Mételos en la conversación con el pretexto de ponerlo al día en materia de
noticias. Pero no le digas mucho. Y, sobre todo, no le digas que representan
una amenaza. Y ni una palabra acerca de que le necesitamos, ¿entiendes? Si se
le ocurre que queremos utilizarle, estamos perdidos.
- Y ¿cómo haré
para que salga del laberinto si no le digo por qué le necesitamos?
- No te
preocupes de eso, por ahora - dijo Boardman -. Te daré instrucciones para la
segunda fase cuando hayas ganado su confianza.
- La traducción
- dijo Rawlings - es que usted va a poner en mi boca una mentira tan colosal
que ni siquiera se atreve a decírmela ahora por miedo a que renuncie a la
misión.
- Ned...
- Discúlpeme,
Charles. Pero... ¿por qué tenemos que engañarle para que salga? ¿Por qué no
podemos decirle que la humanidad lo necesita y obligarle a salir?
- ¿Te parece
que eso es más moral que engañarle?
- Me parece que
es más limpio. Odio estas sucias intrigas. Preferiría ayudar a que alguien lo
desmayase de un golpe y lo arrastrara fuera del laberinto, antes de tener que
hacer lo que usted ha planeado. Estaría dispuesto a sacarlo por la fuerza,
porque le necesitamos. Y tenemos suficientes hombres como para hacerlo.
- No - dijo Boardman -. No podemos sacarlo por la fuerza. Ese es nuestro
problema. Sería demasiado peligroso. Podría encontrar la forma de suicidarse en
el momento en que intentáramos cogerlo.
- Una pistola
narcótica - dijo Rawlings -. Hasta yo podría hacerlo. Me pondría a tiro,
dispararía, luego lo sacaríamos del laberinto y cuando se despertara le
explicaríamos...
Boardman meció
la cabeza con vehemencia.
- Ha tenido
nueve años para resolver los problemas del laberinto. No sabemos qué trucos ha
aprendido mi qué trampas defensivas ha instalado. Mientras esté allí no me
atrevo a atacarle; es demasiado valioso para correr el riesgo. Por lo que sabemos,
puede haber programado este sitio para que estalle si alguien le apunta con una
pistola. Tendrá que salir del laberinto por su propia voluntad, Ned, y eso
significa que tendremos que engañarle con falsas promesas. Ya sé que es
repugnante. A veces todo el universo hiede. ¿No lo hablas notado?
- ¡No tiene que
heder! - dijo Rawlings levantando la voz -. ¿Eso es lo que ha aprendido en
todos esos años? El universo no hiede; ¡el hombre el que hiede! Y lo hace
voluntariamente; ¡porque prefiere heder a oler bien! ¡No tenemos que mentir!
¡No tenemos que hacer trampas! Podríamos elegir el honor y la decencia y...
Rawlings se
detuvo bruscamente. En un tono diferente dijo:
- Debo sonar
horriblemente joven, ¿no es cierto, Charles?
- Tienes
derecho a equivocarte - dijo Boardman -. La juventud es para eso.
- ¿De veras
cree que hay una malevolencia cósmica en el universo?
Boardman juntó
las puntas de sus dedos.
- Yo no diría
eso. Creo que no hay un poder de las tinieblas rigiendo el universo, tal como
creo que no hay un poder de la luz. El universo es una inmensa máquina
impersonal. Mientras funciona, tiende a recargar algunas piezas menores y esas
piezas se desgastan y al universo le importa un bledo, porque puede generar
repuestos. No hay nada inmoral en el desgaste de unas piezas, pero tendrás que
admitir que, desde el punto de vista de la pieza, es un pésimo negocio. Y
sucedió que dos piececitas del universo chocaron cuando dejamos caer a Dick
Muller en el planeta de los hidranos. Tuvimos que llevarle allí porque por
nuestra naturaleza nos gusta averiguar cosas y ellos hicieron lo que hicieron
porque el universo desgasta sus piezas y el resultado fue que Dick salió de
Beta Hydri IV en mal estado. Lo cogió la maquinaria del universo y lo deshizo.
Ahora tenemos un nuevo choque, igualmente inevitable, y tendremos que meter a
Dick en la máquina por segunda vez. Es muy posible que lo deshagan nuevamente
(y eso es repugnante) y para que eso pueda suceder tú y yo tendremos que
manchar un poquito nuestras almas (y eso también es repugnante) y no tenemos la
menor posibilidad de elegir. Si no nos comprometemos y tratamos de engañar a
Dick Muller podemos estar poniendo en marcha un nuevo giro de la máquina que
destruiría a toda la humanidad... y eso sería aún mas repugnante. Te estoy
pidiendo que hagas una cosa desagradable por buenas razones. Tú no quieres
hacerlo y yo comprendo cómo te sientes; sólo estoy tratando de que entiendas
que tu código moral personal no es siempre el factor más Importante. En tiempo
de guerra, un soldado tira a matar porque el universo le impone esa situación.
Puede ser una guerra injusta y su hermano puede estar a bordo del barco al que
apunta, pero la guerra es real y él tiene su papel.
- ¿Y dónde está
el libre albedrío en su universo mecánico, Charles?
- No lo hay.
Por eso digo que el universo hiede.
- ¿No tenemos
ninguna libertad?
- La libertad
de retorcernos un poco en el anzuelo.
- ¿Se ha
sentido así durante toda su vida?
- Durante la
mayor parte - dijo Boardman.
- ¿Cuando tenía
mi edad?
- Antes.
Rawlings desvió
la mirada.
- Creo que está
completamente equivocado, pero no voy a gastar saliva tratando de convencerle.
Me faltan las palabras. Me faltan los argumentos. Y, de todos modos, no me
escucharía.
- Creo que no,
Ned. Pero podemos discutir eso en otro momento. Digamos, dentro de veinte años.
¿De acuerdo?
Tratando de
sonreír, Rawlings dijo:
- Claro. Si no
he muerto a fuerza de sentirme culpable por esto.
- No morirás.
- ¿Y cómo cree
que podré vivir conmigo mismo después de que haya sacado a Muller de su concha?
- Espera y
verás. Descubrirás que, en el contexto, hiciste lo que debías. O, por lo menos,
lo menos malo. Créeme, Ned. Ahora te parece que tu alma quedará corroída para
siempre por este trabajo, pero no será así.
- Ya veremos -
dijo Rawlings en voz baja.
Boardman
parecía más resbaladizo que nunca cuando se ponía paternal. Rawlings pensó que
morir en el laberinto era la única forma de evitar esas ambigüedades morales, y
cuando se dio cuenta de que estaba pensando eso, borró la idea, horrorizado.
Miró fijamente a la pantalla
- Entremos -
dijo -. Estoy cansado de esperar.
Capitulo V
1
Muller vio cómo
se acercaban, sin comprender por qué se sentía tan tranquilo. Había destruido a
ese robot sí, y después de eso habían dejado de enviar robots. Pero sus
pantallas mostraban a los hombres que acampaban en las zonas exteriores. No
podía ver sus rostros con claridad y no podía ver qué era lo que estaban
haciendo allí. Contó alrededor de una docena; algunos estaban instalados en la
zona E y un grupo algo mayor en F. Muller había visto morir a algunos en las
zonas exteriores.
Disponía de
medios de ataque. Si se lo proponía podía inundar la zona E, gracias al
acueducto. Una vez lo había hecho, por accidente, y la ciudad había tardado
casi un día entero en limpiarlo todo. Recordaba que, durante la inundación, la
zona E había quedado sellada por muros de contención, para evitar que el agua
se desbordara. Si los Intrusos no se ahogaban en el primer momento, seguramente
caerían en alguna de las trampas, a causa de la confusión. Muller también podía
hacer otras cosas para evitar que llegaran a la ciudad interior.
Pero no hizo
nada. Sabía que en el centro de su pasividad estaba el ansia de romper su
aislamiento de tantos años. Por mucho que los odiara, por mucho que los
temiera, por mucho que lo inquietara su intrusión, Muller permitió que los
hombres se fueran aproximando a él. El encuentro era ya inevitable. Sabían que
estaba allí. (¿Sabrían quién era?) Lo hallarían, para su desgracia y para la de
Muller. Sabría si su largo exilio lo habría librado de su aflicción, si
nuevamente era apto para convivir con otros seres humanos. Pero Muller ya sabía
cuál sería la respuesta.
Había pasado
casi un año con los hidranos, y luego, viendo que no estaba obteniendo nada,
entró en su cápsula autopropulsora, se dirigió hacia los cielos y recuperó su
nave, que giraba en órbita. Si los hidranos tenían una mitología, él formaría
parte de ella.
Dentro de la
nave, Muller realizó las operaciones que lo devolverían a la Tierra. Cuando comunicó
su presencia al cerebro de la nave, se vio reflejado en el pulido metal del
banco de datos y se asustó un poco. Los hidranos no usaban espejos. Muller vio
en su cara unas profundas arrugas nuevas que no le preocupaban, y una extraña
expresión en sus ojos que sí le preocupó. «Mis músculos están tensos», se dijo.
Terminó de programar su retorno y fue hacia la cámara médica; allí ordenó una
disminución de cuarenta db en su nivel neutral, junto con un baño caliente y un
masaje completo. Cuado salió sus ojos seguían raros y, además, tenía un tic
facial. Se deshizo del tic con facilidad, pero no pudo hacer nada para mejorar
sus ojos.
«Los ojos no
tienen expresión - dijo Muller - son los párpados los que se la dan. Mis
párpados deben de estar contraídos porque estuve demasiado tiempo con el traje
espacial puesto. Eso es, fueron unos meses muy duros, pero ahora me repondré.»
La nave devoró
energía de la estrella donante que le correspondía. Los rotores de la nave
giraron a lo largo de los ejes de la trayectoria hiperespacial y Muller, junto
con su contenedor de plástico y metal, fue despedido fuera del universo por uno
de los atajos. Aun en la trayectoria hiperespacial se experimenta una cierta
cantidad de pérdida de tiempo absoluto mientras la nave zumba por el surco del
contínuum. Muller leyó, durmió, escuchó música y puso un cubo femenino cuando
la necesidad creció. Se dijo que la rigidez de su expresión facial estaba
desapareciendo, pero que quizá necesitaría una pequeña reforma cuando llegara a
la Tierra. Aquella excursión había agregado algunos años a su aspecto.
No tenía nada
que hacer. La nave salió de la trayectoria hiperespacial con toda puntualidad
dentro de los límites prescritos, a 100.000 kilómetros de la Tierra; varias
luces de colores se encendieron en su tablero de comunicaciones cuando la
estación de tráfico más próxima pidió sus coordenadas. Muller ordenó a la nave
que respondiera.
- Ajuste su
velocidad con la nuestra, señor Muller, y le enviaremos un piloto para que lo
lleve a la Tierra - dijo el controlador de tránsito.
La nave de
Muller se ocupó de eso. La burbuja cobriza de la estación de tránsito se hizo
visible. Flotó delante de Muller durante un tiempo, pero gradualmente, su nave
se adelantó.
- Tenemos un
mensaje de la Tierra para retransmitirle - dijo el controlador -. Es una
llamada de Charles Boardman.
- Adelante -
dijo Muller.
La cara de
Boardman llenó la pantalla. Estaba sonrosado, saludable, bien descansado.
Sonrió y extendió la mano.
- Dick - dijo
-. Dios mío, ¡es estupendo verte de nuevo!
Muller activó
el táctil y puso su mano sobre la muñeca de Boardman a través de la pantalla.
- Hola,
Charles. Una posibilidad entre sesenta y cinco, ¿eh? Bueno, estoy de vuelta.
- ¿Llamo a
Marta?
- Marta - dijo
Muller, pensando durante un momento. Sí. La joven de cabellos azules, caderas
ondulantes y talones afilados -. Sí. llama a Marta. Sería muy agradable que me
recibiera cuando aterrice. Los cubos femeninos no son tan emocionantes.
Boardman soltó
una carcajada tipo «de hombre a hombre». Luego cambió repentinamente de tono y
preguntó:
- ¿Cómo te fue?
- No muy bien.
- Pero
¿estableciste contacto?
- Sí, encontré
a los hidranos. Y no me mataron.
- ¿Eran
hostiles?
- No me
mataron.
- Sí, pero...
- Estoy vivo,
Charles - Muller sintió que el tic empezaba nuevamente -. No aprendí su
lenguaje. No puedo decir si aprobaron mi presencia. Parecían muy interesados.
Me estudiaron de cerca durante mucho tiempo. No dijeron una palabra.
- ¿Qué son?
¿Telépatas?
- No puedo
decírtelo, Charles.
Boardman guardó
silencio durante un rato.
- ¿Qué te han
hecho, Dick?
- Nada.
- Eso no es
cierto.
- Lo que estás
viendo es fatiga de viaje - dijo Muller -. Estoy en buena forma; sólo que me
siento algo nervioso. Quiero respirar aire de verdad y comer carne de verdad y
beber cerveza auténtica y me gustaría tener compañía en la cama; entonces
estaré tan bien como siempre. Y después, quizá te sugiera algunas maneras de
entrar en contacto con los hidranos.
- ¿Cómo está el
amplificador de tu sistema, Dick?
- ¿Qué?
- Tu voz llega
con mucha fuerza - dijo Boardman
- Será la
estación retransmisora. Por Dios, Charles. ¿Qué importancia tiene el
amplificador de mi sistema?
- No estoy
seguro - dijo Boardman -. Estoy tratando de saber por qué me gritas.
- No estoy
gritando - gritó Muller.
Poco después
Interrumpieron el contacto. La estación de tránsito comunicó a Muller que
estaban listos para enviar al piloto. Dispuso la compuerta e hizo entrar al
hombre. El piloto era un joven rubio, con rasgos aquilinos y piel pálida. En
cuanto se quitó el casco, dijo:
- Me llamo Les
Christiansen, señor Muller, y quiero decirle que para mí es un honor y un
privilegio ser el piloto del primer hombre que visitó a una raza
extraterrestre. Espero que no estaré cometiendo una falta de discreción si le
digo que me gustaría que me contara algo mientras descendemos. Quiero decir que
éste es un momento histórico, en cierta forma, ya que soy la primera persona
que lo ve después de su viaje, y si no le parece una indiscreción, le
agradecería que me hablara de... los momentos culminantes... de su... de...
- Supongo que
puedo decirle algunas cosas - dijo Muller afablemente -. En primer lugar, ¿vio
usted el cubo de los hidranos? Sé que iban a exhibirlo y...
- ¿Le Importa
que me siente un momento, señor Muller?
- Claro que no.
Bueno, entonces los vio, esos seres flacos y alargados, con tantos brazos...
- Me siento
confuso - dijo Christiansen -. No sé qué me pasa.
Su cara estaba
roja, súbitamente, y las gotas de sudor brillaban en su frente.
- Creo que me
he puesto enfermo. Yo... esto no tendría que haber sucedido... - El piloto se
derrumbó en una litera de amortiguación y quedó allí, encogido, tembloroso,
cubriéndose la cabeza con las manos. Muller, cuya voz todavía sonaba áspera a
causa de los largos silencios de su misión, dudó, sintiéndose impotente.
Extendió el brazo para coger al piloto por el brazo y guiarlo hasta la cámara
médica. Christiansen se soltó como si lo hubiese tocado un hierro al rojo. El
movimiento le hizo perder el equilibrio y cayó en el piso de la cabina. Se puso
de rodillas y se escurrió por el suelo, hasta que quedó a la mayor distancia
posible de Muller. Preguntó ahogadamente -: ¿Dónde está?
- Allí, en esa
puerta.
Christiansen
corrió hacia allí, cerró la puerta y la sacudió para asegurarse. Muller,
estupefacto, oyó las arcadas y luego algo que se parecía a sollozos. Estaba a
punto de comunicar a la estación de tránsito que el piloto estaba enfermo
cuando la puerta se entreabrió y Christiansen dijo con voz velada:
- ¿Podría
alcanzarme mi casco, señor Muller?
Muller se lo
dio.
- Voy a tener
que volver a la estación, señor Muller.
- Siento mucho
que haya tenido esta reacción. Dios mío, espero no estar contagiando alguna
enfermedad.
- No estoy
enfermo. Es que me siento... horrible. - Christiansen ajustó el casco en su
sitio. - No entiendo. Tengo ganas de acurrucarme y llorar. Por favor, señor
Muller, déjeme partir. Es... yo... quiero decir... ¡es espantoso! ¡Eso es lo
que siento!
Corrió hacia la
compuerta. Desconcertado, Muller lo vio atravesar el vacío hacia la estación de
tránsito.
Fue a la radio.
- Será mejor
que no envíe otro piloto inmediatamente - dijo Muller al controlador -.
Christiansen sufrió un ataque de peste instantánea en cuanto se quitó el casco.
Puedo tener algún microbio. Será mejor comprobarlo.
El controlador
estuvo de acuerdo; parecía preocupado. Pidió a Muller que fuera a la cámara
médica, conectara el diagnosticador y transmitiera su informe. Unos momentos
después la solemne cara color chocolate del médico de la estación apareció en
la pantalla de Muller y dijo:
- Esto es muy
raro, señor Muller.
- ¿Qué es lo
raro?
- He hecho
pasar la transmisión de su diagnosticador por nuestra máquina. No hay síntomas
extraños. También revisé a Christiansen y no pude averiguar nada. Ahora se
encuentra muy bien, según dice. Me dijo que sufrió una depresión aguda en el
momento en que le vio y que se volvió cada vez más fuerte, hasta que llegó a
una especie de parálisis metabólica. Quiero decir que estaba tan deprimido que
ya no funcionaba.
- ¿Está sujeto
a esos ataques?
- No - replicó
el médico -. Nunca. Me gustaría comprobar esto personalmente. ¿Puedo ir a su
nave?
El médico no se
acurrucó llorando como Christiansen. Pero tampoco se quedó mucho tiempo, y
cuando se marchó sus ojos estaban llenos de lágrimas. Parecía tan desconcertado
como Muller. Cuando llegó un nuevo piloto, veinte minutos más tarde, no se
quitó el traje y el casco mientras programaba la nave para un descenso
planetario. Sentado rígidamente ante los controles, dando la espalda a Muller,
actuó como sí éste no estuviera presente y no le dirigió la palabra. Tal como
indicaban las leyes, hizo descender la nave hasta que su sistema de conducción
pudo ser controlado por un regulador de aterrizajes situado en tierra. Luego se
marchó. Muller vio su cara tensa y sudorosa, sus labios apretados. El piloto lo
saludó brevemente con la cabeza y desapareció por la compuerta. «Debo de oler
muy mal - pensó Muller -, si puede olerme a través del casco.»
El aterrizaje
fue rutinario.
En el
astropuerto pasó rápidamente por inmigración. A la tierra sólo le llevó media
hora decidir que era aceptable, y Muller, que había pasado cientos de veces por
estos bancos de datos, supuso que estaba muy cerca del récord Había temido que
el gigantesco diagnosticador del astropuerto descubriera alguna enfermedad que
su propio equipo y el médico de la estación de tránsito no hubiesen podido
encontrar, pero pasó por las entrañas de la máquina, permitiéndole hacer
sondeos sónicos de sus riñones y extraer moléculas de sus varios fluidos corporales,
y, finalmente, emergió sin que sonaran timbres y se encendieran luces de
alarma. Aprobado. Habló con la máquina. «¿De dónde, viajero? ¿Hacia dónde?»
Aprobado. Sus papeles estaban en orden. Una ranura de la pared se ensanchó
hasta transformarse en una puerta y pasó por ella para enfrentarse con seres
humanos, por primera vez desde el aterrizaje.
Boardman había
acudido a recibirle. Marta estaba con él. Boardman estaba enfundado en un
grueso ropaje marrón, adornado con metal opaco; parecía estar cargado de
anillos y sus cejas melancólicas eran tupidas como un musgo tropical. Los
cabellos de Marta eran cortos y verde mar; había plateado sus ojos y dorado la
esbelta columna de su cuello, de modo parecía una estatuilla de sí misma.
Recordándola desnuda y mojada al salir del lago cristalino, Muller no aprobó
esos cambios. No creía que hubiesen sido hechos en beneficio suyo. Sabía que a
Boardman le gustaban las mujeres muy adornadas; era posible que hubiesen
dormido juntos durante su ausencia. Muller se hubiese sorprendido (y no poco)
si no hubiese sido así.
La mano de
Boardman rodeó la muñeca de Muller en un gesto de bienvenida que,
increíblemente, se aflojó en seguida. La mano lo soltó antes de que Muller
pudiera devolver el apretón.
- Me alegro de
verte, Dick - dijo Boardman sin convicción, retrocediendo unos pasos. Sus
mejillas parecieron hundirse, como si estuviera sometido a una fuerte gravedad.
Marta se deslizó entre ellos y se apretó contra él. Muller la abrazó, tocando
sus omóplatos y deslizando rápidamente las manos hasta sus delgadas nalgas. No
la besó. Sus ojos lo encandilaron cuando los miró y sintió que se perdía en una
serie de reflejos. La nariz de Marta se dilató. A través de su piel sintió que
los músculos se contraían. Estaba tratando de liberarse de su abrazo.
- Dick -
murmuró -. He rezado por ti cada noche. No sabes cuánto te he echado de menos.
Marta trataba
de liberarse con más fuerza. El movió las manos hasta sus caderas y las empujó
hacia adelante, con tanta fuerza que pudo imaginar su pelvis cediendo y
flexionándose. Sus piernas temblaban y pensó que si la soltaba se caería. Ella
volvió la cabeza a un lado. El puso su mejilla sobre su delicada oreja.
- Dick -
murmuró ella -, me siento tan rara... estoy tan contenta de verte que me siento
rara por dentro... suéltame, Dick. M estómago está mal...
Sí. Sí. Claro.
La soltó.
Boardman,
sudoroso, nervioso, secó su cara con un pañuelo, se inyectó alguna droga
calmante, se movió intranquilo, se paseaba. Muller nunca lo había visto así
antes.
- Bueno, supongo
que os dejaré solos un rato, ¿eh? - sugirió Boardman; su voz era media octava
más alta que de costumbre -. Este tiempo no me sienta bien, Dick. Hablaré
contigo. Te he reservado habitaciones.
Boardman huyó.
Muller empezó a sentir pánico.
- ¿Adónde vamos?
- preguntó.
- Hay góndolas
de transporte ahí fuera. Tenemos una habitación en el hotel del astropuerto.
¿tienes equipaje?
- Todavía está
en la nave - respondió Muller -. Puede esperar.
Marta se mordía
el labio inferior. La tomó de la mano y fueron en la alfombra hasta las
góndolas de transporte. «Vamos - pensó -. Dime que no te sientes bien. Dime
que, misteriosamente, has enfermado en los últimos diez minutos.»
- ¿Por qué te
cortaste los cabellos? - preguntó.
- Es una
prerrogativa femenina. ¿No te gusto así?
- No tanto -
entraron en la góndola -. Más largos y más azules eran como el mar en un día de
tormenta.
La góndola se
puso en marcha en medio de una nube de mercurio. Ella se mantenía apartada,
pegada a la portezuela.
- Y el
maquillaje tampoco. Lo siento mucho, Marta; ojalá me gustara.
- Me había
embellecido para recibirte.
- ¿Por qué te
haces eso en el labio?
- ¿Que estoy
haciendo?
- Nada - dijo
él -. Aquí estamos. ¿La habitación está reservada?
- Sí; a tu
nombre.
Entraron. El
puso su mano sobre la placa de inscripción, que lanzó un destello verde, y se
dirigieron al ascensor. El hotel comenzaba en el quinto subnivel del
astropuerto y tenía cincuenta subniveles más; su habitación estaba casi en el
fondo. El mejor emplazamiento, pensó él; quizá fuera la suite nupcial. Entraron
en una habitación provista de cortinajes caleidoscópicos y una amplia cama con
toda clase de accesorios. El resplandor que iluminaba el cuarto era
sugestivamente tenue. Muller pensó en sus meses de cubos femeninos y sintió
una, salvaje palpitación en las ingles. Sabía que no era necesario explicar
nada a Marta. Ella entró en el cuarto personal y se quedó allí durante un largo
rato. Muller se desvistió.
Cuando salió,
estaba desnuda. Todo el maquillaje había desaparecido y sus cabellos habían
vuelto a ser azules.
- Como el mar -
dijo -. Siento no haber podido hacerlos crecer. El cuarto no está programado
para eso.
- Te queda
mucho mejor así - dijo él.
Estaban a diez
metros de distancia. Marta estaba de perfil y él estudió los contornos de sus
formas frágiles y fuertes, los pechos que se curvaban hacia arriba, las nalgas
de muchachito, las elegantes caderas.
- Los hidranos
- dijo - tienen o cinco sexos o ninguno. No estoy seguro. Eso te dará una Idea
de lo poco que pude saber acerca de ellos mientras estaba allí. Pero, lo hagan
como lo hagan, estoy seguro que los humanos se divierten más. ¿Por qué te
quedas ahí?
En silencio,
Marta se acercó a él. Muller la tomó por los hombros y ahuecó la mano sobre uno
de sus pechos. En otras ocasiones, cuando hacía eso, sentía el pezón, duro como
una piedra a causa del deseo. Ahora, no. Ella tembló como una yegua asustada a
punto de desbocarse. La besó y los labios de la joven estaban secos, apretados,
hostiles. Cuando acarició la delicada línea de su mandíbula, pareció
estremecerse. La impulsó hacia abajo y quedaron sentados juntos en la cama. La
mano de Marta lo tocó, como sin ganas.
El vio el
sufrimiento en sus ojos.
Ella se apartó
de él, golpeando la cabeza con fuerza contra la almohada y él vio como se
contraía su cara a causa de un dolor que era casi imposible de disimular. Luego
lo tomó de las manos y tiró acercándole a ella. Levantó las rodillas y separó
los muslos.
- Tómame, Dick
- dijo con tono teatral -. ¡Ahora mismo!
- ¿Por qué
tanta prisa?
Ella trató de
obligarle a ponerse sobre ella, dentro de ella. Pero Muller no quería hacerlo
de esa forma; se soltó y se sentó. La chica estaba roja y había lágrimas en su
cara. El sabía ya todo lo que tenía que saber, pero no pudo menos que
preguntar.
- Dime qué
sucede, Marta.
- No lo sé.
- Actúas como
si te sintieras mal.
- Creo que me
siento mal.
- ¿Cuándo
empezaste a sentirte así?
- Yo..., oh,
Dick, ¿por qué tantas preguntas? Por favor, querido, ven aquí.
- Tú no quieres
eso. En realidad no. Estás siendo bondadosa.
- Estoy
tratando de hacerte feliz, Dick. Duele..., duele tanto...
- ¿Qué es lo
que duele?
Ella no quiso
responder. Con un ademán lascivo, tiró de él nuevamente. Muller se alejó de la
cama.
- Dick, Dick,
¡te advertí que no fueras! Te dije que podía ver un poco del futuro. Y que,
además de morir, te podían pasar otras cosas.
- Dime qué es
lo que te hace daño.
- No puedo. No
lo sé.
- Estás
mintiendo. ¿Cuándo empezó?
- Esta mañana
cuando desperté.
- Esa es otra
mentira. ¡Quiero saber la verdad!
- Hazme el
amor, Dick. No puedo seguir esperando. Yo...
- Tú ¿qué?
- No puedo...
soportar...
- ¿Qué es lo
que no puedes soportar?
- Nada, nada. -
Ella también se había levantado y se restregaba contra él como una gata en
celo, temblando. Los músculos de su cara se contraían y sus ojos tenían una
mirada extraviada.
Muller la cogió
por las muñecas y las apretó.
- Dime qué es
lo que no puedes soportar, Marta. Ella emitió un sonido entrecortado. El apretó
más fuerte. Ella se echó hacia atrás, la cabeza colgante, los pechos apuntando
hacia el cielo raso. Su cuerpo brillaba de sudor. Su desnudez lo irritaba y lo
excitaba.
- Dímelo. No
puedes soportar...
- Estar cerca
de ti.
Capítulo VI
1
Dentro del
laberinto el aire parecía un poco más cálido y suave. «Seguramente los muros
detienen el viento», pensó Rawlings. Andaba con cuidado, oyendo la voz que
murmuraba en su oído:
«Gire a la
izquierda... tres pasos... ponga el pie derecho junto a la franja negra que hay
en el suelo gire a la izquierda cuatro pasos gire noventa grados a la derecha
gire de nuevo noventa grados a la derecha.»
Era como un
juego de niños; si pisas la raya, pierdes. Sólo que el riesgo era mayor. Se
movía cautelosamente, sintiendo que la muerte arañaba sus tobillos. ¿Qué clase
de gente habría construido aquel lugar? Delante de él, un chorro de energía
brotó en medio de la senda. El ordenador midió el tiempo. «Uno, dos, tres,
cuatro, cinco, ¡adelante!» Rawlings avanzó.
A salvo.
Al otro lado se
detuvo, resuelto, y miró hacia atrás. Boardman no perdía terreno; la edad no lo
había vuelto lento. Boardman saludó agitando el brazo y sonrió. Avanzó,
siguiendo las indicaciones. «Uno, dos, tres, cuatro, cinco, ¡adelante!»
Boardman atravesó el lugar del chorro de energía.
- ¿Quiere
detenerse aquí un momento? - preguntó Rawlings.
- No trates al
viejecito con condescendencia, Ned. Sigue adelante. Aún no me he cansado.
- Nos espera un
avance muy difícil
- Bueno;
hagámoslo, entonces.
Rawlings no
podía dejar de mirar los huesos, esqueletos resecos, muy antiguos, y algunos cuerpos
que no eran nada viejos.
«¿Y si dentro
de diez minutos estoy muerto?» Ahora había unas luces brillantes que se
encendían y se apagaban muchas veces por segundo. Boardman, cinco metros más
atrás, se transformó en una figura irreal que se movía dando pasos
incoherentes. Rawlings se pasó la mano por la cara, tratando de ver los
espasmódicos movimientos. Era como si una fracción de cada segundo hubiese sido
suprimida de su conciencia.
El ordenador le
dijo: «Camine diez pasos y deténgase. Uno. Dos. Tres. Camine diez pasos y
deténgase. Uno. Dos. Tres. Siga rápidamente hasta el final de la rampa.»
Rawlings no
recordaba qué le sucedería si no medía el tiempo con precisión. En la zona H,
las pesadillas eran tan espantosas que no había podido fijarlas en su mente.
¿Era aquél el lugar donde una tonelada de roca caía sobre los descuidados? ¿El
lugar donde se juntaban las paredes? ¿Donde un elegante puente que no existía
dejaba caer a sus víctimas en un lago de ácido?
Su esperanza de
vida, en aquel momento, era de unos doscientos cinco años. Quería aprovechar
esos años. «Soy demasiado poco complicado para morir», pensó Ned Rawlings.
Bailó a los
sones de la melodía del ordenador, atravesó el lago de fuego, las paredes que
se juntaban.
2
Algo que tenía
unos dientes muy largos estaba encaramado en el dintel de una puerta.
Cuidadosamente, Charles Boardman saco la pistola de su mochila y conectó el
buscador de blancos próximos. Lo programó para treinta kilos de peso y una
distancia de cincuenta metros.
- Ya lo tengo -
dijo a Rawlings -. y disparó.
El bólido de
energía se estrelló contra la pared. Unas trémulas listas verdes brotaron junto
al rojo profundo. La bestia saltó, con las patas estiradas en una agonía
definitiva, y cayó. Unos animalitos pequeños de los que se alimentan de carroña
aparecieron y comenzaron a desgarrarlo.
Boardman soltó
una carcajada. Tenía que admitir que no hacía falta mucha habilidad para cazar
con aquellas armas programadas. Pero hacía mucho tiempo que no cazaba. Cuando
tenía treinta años había pasado una larga semana en la reserva del Sahara; era
el miembro más joven de un grupo de ocho hombres de negocios y asesores del
gobierno. Había participado en la cacería por la utilidad política del viaje.
No le había gustado nada: ni el aire húmedo en su nariz, ni el brillo del sol,
ni las bestias de color pardo muertas sobre la arena, ni las jactancias, ni la
inútil carnicería. A los treinta años, uno no es muy tolerante con los
irresponsables deportes de la gente madura. Pero se había quedado porque pensó
que su amistad con esos hombres podía serle útil. Y había sido útil. Nunca más
había cazado. Pero esto era diferente, aun con buscadores de blancos. Esto no
era deporte.
3
Las imágenes
jugaban en una pantalla dorada sujeta a una pared en el extremo interno de la
zona H. Rawlings vio cómo el rostro de su padre tomaba forma, se unía con otro
dibujo de barras y cruces y se incendiaba. La pantalla se alimentaba del
exterior; mostraba lo que había en el ojo que la miraba. Los robots, al pasar
por allí, no habían visto más que una pantalla lisa. Rawlings vio aparecer el
rostro de una chica. Maribeth Chambers, dieciséis años, estudiante del colegio
de Nuestra Señora de la Merced, Rockford, Ilinois. Maribeth Chambers sonrió
tímidamente y empezó a quitarse la ropa. Sus cabellos eran sedosos y suaves
como una nube de oro; sus ojos, azules, y sus labios, redondeados y húmedos.
Desenganchó su controlador de pecho y reveló dos globos blancos, firmes y
erguidos, coronados por puntas del color de las llamas. Eran altos y estaban
juntos, como si la gravedad no los afectara, y el valle que había entre ambos
tenía quince centímetros de profundidad y un milímetro de anchura. Maribeth
Chambers se sonrojó y descubrió la parte inferior de su cuerpo. Llevaba unos
granates en los hoyuelos que se formaban justo encima de sus nalgas rosadas. Un
crucifijo de marfil colgaba de una cadena dorada que rodeaba sus caderas.
Rawlings trató de no mirar la pantalla. El ordenador dirigía sus pasos; avanzó,
obediente, arrastrando los pies.
- Soy la
Resurrección y la Vida - dijo Maribeth Chambers con voz sensual y apasionada.
Le llamó con la
punta de tres dedos. Le hizo un guiño íntimo. Canturreó dulces obscenidades.
- ¡Vuelve aquí,
guapo! Verás cómo te haré pasar un buen rato...
Maribeth rió.
Se retorció. Levantó los hombros y sacudió sus pechos como si fueran campanas
doblando.
Su piel se
volvió verde oscuro y su ojos se deslizaron por la cara. Su labio inferior se
estiró, como una pala. Sus caderas empezaron a derretirse. Unos dibujos ígneos
danzaron en la pantalla. Rawlings oyó unos acordes profundos y vibrantes que
provenían de un órgano invisible. Escuchó el susurro del cerebro que le guiaba
y pasó frente a la pantalla sin sufrir daños.
4
La pantalla
mostraba dibujos abstractos: una geometría de poder, rígidas líneas que
avanzaban y figuras inmóviles. Charles Boardman se detuvo un momento, para
admirarlas. Luego, siguió adelante.
5
Un bosque de
cuchillos que giraban, cerca del borde interno de la zona H.
6
El calor se
volvió extrañamente Intenso. Había que caminar de puntillas sobre el pavimento.
Eso era inquietante, porque ninguno de los que habían pasado por allí lo había
experimentado. ¿Acaso el camino variaba? La ciudad, ¿podría crear variantes?
¿Cuánto subiría la temperatura? ¿Dónde terminaría la zona cálida? Luego, ¿haría
frío? ¿Llegarían vivos a la zona E? ¿Estaría Richard Muller haciendo esto para
detenerles?
7
«Quizá ha
reconocido a Boardman y está tratando de matarle. Es una posibilidad. Muller
tiene todas las razones para odiar a Boardman y no ha tenido la oportunidad de
ser sometido a un ajuste social Quizá debería moverme más velozmente y dejar
más espacio entre Boardman y yo. Me parece que hace más calor. Pero, por otra
parte, él me acusaría de cobarde. Y desleal.
»Maribeth
Chambers nunca hubiera hecho esas cosas.
»¿Las monjas
siguen afeitándose la cabeza?»
8
A Boardman le
pareció que la pantalla distorsionadora de la zona G era quizá lo peor de todo.
Los peligros no le atemorizaban; Marshall era el único que no había podido
sobrevivir a la pantalla. Lo que le inspiraba temor era entrar en un lugar
donde los datos de sus sentidos no corresponderían al universo real. Boardman
dependía de sus sentidos; ya iba por su tercer juego de retinas. No se puede
hacer una buena evaluación del universo si no se tiene la seguridad de verlo
con claridad.
Ahora estaba
dentro del campo de la pantalla de distorsión.
Las líneas
paralelas se juntaban. Las figuras triangulares pintadas en las paredes húmedas
y temblorosas tenían todos los ángulos obtusos. Un río corría de lado a través
del valle. Las estrellas estaban muy cerca y las lunas giraban unas alrededor
de otras.
«Lo que debemos
hacer ahora es cerrar los ojos, para no ser engañados.»
«Pie izquierdo.
Pie derecho. Pie izquierdo. Pie derecho. Muévase ligeramente hacia la
izquierda..., deslice su pie. Más. Más. Un poco más. Retroceda hacia la
derecha. Así. Eche a andar de nuevo.»
La fruta
prohibida lo tentaba. Toda su vida se había esforzado por ver con claridad. El
atractivo de la distorsión era irresistible. Boardman se detuvo apoyándose con
firmeza en los dos pies. «Si quieres salir vivo de esto - se dijo -, mantendrás
los ojos cerrados. Si abres los ojos te confundirás y morirás. No tienes
derecho a morir como un tonto, después de que tantos hombres lucharon tan
duramente para enseñarte la forma de sobrevivir.»
Boardman se
mantuvo inmóvil. La voz silenciosa del ordenador intentó aguijonearlo, sonando
como una avispa.
- Espera - dijo
Boardman en voz baja -. Si no me muevo puedo echar un vistazo. Lo Importante es
eso: no moverse. Si no te mueves no puedes meterte en líos.
El cerebro de
la nave le recordó el géiser de llamas que había causado la muerte de Marshall.
Boardman abrió
los ojos.
Se cuidó de no
moverse. A su alrededor vio la negación de la geometría. Era como el Interior
de la botella de Klein, mirando hacia afuera. El rechazo se levantó en su
interior como una columna vertebral.
«Tienes ochenta
años y sabes qué aspecto debe tener el universo. Ahora cierra los ojos,
Charles. Cierra los ojos y sigue andando. Estás corriendo riesgos
innecesarios.»
Primero buscó a
Ned Rawlings. El chico estaba veinte metros más adelante, arrastrándose
lentamente frente a la pantalla. ¿Con los ojos cerrados? Miró. Los dos. Ned era
un chico obediente. O asustado. «Quiere sobrevivir a esto y prefiere no saber
cómo es el universo visto en una pantalla de distorsión. Me hubiera gustado
tener un hijo como él. Pero a estas alturas le hubiera modificado.»
Boardman empezó
a levantar la pierna derecha, pero se contuvo y volvió a apoyarla. Ante él unas
pulsaciones de luz dorada saltaban en el aire tomando ahora la forma de un
cisne, ahora la de un árbol. El hombro Izquierdo de Ned Rawlings estaba
demasiado alto. Su espalda tenía una joroba. Una de sus piernas se movía hacia
adelante y la otra hacia atrás. A través de nieblas doradas, Boardman vio el
cadáver de Marshall clavado en la pared. En Lemnos, ¿no habría bacterias? los
ojos de Marshall estaban muy abiertos. Mirando esos ojos, Boardman vio su
propio reflejo curvado. Sin nariz, sin boca. Cerró los ojos.
El ordenador le
dijo que avanzara.
9
Un mar de
sangre. Una copa de linfa.
10
Morir sin haber
amado...
11
Esta es la
entrada de la zona F. Estoy abandonando otro reino de la muerte. ¿Dónde está tú
pasaporte? ¿Necesito un visado? No tengo nada que declarar. Nada. Nada. Nada.»
3
Un viento frío
que sopla desde el...
7
«Los muchachos
que están acampados en F iban a venir a recibirnos y a conducimos hasta allí.
Espero que no se molesten. Podemos hacerlo sin necesidad de ellos. Tenemos que
sobrepasar la pantalla y luego ya está.»
5
«He soñado tan
a menudo con este camino. Y ahora lo odio, aunque es hermoso. No hay más
remedio que reconocerlo: es hermoso. Y probablemente parece más hermoso aún
justo antes de matarte.»
«Los muslos de
Maribeth tienen bultitos en la carne. Antes de cumplir treinta años será una
gorda.»
10
«Uno hace toda
clase de cosas en una carrera. Podría haberme detenido hace mucho. Nunca he
leído a Rousseau. Nunca tuve tiempo para Donne. No sé nada de Kant. Si vivo,
los leeré. Hago esta promesa sano de cuerpo y alma, a los ochenta años de edad,
yo Ned Rawlings leeré yo Richard Muller lo haré yo yo yo leeré yo Charles
Boardman.»
13
14
Al otro lado de
la entrada, Rawlings se detuvo en seco y preguntó al ordenador si podía ponerse
en cuclillas y descansar un poco. El cerebro dijo que sí. Cuidadosamente,
Rawlings se agachó, se balanceó un momento sobre los talones y apoyó una
rodilla sobre el fresco pavimento de piedra. Miró hacia atrás. Detrás de él,
unos bloques de piedra colosales, unidos sin cemento y perfectamente ajustados,
formaban un montón de cincuenta metros de altura, franqueando una abertura alta
y estrecha por donde pasaba en ese momento Charles Boardman. Boardman parecía
sudoroso y aturdido; eso le resultó fascinante a Rawlings. Nunca le había visto
perder su aire de complacencia antes. Pero antes nunca habían entrado en el
laberinto.
Rawlings
tampoco se sentía muy bien. Había venenos metabólicos hirviendo en los tubos y
canales de su cuerpo. Estaba tan empapado por el sudor que sus ropas trabajaban
horas extra para extraerlo, destilando la humedad y volatilizando el substrato
de componentes químicos. Era demasiado pronto para alegrarse. Brewster había
muerto allí, en la zona F, pensando que sus problemas habían terminado después
de sortear los peligros de G. Bueno; habían terminado.
- ¿Descansando?
- preguntó Boardman. Su voz parecía débil y fuera de tono.
- ¿Por qué no?
He trabajado muy duro, Charles. - Rawlings sonrió de manera poco convincente -.
Usted también. El ordenador dice que podemos quedamos aquí un rato. Le haré
sitio.
Boardman se
puso a su lado y se agachó. Rawlings tuvo que sostenerle mientras se balanceaba
antes de arrodillarse.
- Muller entró
solo por aquí y lo consiguió - dijo Rawlings.
- Muller
siempre fue un hombre extraño.
- ¿Cómo cree
que lo habrá hecho?
- ¿Por qué no
se lo preguntas a él?
- Pienso
hacerlo - dijo Rawlings -. Quizá mañana esta hora, estaré hablando con él.
- Ahora
tendríamos que seguir andando.
- Como quiera.
- Pronto
vendrán a recibimos. Ya deben de tener imágenes nuestras. Debemos de estar
apareciendo en sus detectores de masa. Arriba, Ned. Arriba.
Se pusieron de
pie. Una vez más, Rawlings tomó la delantera.
En la zona F
las cosas eran menos desordenadas, pero también menos atractivas. El tono que
prevalecía en la arquitectura era regular, con una línea confusa que generaba
una tensión, como un grupo de objetos mal ordenados. Aunque sabía que allí
había menos trampas, Rawlings seguía teniendo la sensación de que la tierra
podía abrirse bajo sus pies en cualquier momento. Allí el aire era más fresco;
tenía el mismo gusto cortante que el aire de la llanura abierta. En cada una de
las esquinas se levantaban enormes tubos de cemento en los que crecían plantas
plumosas y dentadas.
- ¿Qué parte le
ha parecido la peor, hasta ahora? - preguntó Rawlings.
- La pantalla
de distorsión - respondió Boardman.
- Eso no fue
tan malo, a menos que uno se sienta raro andando por un lugar peligroso con los
ojos cerrados. ¿Sabe? Uno de esos tigres pequeñitos podría haber saltado sobre
nosotros y no nos hubiésemos enterado hasta sentir sus dientes.
- Yo miré un
poco - dijo Boardman.
- ¿En la zona
distorsionada?
- Sólo un
momento. No pude resistirlo, Ned. No trataré de describir lo que vi, pero fue
una de las experiencias más extrañas de mi vida.
Rawlings
sonrió. Hubiese querido felicitar a Boardman por haber hecho algo tonto,
peligroso y humano, pero no se atrevió. Dijo:
- ¿Qué hizo?
¿Se quedó quieto, miró y luego siguió andando? ¿Corrió algún peligro serio?
- Una vez. Me
distraje y empecé a dar un paso, pero no seguí. Mantuve los pies inmóviles y
miré a mi alrededor.
- Quizá lo
intente, cuando salgamos - dijo Rawlings -. Una miradita no me hará daño.
- ¿Cómo sabes
que la pantalla actúa en la dirección opuesta?
Rawlings
frunció el ceño.
- Nunca lo
pensé. Todavía no hemos intentado salir del laberinto. ¿Y si la salida es
completamente distinta? No tenemos diagramas en esa dirección. ¿Y si nos atrapa
al salir?
- Usaremos las
sondas de nuevo - dijo Boardman -. No te preocupes por eso. Cuando estemos
listos para salir, traeremos unas cuantas sondas al campamento de la zona F y
revisaremos el camino de la misma manera que cuando entramos.
Después de un
momento, Rawlings dijo:
- De todos
modos, ¿por qué tendría que haber trampas en el camino de salida? Eso
significaría que los constructores del laberinto estaban encerrándose, además
de cerrando el paso a los enemigos. ¿Por qué iban a hacer eso?
- ¡Quién sabe,
Ned! Eran extraños.
- Sí. Extraños.
15
Boardman
recordó que la charla no estaba completa. Trató de ser afable; eran camaradas
que afrontaban un peligro.
- ¿Cuál ha sido
la peor parte para ti? - preguntó.
- La otra
pantalla, la más alejada - dijo Rawlings -. La que refleja todas las cosas
bajas e inmundas que hay dentro de la mente de uno.
- ¿Qué pantalla
es ésa?
- Está a la
entrada de la zona H. Es una pantalla dorada que está sujeta a la pared por
listones de metal. La miré y durante un par de segundos vi a mi padre. Luego vi
a una chica que conocía, una chica que se hizo monja. En la pantalla, se quitó
la ropa. Supongo que eso quiere decir algo acerca de mi subconsciente, ¿eh? Un
pozo de víboras. ¿Y quién no?
- Yo no ví nada
de eso.
- No puede
haberla pasado por alto. Estaba..., bueno, a unos cincuenta metros del sitio en
que usted mató el primer animal. Un poco a la izquierda, a la mitad de la
altura de la pared, una pantalla rectangular (en realidad era trapezoidal), con
bordes de metal brillante y colores que se mueven y formas...
- Sí; eso es.
Formas geométricas.
- Yo vi a
Maribeth desvistiéndose - dijo Rawlings, que parecía desconcertado -. ¿Y usted
vio formas geométricas?
16
La zona F
también podía ser letal. Una pequeña burbuja irisada se abrió en el suelo y un
torrente de bolitas centelleantes salieron rodando. Corrían hacia Rawlings. Se
movían con la maligna decisión de un torrente de hormigas hambrientas. Picaban
como aguijones. Pisó una buena cantidad, pero a causa de su irritación y su
fervor, casi se acercó demasiado a una luz azul que destelló súbitamente. Pateó
tres bolitas hacia la luz y se disolvieron.
17
Boardman ya
estaba hasta la punta de los pelos.
18
El tiempo que
había transcurrido desde su entrada en el laberinto era sólo de una hora y
cuarenta y ocho minutos, aunque pareciera mucho más. La ruta que atravesaba la
zona F conducía a una habitación de paredes color rosa, donde unos chorros de
vapor surgían de aberturas ocultas. En el extremo más alejado de la habitación
había una ranura irisada. Y si no se pasaba por ella en el momento justo, uno
era aplastado. La ranura daba acceso a un pasaje largo, cubierto por una bóveda
baja, opresivamente caliente y estrecho, cuyas paredes eran color rojo sangre y
latían de una forma muy desagradable. Más allá del pasaje había una plaza en la
que seis láminas de metal blanco se mantenían en equilibrio sobre un extremo,
como espadas que aguardaran. Una fuente arrojaba un chorro de agua a cien
metros de altura. Flanqueando la plaza había tres torres con muchas ventanas, todas
de diferentes tamaños. Unos reflectores prismáticos proyectaban luces contra
las ventanas. Ninguna ventana estaba rota. En los escalones de una de las
torres yacía el esqueleto articulado de una criatura que medita cerca de diez
metros. La burbuja de lo que, indudablemente, había sido un casco espacial
cubría su cráneo.
19
Alton,
Antonelli, Cameron, Greenfield y Stein constituían el campamento de la zona F,
la base auxiliar del grupo que Iba a la vanguardia. Antonelli y Stein
retrocedieron hasta la plaza que había en el medio de F y encontraron allí a
Rawlings y Boardman.
- Es sólo un
trecho - dijo Stein -. ¿No quiere descansar unos minutos, señor Boardman?
Boardman le
miró ceñudo. Siguieron avanzando.
- Davis,
Ottavio y Reynolds pasaron a E esta mañana, cuando Alton, Cameron y Greenfield
llegaron aquí - dijo Antonelli -. Petrocelli y Walker están haciendo un
reconocimiento en el borde interno de E y mirando un poco hacia D. Dicen que
tiene mucho mejor aspecto.
- Si entran,
les haré desollar - dijo Boardman.
Antonelli
sonrió preocupado.
La base
auxiliar consistía en un par de cúpulas de metal, instaladas una junto a otra
en un pequeño espacio abierto, junto a un jardín. El lugar había sido revisado
a fondo y suponían que no habría sorpresas desagradables. Rawlings entró en una
de las cúpulas y se quitó los zapatos. Cameron le alcanzó un limpiador.
Greenfield le dio un paquete de comida. Rawlings se sentía Incómodo entre
aquellos hombres. No habían tenido las oportunidades que la vida le había
proporcionado a él. No habían recibido una buena educación. No vivirían tanto
como él, aun si podían evitar los peligros a que estaban expuestos. Ninguno de
ellos tenía cabellos rubios, ni ojos azules, y posiblemente carecían de los
medios necesarios para pagarse una reforma que les proporcionara esos
atributos. Y sin embargo, parecían contentos. Quizá era porque nunca habían
tenido que detenerse a considerar las implicaciones morales de atraer a Richard
Muller fuera del laberinto.
Boardman entró
en la cúpula. Rawlings estaba asombrado; el anciano era incansable. Boardman
dijo, riendo:
- Díganle al
capitán Hosteen que perdió su apuesta. Hemos llegado.
- ¿Qué apuesta?
- preguntó Antonelli.
- Creemos que,
de algún modo, Muller debe de estar rastreándonos - dijo Greenfield -. Sus
movimientos son muy regulares. Ahora está en el cuadrante posterior de la zona
A, en el lugar más apartado de la entrada... Si es que ésa es la entrada que
usa... y se desplaza en un pequeño arco con respecto a la patrulla que avanza.
- Hosteen apostó
tres a uno a que no llegaríamos aquí; yo lo oí - dijo Boardman -. ¿Cree que
Muller puede estar usando algún tipo de sistema de observación?
- Es bastante
posible.
- ¿Que sirva
para ver caras?
- Quizá, por
momentos. No podemos estar seguros. Ha tenido mucho tiempo para aprender a usar
este laberinto, señor.
- Si ve mi cara
podemos irnos a casa - dijo Boardman -. Nunca pensé que podría estar
observándonos. ¿Quién tiene los termoplásticos? Necesito una cara nueva. Y
rápido.
20
No intentó dar
explicaciones. Pero, cuando terminó, tenía una nariz larga y puntiaguda, labios
finos y curvados hacia abajo y un mentón de bruja. No era un rostro atractivo.
Pero tampoco era el rostro de Charles Boardman.
21
Después de una
noche de sueño intranquilo, Rawlings se preparó para seguir hasta el campamento
de la zona E. Boardman no iría con él, pero estarían permanentemente en
contacto directo. Boardman vería lo que viera Rawlings y podría darle
instrucciones en voz baja.
La mañana era
seca y ventosa. Probaron los circuitos de comunicación. Rawlings salió de la
cúpula y se alejó diez pasos. Iba solo, hacia dentro y contemplando el brillo
anaranjado de la luz del día en los muros aporcelanados y picados por la
viruela que había ante él. Los muros parecían de un negro profundo, recortados
contra el verde lustroso del cielo.
Boardman dijo:
- Levanta la
mano derecha si me oyes, Ned. Rawlings levantó la mano derecha - Ahora háblame.
- ¿Dónde dijo
que había nacido Richard Muller?
- En la Tierra.
Te oigo muy bien.
- ¿En qué parte
de la Tierra?
- En algún
lugar del Directorio Norteamericano.
- Yo soy de
allí - dijo Rawlings.
- Sí, lo sé.
Creo que Muller es de la zona occidental del continente, pero no estoy seguro.
He pasado poco tiempo en la Tierra y no recuerdo bien la geografía. Si es
importante, puedo hacer que la nave lo averigüe.
- Más adelante
- dijo Rawlings -. ¿Me pongo en marcha?
- Primero
escúchame. Hemos estado muy ocupados entrando en este sitio y no quiero que
olvides que todo lo que hemos hecho hasta este momento son los preliminares de
nuestro verdadero propósito. Estamos aquí por Muller; recuérdalo.
- ¿Cómo voy a
olvidarlo?
- Hemos estado
preocupados por problemas de supervivencia personal y eso puede distorsionar tu
perspectiva: personal, ¿vivirás o morirás? Ahora debernos usar un criterio más
amplio. Lo que tiene Richard Muller, sea un don o un castigo, es de un enorme
valor potencial, y tu trabajo consiste en poder usarlo. El destino de las
galaxias depende de lo que suceda entre vosotros dos en los próximos días, las
eras cambiarán. Billones de personas que aún no han nacido verán alteradas sus
vidas para bien o para mal por lo que va a pasar.
- Suena
completamente serio, Charles.
- Hablo
completamente en serio. A veces llega un momento en que toda la palabrería hinchada,
tonta y retórica quiere decir algo; éste es uno de esos momentos. Estás en una
encrucijada de la historia galáctica. Y por esa razón, Ned, vas a entrar allí y
a mentir y a engañar y a cometer perjurio, y supongo que tu conciencia quedará
muy dolorida por un tiempo y te despreciarás a ti mismo de forma exagerada,
pero finalmente te darás cuenta de que hiciste algo heroico. Hemos terminado de
comprobar tu equipo de comunicaciones. Vuelve aquí y te prepararemos para la
partida.
22
Esta vez anduvo
solo por poco tiempo. Stein y Alton le acompañaron hasta la entrada de la zona
E. No hubo incidentes. Le señalaron la dirección correcta y atravesó una rueda
que giraba despidiendo una lluvia de fulgurantes chispas azules para entrar en
la austera zona funeral que había luego. Mientras trepaba por la empinada rampa
de la entrada, vio un alvéolo montado en una enhiesta columna de piedra. Dentro
de la oscuridad del alvéolo había una cosa móvil y brillante que podía haber
sido un ojo.
- Creo que he
encontrado una pieza del sistema de vigilancia de Muller - informó Rawlings -.
En la pared hay una cosa que me mira.
- Rocíala con
tu pulverizador - sugirió Boardman.
- Creo que eso
le parecería una acción hostil. ¿Por qué iba a mutilar un objeto así? Soy un
arqueólogo.
- SI; tienes
razón sigue adelante.
La zona E tenía
un aire menos amenazador. Estaba compuesta por edificios bajos, largos y muy
apretados que parecían un grupo de tortugas aburridas. Rawlings distinguía una
topografía distinta a lo lejos: muros altos y una torre brillante. Cada una de
las zonas era tan diferente de las demás que empezó a pensar que debían de
haber sido construidas en épocas diferentes: un núcleo de sectores
residenciales y luego un gradual aumento de anillos exteriores cargados de
trampas, a medida que los enemigos se volvían más molestos. Era la clase de
idea que se le puede ocurrir a un arqueólogo; la archivó para su uso futuro.
Hizo un poco de
camino y vio la figura sombría de Walker que venía hacia él. Walker era
delgado, hosco, frío. Sabía que se había casado varias veces con la misma
mujer. Tenía unos cuarenta años; era un profesional.
- Me alegro de
verle, Rawlings. Tenga cuidado allí, a su izquierda. Esa pared gira.
- ¿Todo bien
aquí?
- Más o menos,
Perdimos a Petrocelli, hace una hora.
Rawlings se
puso rígido.
- ¡Pero se
supone que esta zona es segura!
- No lo es. Es
más peligrosa que F, y casi tan mala como G. la subestimamos no usábamos las
sondas. En realidad, no hay razones para que las zonas sean cada vez más
seguras a medida que se acercan al centro, ¿verdad? Esta es una de las peores.
- Para
calmarnos - dijo Rawlings - una falsa noción de seguridad.
- Seguro.
Ahora, venga. Sígame y no utilice mucho su cerebro. Aquí la originalidad no
tiene mucho valor. O se sigue el sendero o no se llega a ninguna parte.
Rawlings le
siguió. No vio ningún peligro evidente, pero saltó donde Walker saltaba y se
desvió donde Walker se desviaba. No mucho más lejos estaba el campamento de
avanzada. Allí encontró a Davis, Ottavio y Reynolds, y también la parte
superior de Petrocelli.
- Estamos
esperando órdenes para enterrarlo... - dijo Ottavio. Por debajo de la cintura
no quedaba nada -. Pero apuesto a que Hosteen nos dirá que le llevemos fuera.
- Cúbranle, por
lo menos - respondió Rawlings.
- ¿Va a entrar
en D hoy? - preguntó Walker.
- Sí.
- Le diremos
qué debe evitar. Es una trampa nueva. Allí fué donde murió Petrocelli, muy
cerca de la entrada a D. estaría a unos cinco metros. Pisó algún tipo de campo
y te corta en dos. Los robots no lo pisaron.
- ¿Y si corta
en dos a todo lo que pasa por allí menos a las sondas? - preguntó Rawlings.
- No cortó a
Muller - dijo Walker -. Y no le cortará a usted si le da la vuelta. Le
mostraremos cómo hacerlo.
- ¿Y después?
- Eso es cosa
suya.
23
- Si estás
fatigado quédate allí toda la noche - dijo Boardman
- Prefiero
seguir adelante.
- Tendrás que
hacerlo solo, Ned. ¿Por qué no descansas?
- Pida al
cerebro una lectura mía. Vea qué nivel de fatiga tengo. Yo estoy listo para
continuar.
Boardman lo
comprobó. Estaban haciendo una telemetría completa de Rawlings: sabían el ritmo
de su pulso, de su respiración, su nivel hormonal y muchas cosas más, muy
íntimas. El ordenador no encontró razones para que Rawlings no continuara
inmediatamente.
- Muy bien -
dijo Boardman -. Adelante.
- Estoy a punto
de entrar en la zona D, Charles. Aquí fue donde murió Petrocelli. Allí está la
línea donde se tropieza, muy sutil, muy bien oculta. Ahora voy a pasar por
encima de ella. Si. Esta es la zona D. Estoy deteniéndome y dejando que el ordenador
me indique la dirección que debo seguir. La zona D. tiene un aspecto algo más
acogedor que E. Creo que no tardaré mucho en atravesarla.
24
Las llamas
rojizas que protegían la zona C eran falsas.
25
Rawlings dijo
suavemente:
- Digan a la
galaxia que su destino está en buenas manos.
Tendría que
encontrar a Muller dentro de quince minutos.
Capítulo VII
1
Con frecuencia,
Muller había estado solo durante períodos largos. Al redactar el contrato de su
primer matrimonio insistió en una cláusula de separación, la habitual, y Lorayn
no había puesto objeciones porque sabía que, ocasionalmente, su trabajo podría
llevarle a sitios donde ella no querría o no podría ir. Durante los ocho años
de ese matrimonio había puesto la cláusula en vigor en tres oportunidades, por
un total de cuatro años.
Las ausencias
de Muller no fueron un factor decisivo cuando dejaron expirar el contrato. En
esos años había comprendido que podía soportar la soledad y que, de alguna
extraña manera, le sentaba bien. «Desarrollamos todo en la soledad, excepto el
carácter», escribió Stendhal; Muller no estaba seguro de eso, pero, en
cualquier caso, su carácter estaba ya formado antes de empezar a aceptar
misiones que le llevaron en solitario a mundos vacíos y peligrosos. Esas
misiones habían sido voluntarias. En un sentido diferente, se había encerrado
de forma voluntaria en Lemnos, y este exilio era más doloroso para él que en
esas otras ausencias. Sin embargo, no lo pasaba mal. Su capacidad de adaptación
le asombraba y le asustaba. No había supuesto que podría anular tan fácilmente
su naturaleza social, la tarea era difícil, pero no tanto como había creído, y
el resto - los debates estimulantes, los cambios de ambiente, la acción
recíproca de las personalidades - había dejado de importarle muy pronto. Tenía
suficientes cubos como para mantenerse entretenido y suficientes desafíos,
tratando de sobrevivir en aquel mundo. Y tenía recuerdos.
Podía conjurar
escenas de cien mundos, que guardaba en su memoria. El hombre se extendía por
todas partes, plantando la semilla de la tierra en colonias de cien estrellas.
Delta Pavonis VI, por ejemplo, a veinte años luz de distancia, volviéndose cada
vez más extraño. Llamaban Loki al planeta, cosa que a Muller le pareció un
error monumental, ya que Loki era ágil, astuto y delicado, mientras que los
colonos de Loki, aislados de la tierra por cincuenta años, cultivaban la
obesidad artificial por medio de la regulación glucostática. Muller les había
visitado diez años antes de su desafortunado viaje a Beta Hydri. Había sido
esencialmente una misión pacificadora a un planeta que había perdido el
contacto con el planeta madre. Recordaba un planeta caliente, que sólo era
habitable en una estrecha franja templada. Recordaba muros de jungla verde que
bordeaban un río negro, bestias con ojos que parecían piedras preciosas
empujándose en las orillas pantanosas, la llegada al caserío donde unos Budas
sudorosos que pesaban centenares de kilos cada uno estaban sentados, meditando
solemnemente ante sus cabañas de techo de paja. Nunca había visto tanta carne
por metro cúbico. Los lokitas alteraban sus glucorreceptores periféricos para
provocar la acumulación de grasa. Era una adaptación inútil que no tenía
relación con un problema ambiental; simplemente, les gustaba ser gordos. Muller
recordaba brazos que parecían muslos, muslos que parecían pilares, vientres que
se curvaban agresivos y triunfales.
Hospitalarios,
habían ofrecido una mujer al espía de la tierra. Para Muller fue una lección de
relatividad cultural, ya que en el pueblo había dos o tres mujeres que, aunque
eran enormes, resultaban flacas para el gusto local y, por lo tanto, estaban
más cerca de las pautas del gusto de Muller. Pero los lokitas no le dieron una
de esas mujeres, esas lamentables ruinas subdesarrolladas de cien kilos de
peso; hubiese sido una falta de cortesía proporcionar a un huésped una
compañera situada por debajo de las normas. En cambio, le proporcionaron una
rubia colosal, con pechos como balas de cañón y nalgas como continentes de
carne temblorosa.
Bueno, por
cierto, había sido inolvidable.
Y había tantos
otros mundos. Había sido un viajero incansable, que dejaba las sutilezas de la
manipulación política en manos de los hombres como Boardman; Muller podía ser
muy útil, casi un estadista, cuando era necesario, pero se veía a sí mismo más
como un explorador que como un diplomático. Había tiritado en lagos de metano,
se había cocido en desiertos postsaharianos, había seguido a colonos nómadas a
través de una llanura purpúrea tratando de hallar su ganado artropódico. Había
naufragado en mundos sin aire por un fallo del ordenador. En Damballa, había
visto los acantilados de cobre de noventa kilómetros de altura. Había nadado en
el lago gravitatorio de Mordred. Había dormido junto a un arroyo multicolor
bajo un cielo donde brillaban tres soles y había cruzado los puentes de cristal
en Proción XIV. Lamentaba pocas cosas.
Ahora,
acurrucado en el centro del laberinto, miraba las pantallas y esperaba que el
extranjero le hallase. Un arma, pequeña y fría, descansaba en su mano.
2
La tarde pasó
velozmente. Rawlings comenzó a pensar que hubiera sido mejor hacer caso a
Boardman y pasar una noche en el campamento, antes de salir a buscar a Muller.
Por lo menos, tres horas de sueño profundo para limpiar las tensiones de su
mente; una pequeña zambullida bajo el cable del sueño, siempre útil. Bueno. No
lo había hecho. Y ahora no podía hacerlo. Sus sensores le decían que Muller
estaba muy cerca.
Súbitamente,
problemas de moralidad y problemas de puro y simple valor comenzaron a
inquietarle.
Nunca había
hecho nada importante, todavía. Habla estudiado, había efectuado tareas de
rutina en la oficina de Boardman, alguna vez había manejado algún problema
delicado. Pero siempre pensó que su verdadera carrera no había comenzado aún,
que todo eso eran los preliminares. Esa sensación de un futuro comienzo le
acompañaba todavía, pero era hora de admitir que ya estaba en el punto de
partida. Esto no era un entrenamiento. Allí estaba, alto y rubio y joven y
testarudo y ambicioso, al borde de una acción que (Charles Boardman no había
sido totalmente hipócrita cuando se refirió al tema) podía Influir en el futuro
curso de la historia.
Ping.
Miró a su
alrededor. Los sensores habían hablado. De las sombras emergió la figura de un
hombre. Muller.
Se miraron, a
través de veinte metros de distancia. Rawlings recordaba a Muller como un
gigante y se sorprendió al descubrir que los dos medían más o menos lo mismo,
un poco más de dos metros. Muller vestía un mono oscuro y brillante, y bajo aquella
luz y a aquella hora, su cara era un estudio de prominencias y planos en
conflicto, de picos y valles.
En la mano de
Muller estaba el aparato, parecido a una manzana, con que había destruido la
sonda.
La voz de
Boardman zumbó en el oído de Rawlings:
- Acércate.
Sonríe. Tienes que parecer tímido e inseguro y muy preocupado. Y mantén siempre
las manos donde él pueda verlas.
Rawlings
obedeció. Se preguntó cuando empezaría a sentir los efectos de estar cerca de
Muller. Le resultaba difícil quitar los ojos del globo brillante que
descansaba, como una granada, en la mano de Muller. Cuando estuvo a diez metros
de distancia empezó a recibir la emanación. Sí. Sin duda era eso. Decidió que,
si no se acercaba más, podría tolerarla.
Muller dijo:
- ¿Que
quiere...?
Sus palabras
salieron roncas y chillonas. Muller se detuvo, con las mejillas rojas, y
pareció tratar de ajustar los engranajes de su laringe. Rawlings se mordió el
labio y sintió que uno de sus párpados se contraía. En el audio se sentía la
pesada respiración de Boardman.
Muller inquirió
nuevamente:
- ¿Qué pretende
usted de mí? - Esta vez con su verdadera voz, profunda y vibrante de furor
apenas disimulado.
- Hablar. De
veras. No quiero causarle ninguna molestia, señor Muller.
- ¿Me conoce?
- Claro que sí.
Todos conocen a Richard Muller. Quiero decir que usted era el héroe de la
galaxia cuando yo Iba a la escuela. Escribí acerca de usted. Ensayos.
Nosotros...
- ¡Váyase de
aquí! - aquella vez la voz era chillona.
- ...Y soy hijo
de Stephen Rawlings. Yo le conocía a usted señor Muller.
La oscura
manzana se estaba levantando. La pequeña abertura cuadrada estaba frente a él.
Rawlings recordó la forma súbita en que se había detenido la transmisión de la
sonda.
- ¿Stephen
Rawlings? - La manzana descendió.
- Mi padre. -
La pierna izquierda de Rawlings parecía estar licuándose. El sudor volatilizado
flotaba sobre sus hombros formando una nube. El chorro que brotaba de Muller le
llegaba con más fuerza, como si hubiese necesitado unos minutos para sintonizar
su longitud de onda. Ahora, Rawlings sentía el torrente de angustia, la
tristeza, la atracción de un abismo que se abría junto él. - Yo le conocí, hace
mucho tiempo - dijo Rawlings. -. Usted volvía de..., Eridiani 82, creo; estaba
tostado y quemado por el viento. Yo tenía unos ocho años y usted me cogió y me
tiró hacia arriba, pero no estaba habituado a la gravedad terrestre y me tiró
demasiado fuerte y yo me di contra el cielo rano y empecé a llorar y usted me
dio algo para que me callara, una cuenta que cambiaba de color...
Las manos de
Muller colgaban a los costados. La manzana había desaparecido en sus
vestiduras.
Dijo,
secamente:
- ¿Cómo te
llamabas?, Ted, Ed. Eso. Sí. Ed. Edward Rawlings.
- Un tiempo
después empezaron a llamarme Ned. De modo que ¿me recuerda?
- Un poco.
Recuerdo mucho mejor a tu padre. - Muller dio la vuelta y tosió. Su mano se
deslizó en un bolsillo, levantó la cabeza y el sol que se ponía iluminó
extrañamente su cara, tiñéndola de color naranja profundo. Hizo un gesto rápido
con un dedo -. Vete, Ned. Di a tus amigos que no quiero que me molesten. Estoy
muy enfermo y quiero estar solo.
- ¿Enfermo?
- Enfermo de
una misteriosa descomposición del alma. Mira, Ned: eres un muchacho guapo,
estupendo y yo quiero mucho a tu padre, si lo que me has dicho es verdad, pero
no quiero que andes cerca de mi. Te arrepentirías. No es una amenaza; estoy
exponiendo un hecho. Vete. Vete lejos de aquí.
- Quédate donde
estás - dijo Boardman -. Acércate. Bien cerca. Donde duela.
Rawlings dio un
paso cauteloso, Pensando en el globo que había en el bolsillo de Muller y
viendo en sus ojos que el hombre no era necesariamente racional. Disminuyó en
un diez por ciento la distancia que había entre ellos. El Impacto de la
emanación pareció duplicarse.
- Por favor,
señor Muller - dijo -, no me eche. Sólo quiero ser amable. M padre no me
hubiese perdonado si hubiera sabido que le encontré aquí, en este estado, y no
intenté ayudarle.
- ¿Hubiese
perdonado? ¿Si hubiera sabido? ¿Qué le pasó a tu padre?
- Murió.
- ¿Cuándo?
¿Dónde?
- Hace cuatro
años, en Rigel I. Estaba colaborando en la instalación de una red cerrada de
rayos radiogoniométricos que comunicaría a todos los mundos de Rigel. Hubo un
accidente con un amplificador. El foco se invirtió y él recibió toda la
descarga.
- ¡Dios mío!
¡Todavía era joven!
- Le faltaba un
mes para cumplir los cincuenta. Íbamos a ir a visitarlo y a organizar una
fiesta sorpresa. En cambio fui yo solo, para recoger su cuerpo.
La expresión de
la cara de Muller se dulcificó. De pronto desapareció de sus ojos. Sus labios
se volvieron más móviles. Era como si el dolor de otra persona hiciera que
olvidase momentáneamente el suyo.
- Acércate a él
- ordenó Boardman.
Otro paso. Y
luego, como Muller no parecía haberse dado cuenta, otro más. Rawlings sintió
calor: no un calor físico sino psíquico, como un horno que despidiese
emociones. Tembló, despavorido. En realidad, nunca habla creído verdaderamente
que la historia de lo que había sufrido a Muller con los hidranos fuera cierto.
Estaba demasiado limitado por el pragmatismo que había heredado de su padre. Si
no se puede reproducir en el laboratorio, no es real. Si no se puede hacer un
gráfico, no es real. Si no hay circuitos, no es real. ¿Cómo es posible que un
ser humano sea modificado para que transmita sus propias emociones? No hay
circuitos capaces de cumplir esa función. Pero Rawlings estaba experimentando
los efectos de esa transmisión.
- ¿Que estás
haciendo en Lemnos, muchacho? - preguntó Muller.
- Soy
arqueólogo - dijo torpemente la mentira -. Esta es mi primera expedición de
campo. Estamos tratando de hacer un examen a fondo del laberinto.
- Pero sucede
que el laberinto es la casa de alguien. Estáis entrometiéndoos.
Rawlings
vaciló.
- Dile que no
sabíamos que estaba aquí - apuntó Boardman.
- No sabíamos
que había alguien aquí - dijo Rawlings -. No podíamos suponer que...
- Pero
enviasteis vuestros malditos robots, ¿no? Cuando supisteis que había alguien
aquí, alguien que no tenía malditas las ganas de ver a nadie...
- No entiendo -
dijo Rawlings -. Teníamos la impresión de que estaba preso aquí. Queríamos
ofrecerle nuestra ayuda.
«Con qué
facilidad estoy haciendo esto», se dijo.
Muller frunció
el ceño.
- ¿No sabes por
qué estoy aquí?
- No.
- Supongo que
no lo sabes. Eras demasiado joven. Pero los otros, cuando vieron mi cara, los
otros lo saben. ¿Por qué no te lo dijeron? Vuestro robot transmitió mi cara,
¿no? Sabían quién estaba aquí ¿Y no te dijeron nada?
- Realmente, no
comprendo...
- ¡Ven aquí! -
vociferó Muller.
Rawlings sintió
que se deslizaba hacia adelante; aunque no tuvo conciencia de haber dado pasos
definidos. Bruscamente se encontró cara a cara con Muller; tenía conciencia del
enorme cuerpo, de su frente cubierta de arrugas, de sus ojos airados que le
miraban con fijeza. La inmensa mano de Muller cogió de un zarpazo la muñeca de
Rawlings y éste se balanceó atontado por el impacto, traspasado por una
desesperación tan inmensa que parecía abarcar universos enteros. Trató de no
tambalearse.
- ¡Y ahora,
aléjate de mil - gritó ásperamente Muller -. ¡Vamos! ¡Fuera de aquí! ¡Fuera!
-Rawlings no se movió.
Muller aulló
una blasfemia y corrió pesadamente hacia un edificio bajo, de paredes de
cristal, cuyas ventanas opacas eran como ojos ciegos. La puerta se cerró,
sellándose sin dejar abertura perceptible. Rawlings tomó aliento y lucho por
mantener el equilibrio. Su frente latía como si algo que estaba detrás de ella
luchara por libertarse.
- Quédate donde
estás - dijo Boardman - Deja que se le pase el berrinche. Todo vá bien.
3
Muller se puso
en cuclillas detrás de la puerta. El sudor corría por sus flancos. Tuvo un
escalofrío. Se abrazó con tanta fuerza que sus costillas se quejaron.
No había
querido tratar al intruso de ese modo.
Una breve
conversación; una petición muy clara de que respetaran su soledad y, si el
hombre no se marchaba, el globo destructor. Así lo había planeado Muller. Pero
había discutido. Había hablado demasiado, había averiguado demasiado. ¿El hijo
de Stephen Rawlings? ¿Un grupo de arqueólogos? Aparentemente, el muchacho no se
había visto afectado por la radiación, salvo a muy poca distancia. ¿Estaría
perdiendo su poder, con el paso de los años?
Muller luchó
por recuperar el dominio de sí mismo y por allanar su hostilidad. ¿Por qué
tenía tanto miedo? ¿Por qué se aferraba a su soledad? No tenía nada que temer
de los terráqueos; ellos y no él sufrirían por el contacto mutuo. Era
comprensible que evitaran su presencia. Pero no existían razones para que él se
comportara así, excepto alguna desconfianza que le paralizaba, la
inflexibilidad incrustada por nueve años de aislamiento. ¿Había negado a eso, a
amar la soledad por la soledad misma? ¿Era un ermitaño? Al principio había
pretendido enclaustrarse allí por consideración a sus congéneres, porque no
estaba dispuesto a inflingir su dolorosa fealdad a los demás. Pero el chico
había intentado ser amable y amistoso. ¿Por qué huir? ¿Por qué reaccionar tan
groseramente?
Lentamente,
Muller se puso de pie y abrió la puerta. La noche había caído con la rapidez
del invierno; el cielo estaba negro y las lunas lo cruzaban velozmente. El
chico seguía en la plaza; parecía un poco aturdido. La mayor de las lunas,
Clotho, le bañaba con su luz dorada, de modo que sus cabellos rizados parecían
despedir chispas. Su cara estaba muy pálida y los pómulos muy marcados. Sus
ojos azules brillaban a causa de la conmoción, como si le hubiera abofeteado.
Muller avanzó,
no muy seguro de su táctica se sentía como una gran máquina oxidada, que debla
ponerse en marcha después de años de inactividad.
- ¿Ned? - dijo
-. Ned, quiero pedirte disculpas. Tienes que comprender que no estoy
acostumbrado a la gente. No estoy acostumbrado a... la... gente.
- No se
preocupe, señor Muller. Me doy cuenta de que lo ha pasado muy mal.
- Dick. Llámame
Dick. - Muller extendió las dos manos abiertas, como al quisiera atrapar los
rayos de las lunas. Sentía mucho frío. En el muro que cerraba la plaza había
pequeñas formas animales que saltaban y danzaban. Muller continuó -: He llegado
a amar mi soledad. Uno puede encariñarse hasta con el cáncer, si adopta la
actitud mental correcta. Mira, hay algo que debes entender. Vine aquí
deliberadamente. No fue un naufragio. Elegí el lugar del universo donde era
menos probable que me molestaran, y me oculté en él. Pero, por supuesto, tú
tenías que venir con tus astutos robots y encontrar el camino de entrada.
- Si no quiere
que esté aquí, me marcharé - dijo Rawlings.
- Quizá eso sea
lo mejor para los dos. No. Aguarda. ¿Es muy malo estar tan cerca de mi?
- Bueno..., no
es muy cómodo - dijo Rawlings -. Pero no es tan malo como..., como..., bueno,
no sé. A esta distancia me siento solamente un poco deprimido.
- ¿Sabes la
razón? - preguntó Muller -. Por la forma en que me hablas creo que sí, Ned:
Estás fingiendo que no sabes qué me sucedió en Beta Hydri IV.
Rawlings se sonrojó.
- Bueno,
supongo que recuerdo algo. ¿Actuaron sobre su mente?
- Sí, fue eso.
Lo que estás sintiendo, Ned, soy yo, mi maldita alma que se sale al aire. Estás
recibiendo el flujo de corriente neural que brota de mi cerebro. ¿No es
maravilloso? Trata de acercarte un poco... así. - Rawlings se detuvo -. ¿Ves?
Ahora es más fuerte. Estás recibiendo una dosis más potente. Ahora recuerda
cómo era cuando estabas parado allá. No era muy agradable, ¿verdad? A diez
metros de distancia puedes tolerarlo. A un metro es intolerable. ¿Puedes
imaginar la posibilidad de tomar en tus brazos a una mujer, cuando emites un
hedor mental como éste? No se puede hacer el amor a diez metros de distancia.
Yo no puedo. Sentémonos, Ned. Aquí estamos seguros. Tengo detectores conectados,
por si alguno de los animales peligrosos llega hasta aquí y en esta zona no hay
trampas. Siéntate.
Muller se
Instaló en el suave piso lechoso de piedra blanca, el extraño mármol que daba
un aspecto tan bruñido a la plaza. Después de pensarlo un momento, Rawlings se
colocó ágilmente en la posición del loto, a doce metros de distancia.
- ¿Cuántos años
tienes, Ned? - Inquirió Muller.
- Veintitrés.
- ¿Casado?
Una sonrisa
tímida.
- Todavía no.
- ¿Tienes una
chica?
- Había una
chica; teníamos un contrato de vinculación, pero lo anulamos cuando acepté este
trabajo.
- Ah, ¿Hay
mujeres en esta expedición?
- Solo cubos
femeninos - dijo Rawlings.
- No son muy
buenos, ¿verdad, Ned?
- No mucho.
Podríamos haber traído algunas mujeres, pero...
- Pero ¿qué?
- Demasiado
peligroso. El laberinto...
- ¿Cuántos
hombres habéis perdido hasta ahora? - preguntó Muller.
- Cinco, creo.
Me gustaría conocer la clase de gente que puede construir un lugar como éste.
Les debe de haber llevado como cinco siglos planear una cosa tan diabólica.
- Más - dijo
Muller -. Creo que éste fue el gran triunfo creador de su raza. Su obra
maestra, su monumento. Debían sentirse orgullosos de este lugar asesino, la
esencia de su filosofía: matar a los extranjeros.
- ¿Está
haciendo suposiciones o ha encontrado algunas claves de su cultura?
- La única
clave de su cultura que tengo está a nuestro alrededor. Pero yo soy un experto
en psicología extraterrestre, Ned. Sé más de eso que cualquier otro ser humano,
porque soy el único que alguna vez saludó a una raza diferente. Matar al
extranjero: ésa es la ley del universo. Y al que no matas, tortúralo un poco.
- Nosotros no
somos así - dijo Rawlings -. Nosotros no somos instintivamente hostiles a...
- Tonterías.
- Pero...
- Si una nave
estelar extraterrestre aterrizara alguna vez en uno de nuestros planetas - dijo
Muller -, la pondríamos en cuarentena, apresaríamos a la tripulación y la
Interrogaríamos hasta destruirla. Los buenos modales que hemos aprendido de la
decadencia y la complacencia. Fingimos que somos demasiado nobles para odiar a
los extranjeros, pero tenemos la cortesía de los débiles. Fíjate en los
hidranos. Una facción importante de nuestro Gobierno quería generar fusión en
su capa de nubes y dar otro sol a su sistema antes de mandar a un emisario a
observarles.
- No.
- Fueron
derrotados y se envió un emisario y los hidranos lo destruyeron. Era yo.
Súbitamente,
Muller tuvo una idea. Aterrado, preguntó:
- ¿Qué ha
pasado entre nosotros y los hidranos en estos nueve años? ¿Algún contacto?
¿Guerra?
- Nada - dijo
Rawlings - Nos hemos mantenido a distancia.
- ¿Me estás
diciendo la verdad o liquidamos a esos bastardos? Dios sabe que no lo sentiría,
pero la verdad es que no eran responsables de lo que me hicieron. Reaccionaron
con la xenofobia corriente. Ned, ¿hubo una guerra?
- No. Lo juro.
Muller se
relajó. Después de un momento dijo:
- Muy bien. No
te pediré que me relates todos los últimos acontecimientos. En realidad, no me
interesan. ¿Cuánto tiempo os vais a quedar en Lemnos?
- Aún no lo
sabemos. Unas semanas, supongo. En realidad, todavía no hemos comenzado a
explorar el laberinto. Y, además, está la zona externa. Queremos hacer una
investigación comparativa con los trabajos de los arqueólogos que vinieron
antes y...
- Y estaréis un
tiempo aquí. Los otros, ¿también vendrán hasta el centro del laberinto?
Rawlings se
humedeció los labios.
- Me enviaron
en primer término para que estableciera contacto con usted. Todavía no tenemos
proyectos concretos; todo depende de usted. No queremos imponerle nuestra presencia.
De modo que si no quiere que trabajemos aquí...
- No; no quiero
- dijo secamente Muller -. Díselo a tus amigos. Dentro de cincuenta o sesenta
años estaré muerto; entonces podrán husmear por aquí. Pero mientras esté vivo,
no quiero que me molesten. Que trabajen en las cuatro o cinco zonas externas.
Pero si alguno pone el pie en A, B, o C, le mataré. Puedo hacerlo, Ned.
- Y yo, ¿seré
bien venido?
-
Ocasionalmente. No puedo prever mis estados de ánimo. Si quieres hablar
conmigo, date una vuelta por aquí. Y si te digo que te marches, entonces te
irás volando. ¿De acuerdo?
Rawlings
exhibió una alegre sonrisa.
- De acuerdo. -
Se puso en pie. Muller, a quien molestaba que el chico le mirase desde arriba,
también se levantó. Rawlings dio unos pasos hacia él.
- ¿Dónde vas? -
dijo Muller.
- No me gusta
tener que hablar a esta distancia gritando. Puedo acercarme un poco a usted,
¿no?
Instantáneamente
receloso, Muller replicó:
- ¿Eres alguna
clase de masoquista?
- Lo siento,
pero no.
- Bueno, yo
tampoco soy sádico. No quiero que te acerques a mí.
- En realidad
no es tan desagradable, Dick.
- Estás
mintiendo. Te parece tan espantoso como a todos los demás. Soy como un leproso,
y si te gusta la lepra lo siento por ti, pero no te acerques más. Me resulta
muy incómodo ver sufrir a los demás por mi causa.
Rawlings se
detuvo.
- Como quiera,
Dick. Mire, yo no quiero crearle problemas. Estoy tratando de ser amigo suyo,
de ayudarle. Si al hacer eso le hago sentirse incómodo... bueno, dígamelo y
cambiaré de actitud. No gano nada con empeorar las cosas.
- Eso te ha
salido un poco confuso, chico. De todos modos, ¿qué quieres de mí?
- Nada.
- ¿Por qué no
me dejas en paz?
- Porque es un
ser humano y ha estado aquí, solo, durante mucho tiempo. Mi impulso natural es
ofrecerle compañía. ¿Le parece demasiado tonto?
Muller se
encogió de hombros.
- No soy muy
buena compañía. Quizá tendrías que recoger todos tus dulces impulsos cristianos
y marcharte. Tú no puedes ayudarme, Ned. Sólo puedes hacerme sufrir,
recordándome todo lo que ya no puedo tener o conocer.
Muller se
enderezó y miró las figuras sombrías que saltaban junto a las paredes. Tenía
hambre y era la hora de ir a cazar la cena. Dijo bruscamente:
- Hijo, creo
que se me ha vuelto a acabar la paciencia. Es hora de que te vayas.
- Muy bien.
Pero ¿puedo volver mañana?
Quizá.
Rawlings sonrió
ingenuamente.
- Gracias por
permitirme hablar con usted, Dick. Volveré.
4
A la complicada
luz de las lunas, Rawlings salió de la zona A. La voz del cerebro de la nave le
guió por el mismo sendero que había usado para entrar y, de vez en cuando, en
los sitios más seguros, la voz de Boardman se superpuso.
- Has empezado
muy bien - dijo - Es muy positivo que te haya tolerado. ¿Cómo te sientes?
- Fatal
Charles.
- ¿Por haber
estado tan cerca de él?
- Porque estoy
haciendo algo repugnante.
- Termina de
una vez con eso, Ned. Si cada vez que sales voy a tener que masajearte la
moral...
- Haré mi
trabajo - dijo Rawlings - Pero no me gusta.
Escombros sobre
un bloque de piedra con resortes que era capaz de arrojarle a un precipicio si
apoyaba su peso incorrectamente. Un animalito lleno de dientes se rió de él
viéndole pasar. Del otro lado, Rawlings empujó la pared en un lugar donde cedía
y fue admitido a la zona B. Echó una mirada al dintel y vio el escondrijo del
ojo; le sonrió, por si Muller estaba controlando su retirada.
Ahora
comprendía por qué Muller había decidido enterrarse allí. En circunstancias
similares, él podría haber hecho lo mismo. O algo peor. Gracias a los hidranos,
Muller llevaba una deformidad en el alma, en una era en que la deformidad había
caído en desuso. La falta de un miembro o de una nariz o de un ojo era un
crimen estético; esas cosas se reparaban fácilmente y uno debía a los demás la
atención de reformarse y hacer desaparecer las imperfecciones desagradables.
Infligir los defectos propios a los demás era una actitud claramente
antisocial.
Pero ningún
cirujano podía hacer un trabajo cosmético en el defecto de Muller. La única
cura era la separación de la sociedad. Un hombre más débil podía haber elegido
la muerte; Muller prefirió el exilio.
Rawlings seguía
sintiendo el impacto de aquel breve momento de contacto directo. Por un
instante había recibido de Muller una emanación informe e incoherente de
emociones crudas; el ser interior brotando involuntariamente y sin palabras.
Ese flujo de interioridad incontrolable era doloroso y deprimente.
Lo que los
hidranos le habían dado no era una verdadera telepatía. Muller no podía «leer»
mentes ni podía comunicar sus pensamientos a los demás. Lo que salía era como
un chorro de personalidad; un torrente de cruda desesperación, un río de penas
y remordimientos, el contenido de las cloacas del alma. No podía contenerlo.
Durante aquel momento eterno, Rawlings había estado sumergido en el torrente; el
resto del tiempo había recibido solamente una sensación vaga y general de
zozobra.
Las penas de
Muller no eran exclusivamente suyas; lo que ofrecía no era más que la
conciencia de lo que el universo idea para su habitantes. En aquel momento,
Rawlings había sentido que estaba sintonizando todos los conflictos de la
creación: las oportunidades perdidas, los amores fallidos, las palabras
apresuradas, los dolores injustos, las apetencias, el hambre, la codicia, el
pinchazo de la envidia, el ácido de la frustración, la mordedura del tiempo, la
muerte de los insectos pequeños en invierno, las lágrimas de las cosas. Había
conocido el envejecimiento, la carencia, la impotencia, la furia, la soledad,
la desolación, el automenosprecio y la locura. Había sido un aullido silencioso
de ira cósmica.
«¿Somos todos
así?» Se lo preguntaba. «Esa misma transmisión, ¿brota de mí, y de Boardman, y
de mi madre y de la chica de quien estaba enamorado? ¿Andamos por ahí como
transmisores fijados a una frecuencia que no podemos sintonizar? Gracias a
Dios. Es una canción demasiado dolorosa de escuchar.»
- Despierta,
Ned - dijo Boardman - Deja de cavilar y vigila el camino, ya estás casi en la
zona C.
- Charles,
¿cómo se sintió la primera vez que se acercó a Muller?
- Luego
hablaremos de eso.
- ¿No sintió
como al supiera por primera vez lo que es un ser humano?
- Te dije que
hablaremos más...
- Déjeme decir
lo que quiero decir, Charles, aquí no corro ningún riesgo. Acabo de mirar el
alma de un hombre y estoy conmovido. Pero... escuche, Charles. En realidad, él
no es así; es un hombre bueno. La cosa que irradia es solo ruido. Es una
especie de sedimento, que no dice nada acerca de Richard Muller. Es un ruido
que no se ha hecho para ser oído y la señal es completamente distinta, como cuando
se dirige un amplificador hacia las estrellas, Esa cosa que irradia es sólo
ruido. Y algunas de las estrellas más hermosas transmiten unos ruidos
horribles, pero eso es sólo lo que reproduce el amplificador, no tiene nada que
ver con la calidad de la estrella, es... es...
- Ned.
- Discúlpeme,
Charles.
- Vuelve al
campamento. Todos estamos de acuerdo en que Dick Muller es un ser humano
estupendo. Por eso le necesitarnos. Y a ti también te necesitamos, de modo que
cállate y mira dónde pisas. Despacio. Calma. Calma. Calma. ¿Qué es ese animal
que está a tu izquierda? De prisa, Ned. Pero mantén la calma. Así, hijo. Con
calma.
Capitulo VIII
1
A la mañana
siguiente el encuentro resultó más fácil para ambos. Rawlings, que había
dormido bien bajo el cable del sueño, fue al corazón del laberinto y encontró a
Muller, de pie junto a una elevada pieza de metal oscuro que estaba en un
extremo de la gran plaza.
- ¿Qué crees
que será esto? - preguntó Muller con naturalidad, mientras Rawlings se acercaba
-. Hay ocho, uno en cada esquina. Los estoy controlando desde hace años. Giran.
Mira esto.
Muller señaló
una de las caras del pilón. Rawlings se aproximó y, cuando estuvo a diez metros
de distancia, comenzó a percibir la emanación. Pese a eso, se obligó a seguir
acercándose. El día anterior no había estado tan cerca de Muller, salvo en el
momento escalofriante en que Muller lo había cogido, colocándole a su lado.
- ¿Ves esto? -
preguntó Muller, golpeando el metal.
- Una marca.
- Me llevó
cerca de seis meses hacerla. Usé una esquirla del brote cristalino que hay en
aquella pared. Rasqué todos los días, durante una o dos horas, hasta que hubo
una marca visible en el metal. Y he estado vigilando la marca. En un año local
da una vuelta completa. De modo que estos pernos giran. No puedes verlo, pero
lo hacen. Son alguna clase de calendario.
- ¿Estas
cosas... usted puede... alguna vez ha...?
- Chico, no
eres muy preciso.
- Lo siento. -
Rawlings retrocedió, haciendo un enorme esfuerzo por ocultar el impacto de la
proximidad de Muller. Había enrojecido y temblaba. A cinco metros el efecto no
era tan doloroso y se quedó allí, haciendo un esfuerzo, tratando de convencerse
de que estaba desarrollando una tolerancia a la emanación.
- ¿Qué decías?
- ¿Este es el
único que ha controlado?
- He hecho
marcas en algunos de los otros. Estoy convencido de que todos giran. No he
hallado el mecanismo. ¿Sabes?, debajo de esta ciudad hay un cerebro fantástico.
Tiene millones de años Y sigue funcionando. Quizá sea alguna clase de metal
líquido, con elementos de cognición que flotan en él. Hace girar estos pilones
y maneja el suministro de agua y limpia las calles.
- Y hace
funcionar las trampas.
- Y hace
funcionar las trampas - repitió Muller -. pero no he podido encontrar ni trazas
de él. He excavado un poco, por aquí y por allá, pero lo poco que encontré fue
basura. Quizá vosotros, los arqueólogos, podréis localizar el Cerebro de la
ciudad. - ¿Eh? ¿Hay alguna Pista?
- Creo que no -
dijo Rawlings.
- No eres muy
concreto.
- No. No he
tomado parte en el trabajo que se está realizando en la ciudad. - Rawlings
sonrió tímidamente. Su rápido movimiento facial le incomodó y mereció un
reproche de Boardman, quien le hizo notar, a través del circuito de control,
que la sonrisa tímida siempre anunciaba una mentira y que no pasaría mucho
tiempo hasta que Muller lo descubriera -. La mayor parte del tiempo estuve
fuera de la ciudad, dirigiendo las operaciones de entrada. Y luego, cuando
entré, vine directamente aquí. De modo que no sé qué es lo que los demás pueden
haber hallado. Si es que han hallado algo.
- ¿Van a romper
las calles? - preguntó Muller.
- Creo que no.
Ya no cavarnos tanto. Usamos sensores y registradores y rayos sonda. -
Impresionado por sus propias improvisaciones, continuó volublemente -: La arqueología
solía ser destructora, por supuesto. Para descubrir qué había debajo de una
pirámide, teníamos que desarmar la pirámide. Pero ahora podemos hacer mucho con
las sondas. Es la nueva escuela, que estudia el terreno sin excavar y de esa
forma preserva los monumentos del pasado...
- En uno de los
planetas de Epsilon Indi - dijo Muller - un grupo de arqueólogos desmanteló por
completo un pabellón fúnebre, hace unos quince años, y luego descubrió que era
imposible volver a armarlo porque no comprendían la estructura del edificio.
Cuando lo Intentaron, se derrumbó y se perdió totalmente. Yo vi las ruinas,
unos meses después. Bueno, tú conocerás el caso.
Rawlings no lo
conocía. Sonrojándose, dijo:
- Bueno, en
todas las profesiones hay chapuceros...
- Espero que
aquí no haya ninguno. No quiero que hagan daño al laberinto, aunque eso no
sería muy fácil. El laberinto se defiende muy bien.
Muller se alejó
unos pasos del pilón. Rawlings se sintió mejor a medida que la distancia entre
ellos aumentaba, pero Boardman le advirtió que siguiera a Muller. La táctica
para hacerle olvidar su desconfianza incluía una exposición deliberada y
rigurosa a la emanación emocional. Muller no miró hacia atrás y dijo, como si
hablara solo:
- Las Jaulas
están cerradas de nuevo.
- ¿Jaulas?
- Mira allá, en
aquella calle que sale de la pared.
Rawlings vio
una especie de alcoba contra la pared de un edificio. Había más de una docena
de barrotes curvos que salían de la tierra y desaparecían en la pared a unos
cuatro metros de altura, formando una especie de jaula. Pudo ver una segunda
jaula calle abajo.
- Hay unas
veinte - dijo Muller -, colocadas de forma simétrica en las calles que salen de
la Plaza. Desde que estoy aquí, las jaulas se han abierto tres veces. De algún
modo, esos barrotes se deslizan dentro de la calle y desaparecen. La tercera
vez fue hace dos noches. Nunca he visto cómo se abren o se cierran y he vuelto
a perdérmelo.
- ¿Para qué
usarían las jaulas? - preguntó Rawlings.
- Para encerrar
animales peligrosos. O prisioneros enemigos. ¿Para qué otra cosa usarías una
jaula?
- Y, cuando se
abren, ahora...
- La ciudad
sigue intentando servir a su pueblo. Hay enemigos en las zonas exteriores. Las
jaulas están prontas, en caso de que alguno de los enemigos sea capturado.
- ¿Quiere decir...
nosotros?
- Sí. Enemigos.
- Los ojos de Muller brillaron con una súbita furia paranoica; era alarmante
ver con qué facilidad pasaba del discurso racional a la furia helada -. Homo
sapiens. ¡El más peligroso, el más despiadado, el más despreciable animal del
universo!
- Dice eso como
si lo creyera.
- Lo creo.
- Vamos - dijo
Rawlings. - Usted dedicó su vida al servicio de la humanidad. Es imposible que
crea...
- Yo dediqué mi
vida - dijo Muller lentamente al servicio de Richard Muller.
Se volvió y se
enfrentó a Rawlings. Estaban a solo cinco o seis metros de distancia, pero la
emanación parecía casi tan fuerte como si estuvieran tocándose.
Muller dijo:
- Me Importaba
mucho menos de lo que tú crees la piojosa humanidad. Veía las estrellas; las
quería. Quería ser como un dios. Un mundo no era suficiente para mí; tenía
hambre de todos. De modo que hice una carrera que me llevara a las estrellas.
Mil veces arriesgué mi vida. Soporté excesos de temperatura fantásticos. Pudrí
mis pulmones con gases absurdos y tuvieron que reconstruirme íntegro. Comí
cosas que te provocarían vómitos si te las describiera. Los chicos como tú me
adoraban y escribían ensayos sobre mi altruista dedicación a la humanidad y mi
incansable búsqueda de nuevos conocimientos. Para que lo entiendas de una vez,
te diré que soy tan altruista como Colón, Magallanes y Marco Polo. Eran grandes
exploradores, por supuesto, pero buscaban una buena ganancia. La ganancia que
yo buscaba está aquí. Quería medir cien kilómetros de estatura. Quería estatuas
mías en mil mundos. ¿Te gusta la poesía? La fama es el acicate; la última
debilidad de una mente noble. MiIton. ¿Has leído a los griegos? Cuando un
hombre se sobrepasa los dioses lo castigan, rebajándolo. Se llama hybris. A mí
me dio muy fuerte. Cuando caía entre las nubes para visitarlos me sentía como
un dios. ¡Por Cristo! Era un dios. Y cuando me marché, de nuevo a través de las
nubes. Seguramente, para los hidranos soy un dios. Lo pensé en aquel momento:
formo parte de sus mitos, siempre contarán mi historia. El dios mutilado. El
dios martirizado. El ser que descendió hasta ellos y les hizo sentir tan
incómodos que tuvieron que arreglarlo. Pero...
- La jaula...
- ¡Déjame
terminar! - dijo vivamente Muller -. Como comprenderás, la verdad es que yo no
era un dios, sólo un ser humano podrido que tenía delirios de grandezas, y los
verdaderos dioses se ocuparon de darme una lección. Decidieron recordarme la
existencia del animal velludo dentro de las vestiduras de plástico... la
atención acerca del cerebro que hay bajo el majestuoso cráneo. De modo que
permitieron que los hidranos hicieran un astuto truco quirúrgico en mi cerebro,
una de sus especialidades, supongo. No sé si los hidranos fueron malvados por
gusto, o si te intentaron curarme de un defecto, de mi incapacidad para dejar
salir mis emociones. Trata de averiguarlo tú. Pero hicieron su trabajito. Y
entonces volví a la tierra. Un héroe y un leproso al mismo tiempo. Ponte cerca
de mi y te enfermas. ¿Por qué? Porque te recuerdo que tú también eres un animal,
cuando recibes una dosis de mí, y seguimos girando en nuestro interminable
círculo vicioso. Tú me odias porque aprendes cosas acerca de tu alma cuando te
aproximas a mí. Y yo te odio porque recibes eso de mí. ¿Lo ves? Soy un
transmisor de la peste y la peste que contagio es la verdad. Mi mensaje es que
la humanidad tiene mucha suerte, porque cada uno de sus miembros está encerrado
dentro de su propio cerebro. Porque si tuviéramos una gotita de telepatía,
simplemente la facultad inarticulada que tengo yo, seríamos incapaces de
soportarnos. La sociedad humana seria imposible. Los hidranos pueden llegar a
las mentes ajenas y, aparentemente, les gusta. Pero a nosotros no. Y por eso
digo que el hombre es el más despreciable del universo. ¡No puede soportar el
tufo de su propia raza, del alma de la razas!
- La jaula se
está abriendo - dijo Rawlings.
- ¿Qué? ¡Déjame
ver! - Muller se adelantó, dándole un empujón. Como no pudo hacerse a un lado
con rapidez, Rawlings recibió el embate más fuerte de la emanación. Esta vez no
fue tan doloroso. Recibió unas imágenes otoñales: hojas marchitas, flores
moribundas, un viento polvoriento, un crepúsculo temprano. Más tristeza que
angustia, a causa de la brevedad de la vida, de la necesidad de someterse a la
propia condición. Mientras tanto, Muller, olvidado de todo, observaba
atentamente los barrotes de alabastro de la jaula -. Ya se han retirado varios
centímetros. ¿Por qué no me avisaste?
- Lo intenté.
Pero no me escuchó.
- No. No. Mis
malditos soliloquios. - Muller rió -. Ned, hace años que estoy esperando ver
esto. ¡La jaula está moviéndose! Mira con qué suavidad lo hace, deslizándose en
la tierra. Es muy extraño, Ned. Nunca se había abierto dos veces en el mismo
año y aquí la tienes, abriéndose por segunda vez en una semana.
- Quizá usted
no lo notó y se ha abierto muchas veces - sugirió Rawlings -. Mientras dormía,
por ejemplo.
- Lo dudo.
¡Mira eso!
- ¿Por qué lo
estará haciendo ahora mismo?
- Enemigos por
todas partes - dijo Muller -. La ciudad ya me acepta como a un nativo; ¡he
estado tanto tiempo aquí! Pero debe de estar tratando de meterte en una jaula.
Un hombre. El enemigo.
La jaula estaba
completamente abierta. No había ni rastro de los barrotes, excepto la hilera de
agujeros en el pavimento.
- ¿Alguna vez
ha tratado de poner algo en las jaulas? - preguntó Rawlings -. ¿Animales?
- Si. Una vez
arrastré una enorme bestia muerta dentro de una jaula. No pasó nada. Luego puse
animales pequeños, vivos. No pasó nada. - Frunció el ceño -. Una vez pensé
entrar yo mismo en la jaula, para ver si se cerraba automáticamente cuando
sentía a un ser humano. Pero no lo hice. Cuándo estás solo no haces
experimentos de esa clase.
Se detuvo un
momento y preguntó:
- ¿No te
gustaría ayudarme en un pequeño experimento, Ned?
Rawlings contuvo
el aliento. El aire ligero se transformó súbitamente en fuego dentro de su
pulmones.
- Solo tienes
que entrar en la alcoba y esperar un par de minutos - dijo Muller en voz baja
-. Veremos si la jaula se cierra sobre ti. Es importante saberlo.
- Y si se cierra
- dijo Rawlings, tomándolo a broma -, ¿tiene la llave para dejarme salir?
- Tengo algunas
armas. Siempre podremos cortando los barrotes con un láser.
- Eso es
destructivo. Me advirtió que no destruyera nada aquí.
- A veces hay
que destruir para aprender. Vamos, Ned. Entra en la alcoba.
La voz de
Muller se volvió extraña y sin relieve. Estaba semiagachado, las manos en los
lados, las puntas de los dedos apoyadas en las caderas. «Como si estuviera a
punto de arrojarme dentro de la Jaula», pensó Rawlings.
En voz baja,
Boardman habló en su oído:
- Haz lo que te
pide, Ned. Entra en la jaula. Muestra que tienes confianza en él.
«Tengo
confianza en él - se dijo Rawlings, pero no tengo confianza en la jaula»
Tuvo unas
incómodas visiones del suelo de la jaula hundiéndose en cuanto los barrotes
volvieran a su sitio, de sí mismo arrojado en algún pozo de ácido o lago de
fuego subterráneo. «El cubo de la basura para los enemigos atrapados. ¿Qué
seguridad puedo tener de que no es así?»
- Hazlo, Ned - murmuró Boardman.
Fue un gesto
grandioso y tonto. Rawlings pasó sobre la hilera de orificios y se detuvo con
la espalda apoyada en la pared. Casi inmediatamente, los barrotes se levantaron
y se cerraron por sobre su cabeza. El sitio parecía sólido. Ningún rayo de la
muerte se disparó sobre él. Sus peores temores no se concretaron, pero estaba
prisionero.
- Fascinante -
dijo Muller -. Funciona con seres inteligentes. Cuando la probé con animales no
pasó nada, vivos o muertos. ¿Qué te parece eso, Ned?.
- Me alegro de
haber podido ayudarle en sus investigaciones. Pero estaría más contento si
pudiera salir ahora.
- No puedo
controlar los movimientos de los barrotes.
- Dijo que los
abriría con un láser.
- Pero ¿por qué
tanta prisa en destruir algo? Será mejor que aguardemos un poco. Quizá los
barrotes se abrirán nuevamente, por su propia voluntad. Estás perfectamente
seguro ahí dentro. Si deseas comer, te traeré alimentos. ¿Tu gente se alarmará
si no vuelves cuando anochezca?
- Les enviaré
un mensaje - dijo tristemente Rawlings -. Pero espero estar fuera a esa hora.
- No te pongas
nervioso - aconsejó Boardman -. Si es necesario, nosotros mismos te sacaremos
de ahí. Es importante seguirle la corriente a Muller en todo, hasta que tengas
una verdadera amistad con él. Si me oyes, tócate la barbilla con la mano
derecha.
Rawlings llevó
su mano derecha hasta el mentón.
- Fue un gesto
muy valeroso, Ned - dijo Muller -. O muy tonto. A veces no estoy muy seguro de
que exista una diferencia. Pero, de todos modos, te estoy muy agradecido. Tenía
que saber cómo funcionan estas jaulas.
- Me alegro de
haber sido útil. Ya ve que los seres humanos no son tan monstruosos.
-
Conscientemente, no. Lo feo es el sedimento que llevan dentro. Permíteme que te
lo recuerde. - aproximó a la jaula y cogió los pulidos barrotes, blancos como
huesos. Rawlings sintió que la emanación se intensificaba -. Eso es lo que está
dentro del cráneo. Por supuesto, yo mismo nunca lo he sentido. Puedo
extrapolarlo de las reacciones ajenas. Debe de ser asqueroso.
- Creo que yo podría
acostumbrarme - dijo Rawlings, y se sentó, con las piernas cruzadas. ¿Trató de
librarse de eso cuando volvió a la Tierra desde Beta Hydri IV?
- Hablé con los
cirujanos. No podían ni imaginar qué cambios habían efectuado en mi flujo
neural y, por lo tanto, no podían ni pensar cómo arreglar las cosas. Bonito,
¿eh?
- ¿Cuánto
tiempo se quedó en la tierra?
- Unos pocos
meses. El tiempo suficiente para descubrir que todos los seres humanos que yo
conocía se ponían verdes después de estar unos minutos cerca de mí. Empecé a
hundirme en la autocompasión y en el autodesprecio, que son más o menos lo
mismo. Iba a suicidarme, ¿sabes?, para que el mundo dejara de sufrir.
- No lo creo -
dijo Rawlings -. Algunos hombres son incapaces de suicidarse. Y usted es uno de
ellos.
- Eso fue lo
que descubrí..., y muchas gracias. Como verás, no me suicidé. Probé algunas
drogas fantasiosas y luego probé la bebida y luego traté de vivir
peligrosamente. Y al final, seguía vivo. Entré y salí de cuatro sanatorios
psiquiátricos en un mes. Intenté usar un casco de plomo acolchado para detener
las radiaciones; era como intentar coger neutrinos con un cubo. Una vez
provoqué el pánico en un prostíbulo de Venus. Todas las chicas salieron
corriendo desnudas cuando empezaron los gritos. - Muller escupió -. ¿Sabes?,
siempre pude prescindir de la sociedad. Cuando estaba entre la gente me sentía
feliz, era cordial tenía éxito. No era un artículo tan bien terminado; risueño
como tú, desbordante de bondad y nobleza, pero podía relacionarme con los demás
y actuar sin problemas. Luego me iba de viaje por un año y medio y no veía a
nadie; eso también me gustaba. Sin embargo, cuando ví que había quedado aislado
de la sociedad para siempre, me di cuenta de que, después de todo, la
necesitaba. Pero eso ya pasó. Ya superé esa necesidad. Puedo pasar cien años
solo y nunca echaré de menos a nadie. Me he adiestrado para ver a la humanidad
como la humanidad me ve a mí: como una cosa asquerosa, viscosa, mutilada y
agazapada, que es mejor evitar. Podéis iros al diablo. No os debo nada, a
ninguno; ni siquiera amor. No tengo obligaciones. Podría dejarte pudriéndote en
esa jaula, Ned, y no me sentiría inquieto. Pasaría frente a la jaula dos veces
por día y sonreiría a tu calavera. No es que sienta odio; no os odio, ni a ti
ni a la galaxia que está llena de gente como tú. Es, simplemente, que os
desprecio. No sois nada para mí. Menos que nada. Sois basura. Os conozco,
ahora, y vosotros me conocía a mí.
- Habla como si
perteneciera a otra raza - dijo Rawlings, maravillado.
- No.
Pertenezco a la raza humana. Soy el ser más humano que existe, porque soy el
único que no puede ocultar su humanidad. ¿La sientes? ¿Recibes su fealdad? Lo
que está dentro de mí está también dentro de ti. Ve con los hidranos; te
ayudarán a liberarlo y entonces la gente huirá de ti igual que huye de mí.
Hablo en nombre de los hombres. Digo la verdad. Soy la calavera que hay detrás
de la cara. Soy los intestinos ocultos. Soy la basura que fingimos ignorar,
toda la sucia parte animal, la lascivia, los pequeños odios, las envidias, las
enfermedades. Y soy el que pretendía ser un dios. Hybris. Me recordaron qué
soy, en realidad.
- ¿Por qué
decidió venir a Lemnos? - preguntó Rawlings en voz baja.
- Un hombre que
se llama Charles Boardman me metió la idea en la cabeza.
Rawlings dio un
respingo ante la mención del nombre.
- ¿Le conoces?
- preguntó Muller.
- Bueno... sí.
Claro. Es... es un hombre muy importante dentro del gobierno.
- Desde luego.
¿Sabes que fue Boardman quien me envió a Beta Hydri IV? No, no me engañó; no
tuvo que persuadirme con sus métodos hipócritas. Me conocía muy bien.
Simplemente, explotó mi ambición. «Hay un mundo habitado por seres
inteligentes, y queremos que un hombre lo visite. Probablemente sea una misión
suicida, pero será el primer contacto del hombre con otra especie inteligente;
¿te interesa?» Y, por supuesto, fui. El sabía que yo no podría resistir
semejante oferta. Y luego, volví, en este estado, trató de evitarme durante un
tiempo, porque no podía soportarme, o porque no podía soportar sus sentimientos
de culpa. Finalmente lo atrapé y le dije: «Mírame, Charles, así soy ahora,
¿adónde puedo ir, qué puedo hacer?» Me acerqué a él. A esta distancia. Su cara
cambió de color. Tuvo que tomar píldoras. Podía ver la náusea en sus ojos. Y me
recordó el laberinto de Lemnos.
- ¿Por qué?
- Me lo ofreció
como un buen escondite. No sé si estaba siendo cruel o bondadoso. Supongo que
pensó que moriría intentando entrar; hubiera sido un buen final para un tipo
como yo, o por lo menos, un final mejor que un trago de carnífago y disolverse
por una tubería. Por supuesto, dije a Boardman que ni pensarlo. Quería
disimular mi rastro. Grité y dije que lo último que haría en el mundo sería
venir aquí. Luego pasé un mes en los muelles subterráneos de Nueva Orleáns y
cuando volví a la superficie alquilé una nave y me vine. Usé el máximo posible
de tácticas de desviación, para asegurarme de que nadie conocía mi verdadero
destino. Boardman tenía razón. Este era el lugar.
- ¿Cómo hizo
para entrar en el laberinto? - preguntó Rawlings.
- Pura mala
suerte.
- ¿Mala suerte?
- Estaba
tratando de morir de forma gloriosa - dijo Muller -. No me importaba
sobrevivir. Simplemente entré y me dirigí al centro.
- ¡No puedo
creerlo!
- Bueno, es más
o menos cierto. El problema, Ned, es que soy de los que sobreviven. Es un don
innato; quizá sea algo paranormal. Poseo excelentes reflejos. Tengo una especie
de sexto sentido, como un dios. Además, mi instinto de supervivencia está muy
bien desarrollado. Y tenía detectores de masa y algunas otras herramientas
útiles. De modo que entré en el laberinto y cada vez que veía un cadáver tirado
por allí miraba con más atención que de costumbre y me detenía cuando me
parecía que mi visualización del lugar empezaba a fallar. Estaba convencido de
que moriría en la zona H. Quería morir. Pero quiso la suerte que triunfara
donde todos los demás habían fracasado; supongo que fue porque me daba igual.
Eso hizo desaparecer las angustias. Me movía como un gato, con todos los
músculos en tensión; de algún modo pasé por las partes más duras del laberinto,
lamentándolo bastante, y aquí estoy.
- ¿Ha salido
alguna vez?
- No. De vez en
o voy hasta la zona E, donde están tus amigos. También fui dos veces a F. Pero
casi siempre estoy en las tres zonas Interiores. He acomodado todo muy bien
Tengo una alacena radiactiva para mi provisión de carne, un edificio que uso
como biblioteca, un lugar donde guardo mis cubos y también hago un poco de
taxidermia en otro edificio. Voy de caza con frecuencia. Y examino el laberinto,
tratando de descubrir la forma en que funciona. He dictado varios cubos de
memorias acerca de mis descubrimientos. Apuesto a que a tus amigos les
encantaría recibir esos cubos.
- No dudo de
que nos enseñarían muchas cosas - dijo Rawlings.
- Seguro que
sí, los destruiré antes de permitir que nadie los vea. ¿Tienes hambre, chico?
- Un poco.
- No te vayas.
Te traeré el almuerzo.
Muller se fue,
andando a zancadas, hasta los edificios más próximos y desapareció. Rawlings
dijo en voz baja:
- Esto es horrible,
Charles. Es evidente que está loco.
- No estés tan
seguro - replicó Boardman -. No hay duda de que nueve años de aislamiento
pueden afectar el equilibrio mental y la última vez que vi a Muller no parecía
muy equilibrado. Pero puede estar jugando contigo..., fingiendo estar loco para
comprobar tu buena fe.
- ¿Y si no es
eso?
- Considerando
lo que queremos de él, no importa que se haya vuelto loco. Hasta puede ser
útil.
- No entiendo.
- No hace falta
- dijo Boardman apaciblemente -. No te pongas nervioso, lo estás haciendo muy
bien, por ahora.
Muller volvió,
trayendo un plato de carne y una hermosa copa de cristal llena de agua.
- Es lo mejor
que puedo ofrecerte - dijo, empujando un trozo de carne entre los barrotes -.
Un mal local. Comes alimentos sólidos, ¿verdad?
- Sí.
- A tu edad, lo
suponía. ¿Cuántos años dijiste que tenías? ¿Veinticinco?
- Veintitrés.
- Eso es aún
peor. - Muller le dio el agua. Tenía un agradable sabor, o ausencia de sabor.
Muller se sentó frente a la jaula y comió en silencio. Rawlings notó que el
efecto de la emanación ya no parecía tan molesto, aun a menos de cinco metros
de distancia. «Es obvio que uno se va habituando, pensó. Si uno quiere
intentarlo.»
Después de un
rato, Rawlings dijo:
- Dentro de
unos días, ¿querrá salir y conocer a mis compañeros?
- De ninguna
manera.
- Les
interesaría mucho hablar con usted.
- No tengo
interés en hablar con ellos. Prefiero hablar con animales salvajes.
- Pero habla
conmigo - señaló Rawlings.
- Por
novelería. Y porque tu padre era un buen amigo mío. Y porque, considerando lo
que son los seres humanos, eres bastante aceptable. Pero no quiero verme
rodeado por una masa de arqueólogos con ojos de cucaracha.
- Bueno, podría
conocer a dos o tres - sugirió Rawlings -. Hacerse a la idea de estar de nuevo
con la gente.
- No.
- No entiendo
por qué...
Muller le
Interrumpió:
- Espera un
momento. ¿Por qué tendría que hacerme a la idea de estar de nuevo con la gente?
Incómodo,
Rawlings dijo:
- Bueno, porque
hay gente aquí, porque no es bueno estar demasiado aislado de...
- ¿Estás
planeando alguna jugada sucia? ¿Quieres atraparme y sacarme del laberinto?
Vamos, vamos, muchacho, dime qué idea tienes en tu pequeño cerebro. ¿Qué
razones hay para que quieras volver a acostumbrarme a la compañía de los
hombres?
Rawlings
vaciló. En el incómodo silencio Boardman habló velozmente, proporcionándole la
insidia de que carecía, haciendo de apuntador. Rawlings escuchó e hizo lo que
pudo.
- Me está
transformando en un intrigante, Dick. Pero le juro que no tengo ningún plan
siniestro. Admito que he estado tratando de ablandarle, de hacerle sentir más
alegre, de hacerme amigo suyo; será mejor que le diga por qué.
- ¡Será mejor
que lo hagas!
- Es a causa de
las investigaciones arqueológicas. Sólo podremos quedamos unas semanas en
Lemnos. Usted ha estado aquí..., son nueve años, ¿verdad? Sabe tanto de este
lugar, Dick, y creo que es injusto que guarde esos conocimientos para usted
solo. De modo que he estado tratando de que se sienta cómodo y sea amigo mío
para que luego, quizá, venga a la zona E, hable con los demás, responda a sus
preguntas y les explique lo que sabe del laberinto.
- ¿Es injusto
que guarde esos conocimientos?
- Bueno; sí.
Esconder conocimiento es lamentable.
- ¿Es justo que
la humanidad me llame sucio y huya de mí?
- Eso es
diferente - dijo Rawlings -. Está más allá de toda justicia. Usted está en un
estado..., un estado poco afortunado, que no mereció y todo el mundo siente
mucho que esté así, pero, por otra parte, seguramente se da cuenta de que desde
el punto de vista de los otros seres humanos es muy difícil tener una actitud
indiferente hacia su... su...
- Hacia mi
hedor - completó Muller -. Muy bien. Es bastante difícil soportar mi presencia.
Por lo tanto, estoy muy dispuesto a ahorrársela a tus amigos. Quítate de la
cabeza la idea de que hablaré con ellos, o beberé té con ellos o tendré algo
que ver con ellos. Y el hecho de que te haya concedido el privilegio de
molestarme es irrelevante. Además, ya que estoy instruyéndote, quiero
recordarte que mi poco afortunado estado fue merecido. Me lo gané metiendo las
narices en lugares donde no tenía nada que hacer y pensando que por ir a esos
lugares era más que humano. Hybris. Ya te había dicho la palabra.
Boardman
continuaba dándole instrucciones. Rawlings continuó hablando, con el acre gusto
de la mentira en la lengua:
- No lo culpo
por estar amargado, Dick. Pero sigo pensando que está mal que nos rehúse
información. Quiero decir..., recuerde sus tiempos de viajero. Si aterrizaba en
un planeta y alguien tenía la información vital que usted habla ido a buscar,
¿no hubiera hecho cualquier esfuerzo por obtener esa información? Aunque la
otra persona hubiera tenido ciertos problemas personales que...
- Lo siento -
dijo Muller - Ya no me Importa.
Y se alejó,
dejando a Rawlings solo en la jaula, con dos trozos de carne y la copa de agua
casi vacía.
Cuando Muller
se perdió de vista, Boardman dijo:
- Sin duda es
muy susceptible. Pero nunca esperé dulzura de él. Le estás conmoviendo, Ned.
Eres la mezcla justa de astucia e ingenuidad.
- Y estoy en
una jaula,
- Eso no es
grave. Podemos enviar un robot para que te libere si la jaula no se abre
pronto.
- Muller no va
a colaborar - murmuró Rawlings - parece lleno de odio, le sale por todas
partes. Nunca va a cooperar. Nunca había visto tanto odio en un hombre.
- Tu no sabes
qué es el odio - dijo Boardman -. Y él tampoco. Te digo que todo va bien. Es
lógico que haya tropiezos, pero el hecho de que hable contigo es muy importante
en sí mismo. No quiere estar lleno de odio. Dale una pequeña oportunidad de
dejar su postura indiferente y lo hará
- ¿Cuándo
enviará la sonda a liberarme?
- Más tarde -
dijo Boardman -. Si es necesario.
Muller no
regresó. La tarde se volvió oscura y el aire más frío. Rawlings se acurrucó,
incómodo, en la jaula. Trató de imaginar la ciudad cuando estaba viva, cuando
aquella jaula se usaba para recibir los prisioneros capturados en el laberinto.
Con los ojos de la mente vio un tropel de los constructores de la ciudad, bajos
y gruesos, con matas de pelo cobrizo y cutis verdoso, agitando sus largos
brazos y señalando hacia la jaula y en la jaula, acurrucada, una cosa parecida
a un escorpión gigante, con color cera que rascaba los bloques de piedra del
pavimento, y ojos salvajes y una peligrosa cola que aguardaba a cualquiera que
se pusiese a su alcance. Una música estridente resonaba en la ciudad. Risas
extrañas. El cálido hedor a almizcle de los pobladores. Niños escupiendo a la
cosa de la jaula. Sus salivazos eran como llamaradas. Luz de luna brillante;
sombras danzando. Una criatura atrapada, horrible y malevolente, echando de
menos a sus hermanos, a su colmena en un mundo de Alpheca o Markab, donde unos
seres cerúleos con cola se movían por unos túneles brillantes. Durante muchos
días los constructores de la ciudad vinieron, se burlaron, reprocharon. La
criatura de la jaula no aguantaba más sus cuerpos macizos y su dedos de araña
que se enredaban, sus caras chatas y sus colmillos salientes. Y llegó un día en
que el suelo del laberinto cedió, porque estaban fatigados del cautivo del otro
mundo, y éste cayó, agitando furiosamente la cola, en un pozo lleno de
cuchillos.
Era de noche.
Rawlings no había sabido nada de Boardman en las últimas horas. No había visto
a Muller desde las primeras horas de la tarde. Rawlings estaba desarmado. Había
animales en la plaza, animales pequeños que no tenían más que dientes y garras.
Estaba dispuesto a pisotear a cualquier bestia que se deslizara entre los
barrotes de la jaula.
Sentía frío y
hambre. Miró hacia la oscuridad, tratando de distinguir a Muller. Aquello ya
era demasiado.
- ¿Me oye? -
preguntó a Boardman
- Te sacaremos
pronto.
- Sí. ¿Pero?
- Mandamos una
sonda, Ned.
- Una sonda
tendría que llegar aquí en quince minutos. Estas zonas no son peligrosas.
Boardman tardó
en responder:
- Muller
interceptó la sonda y la destruyó hace una hora.
- ¿Por qué no
me lo había dicho?
- Hemos enviado
varias sondas simultáneamente - dijo Boardman -. Muller no podrá interceptarlas
a todas. Todo va muy bien, Ned. No estás en peligro.
- Hasta que
pase algo - repitió Rawlings - lúgubremente.
Pero no
Insistió. Hambriento, con frío, se tendió, apoyándose en la pared y esperó. Vio
como un animal pequeño y ágil acechaba y mataba a otro mucho más grande a cien
metros de distancia, en la plaza.
Vio como las
hienas llegaban corriendo para arrancar trozos de carne ensangrentada. Oyó los
sonidos de la carne lacerada y tironeada. Su área de visión estaba parcialmente
obstruida y torcía el cuello tratando de ver el robot que lo liberaría. Pero no
apareció ningún robot.
Se sintió como
la víctima de un sacrificio, empalado y aguardando la muerte.
Los devoradores
de carroña habían terminado su trabajo. Atravesaron la plaza y se acercaron a
él; se parecían a comadrejas con grandes cabezas ahusadas y patas en forma de
remos, de las que salían unas garras amarillentas y abultadas. Tenían las
pupilar rojas sobre un fondo amarillo. Lo estudiaron con interés, solemnes y
pensativos. Había espesas manchas de sangre en sus hocicos.
Se aproximaron
más. Un hocico largo y estrecho se metió entre dos barrotes. Rawlings le dio
una patada. El hocico se retiró. A su izquierda penetró otro. Luego hubo tres.
Y entonces las Comadrejas comenzaron a entrar en la jaula por todos lados.
Capítulo IX
1
Boardman se
había preparado un confortable nidito en el campamento de la zona F. A su edad,
no pedía excusas. Nunca había sido un espartano, y el precio que cobraba por
sus peligrosos y agotadores viajes era la posibilidad de llevar consigo sus
placeres. Los robots habían traído sus pertenencias de la nave. Bajo la curva
blanco lechosa de la cúpula tensada a presión, había arreglado un sector
privado con calefacción radiante, cortinas fosforescentes, un supresor de
gravedad y hasta una consola de licores. El café y otras delicias nunca estaban
muy lejos. Dormía en un cómodo colchón inflable, cubierto por una gruesa manta
roja rellena de fibras precalentadas. Sabía que los demás integrantes del
campamento, que se las arreglaban con mucho menos, no le guardaban rencor;
sabían que Charles Boardman lo pasaba bien estuviera donde estuviera.
Greenfield
entró.
- Hemos perdido
otro robot, señor - dijo secamente -. Ahora sólo quedan tres en las zonas
interiores.
Boardman colocó
la cabeza de ignición en la punta de su puro. Inhaló el humo durante unos momentos,
cruzó y descruzó las piernas, exhaló el humo y sonrió.
- ¿Muller
también va a cazar esos tres?
- Creo que sí.
Conoce las rutas de acceso mejor que nosotros. Y las cubre todas.
- ¿Y no han
enviado robots por rutas que no hayamos explorado?
- Dos, señor.
Fueron destruidos.
- Hummn. Será
mejor enviar una buena cantidad de sondas al mismo tiempo y confiar en que una,
por lo menos, podrá evitar a Muller. Ese chico está un poco harto de estar en
la jaula. Por favor, cambie el programa. El cerebro es capaz de cambiar las
tácticas si se le indica. Digamos que veinte sondas que entren simultáneamente.
- No tenemos
más que tres - dijo Greenfield.
Boardman mordió
convulsivamente su puro.
- ¿Tres aquí,
en el campamento, o tres en total?
- Tres en el
campamento. Y cinco más fuera del laberinto que están entrando ahora.
- ¿Y quién
permitió que sucediera esto? ¡Llame a Hosteen! ¡Ponga en
funcionamiento a esos patrones! ¡Quiero que mañana por la mañana haya cincuenta
sondas! ¡Qué estupidez, Greenfield!
- Sí, señor.
- ¡Váyase!
- Sí, señor.
Boardman chupó
el cigarro, furioso. Marcó, pidiendo coñac, ese producto rico, espeso y viscoso
que destilaban los padres prolepticalistas en Deneb XIII.
La situación se
estaba poniendo exasperante. Vació de un golpe la mitad del coñac que había en
su copa, jadeó y volvió a llenarla. Sabía que estaba a punto de perder la
perspectiva... y ése era el peor de los pecados. La complejidad de la misión le
estaba agotando. Todos los pasos cautelosos, las pequeñas complicaciones, los
esmerados acercamientos a la finalidad propuesta. Rawlings en la jaula.
Rawlings y sus conflictos morales. Muller y su visión neurótica del mundo.
Animalitos que te mordisqueaban los talones mientras contemplaban pensativos tu
garganta. Las trampas que habían construido esos demonios. Y los
extragalácticos que aguardaban, con sus ojos como platos y sus sentidos
radiales; para ellos, alguien como Charles Boardman no era más que un vegetal
muerto. La sentencia de muerte suspendida sobre la humanidad. Boardman sacudió
la ceniza de su puro y miró asombrado lo que quedaba de él. La cabeza de
ignición no funcionaba. Se inclinó hacia adelante, extrajo un rayo de
infrarrojos del generador portátil y volvió a encenderlo, chupando
enérgicamente para asegurar la combustión. Con un gesto petulante de la mano,
reactivó la comunicación con Ned Rawlings.
La pantalla
mostró el claro de luna, los barrotes y unos hocicos peludos llenos de dientes.
- ¿Ned? - dijo
-. Soy Charles. Ya te hemos enviado las sondas. Te sacaremos de esa estúpida
jaula dentro de cinco minutos, ¿lo oyes? ¡cinco minutos!
2
Rawlings estaba
muy ocupado.
Casi resultaba
gracioso. El flujo de pequeños animales era muy abundante. Llegaban y
olfateaban entre los barrotes, en grupos de dos y de tres, comadrejas, hurones,
visones o lo que fueran, todos dientes y ojos. Pero eran comedores de carroña,
no cazadores. Sólo Dios sabía por qué se acercaban a la jaula. Se amontonaban
alrededor de Rawlings, rozándole los tobillos con sus pieles toscas, lo
arañaban, lo pateaban, le clavaban las garras, mordisqueaban sus tobillos.
Pisoteaba.
Aprendió rápidamente que una bota apoyada justo detrás de la cabeza podía
partir una columna vertebral rápida y eficazmente. Luego con una veloz patada
enviaba a su víctima a un rincón de la jaula, donde los demás lo devoraban
prontamente. Rawlings trabajaba siguiendo un ritmo: vuélvete, pisa, patea.
Vuélvete, pisa, patea. Vuélvete, pisa, patea.
Pero, con todo,
lo estaban lastimando mucho.
Durante los
primeros cinco minutos apenas si tuvo tiempo de tomar aliento. Vuélvete, pisa,
patea. En ese tiempo mató a unos veinte. En el fondo de la jaula había un
montón de cadáveres alrededor de los cuales sus camaradas se disputaban los
bocados más tiernos. Llegó un momento en que todos los animales que habían
entrado en la jaula estaban ocupados con sus congéneres fallecidos y no se
veían refuerzos en el exterior. Rawlings tuvo un respiro. Se agarró a los
barrotes con una mano y levantó la pierna izquierda para examinar la miscelánea
de cortes, mordiscos y arañazos. «¿Te darán una medalla estelar póstuma si
mueres de rabia?» Su pierna estaba ensangrentada de la rodilla hasta el pie y
las heridas, aunque no eran profundas, ardían y eran dolorosas. De golpe,
comprendió por qué habían ido allí los comedores de carroña. Mientras
descansaba tuvo tiempo de respirar hondo y olfateó el penetrante olor de la
carne podrida. Casi podía verlo: el enorme cadáver de una bestia, abierto en la
panza, exhibiendo los pegajosos órganos internos, unas grandes moscas negras girando
por encima y quizá uno o dos gusanos circunnavegando el Monte de carne...
Allí no había
nada podrido. Los animales muertos no habían tenido tiempo de descomponerse y,
de todos modos, ya no quedaban más que unos pocos huesos roídos.
Rawlings
comprendió que se trataba de una ilusión olfativa; una trampa creada por la
jaula, evidentemente. La jaula transmitía olor a podrido. ¿Por qué? Obviamente,
para atraer a las comadrejas. Una refinada forma de tortura. Se preguntó si
Muller no habría sido el responsable, yendo al centro de control cercano a
conectar el olor.
No tuvo más
tiempo para la contemplación. Un batallón de refresco atravesaba la plaza a
toda velocidad en hacia la jaula .Parecían un poco mayores, aunque no tanto
como para no pasar entre los barrotes, y sus colmillos tenían un brillo de
sable a la luz de las lunas. Apresuradamente, Rawlings desnucó a tres de los
saciados caníbales que estaban en su jaula y, en un maravilloso rapto de
inspiración, los hizo pasar entre los barrotes y los arrojó a ocho o diez
metros de la jaula. Muy bien. Los recién llegados se detuvieron, resbalando, y
comenzaron inmediatamente a devorar los cuerpos agonizantes que se retorcían
delante de ellos. Sólo unos pocos se molestaron en entrar en la jaula, y
llegaron lo suficientemente espaciados como para que Rawlings tuviera la
posibilidad de atraparlos por turno y arrojarlos fuera para alimentar a la
nueva horda. «A este ritmo - pensó -, si no llegan otros podré deshacerme de
todos.»
Afortunadamente,
dejaron de llegar. A esas alturas, había matado setenta u ochenta animales. El
tufo de la matanza cubría el hedor sintético de la jaula; a causa de la batalla
le dolían las piernas y su cabeza giraba como la de un borracho. Pero, por fin,
la noche se había vuelto pacífica. Algunos cuerpos que conservaban la piel y
otros que no eran más que un armazón de huesos yacían en un amplio círculo
frente a la jaula. Un charco espeso y oscuro de sangres mezcladas manchaba una
docena de metros cuadrados. Los pocos sobrevivientes se marcharon lentamente,
su glotonería ya saciada, sin intentar siquiera amenazar al ocupante de la
jaula. Cansado, sin fuerzas, a punto de reír o de llorar, Rawlings se aferró a
los barrotes sin mirar sus piernas que latían bañadas en sangre, las sentía
febriles. Se imaginó a unos extraños microorganismos soltando sus valiosos
cargamentos en su torrente. Por la mañana sería un cadáver púrpura e hinchado,
un mártir del exceso de astucia, del extravío de Charles Boardman ¡Qué idiotez
había sido meterse en esa jaula! ¡Qué forma tan estúpida de ganar la confianza
de Muller! Pero la jaula tenía alguna utilidad, comprendió súbitamente
Rawlings.
Tres enormes
bestias se encaminaban hacia él desde tres direcciones diferentes. Andaban como
leones, pero tenían el aspecto de jabalíes: eran criaturas alargadas, con lomos
fuertes, de unos cien kilos de peso. Sus cabezas eran piramidales; sus bocas
estrechas soltaban babas y tenían dos juegos de dos ojos estrábicos y pequeños,
a ambos lados de la cabeza, debajo de sus orejas caídas. Unos colmillos
curvados hacia abajo interceptaban los caninos más pequeños y filosos que
nacían en sus poderosas mandíbulas.
Los tres
monstruos se inspeccionaron uno a otro con aire desconfiado y realizaron una
compleja serie de evoluciones circulares que mostraban con toda claridad el
problema de los tres predadores, mientras trotaban e intentaban demarcar sus
respectivos territorios. Rozaron un momento el montón de cadáveres, pero era
evidente que no comían carroña; estaban buscando carne viva y su desdén por los
cuerpos deshechos y semidevorados era evidente. Cuando dieron por terminada su
inspección se volvieron para contemplar a Rawlings, parados de tres cuartos de
perfil, de modo que cada uno lo miraba fijamente con un par de ojos. Rawlings
se alegró de contar con la protección de la jaula. No le hubiera gustado estar
fuera, agotado y sin protección, con aquellos tipos recorriendo la ciudad en
busca de la cena.
Y, por
supuesto, en ese momento los barrotes de la jaula comenzaron a retirarse.
3
Muller, que
llegó justo en ese momento, observó la totalidad de la escena. Se detuvo
brevemente para admirar la seductora desaparición de los barrotes en los
agujeros del suelo. Contempló a los tres cerdos hambrientos y el perfil
aturdido y ensangrentado de Rawlings de pie frente a ellos, súbitamente
indefenso.
- ¡Agáchate! -
gritó Muller.
Rawlings se
agachó: corrió cuatro pasos hacia la izquierda, resbaló en el pavimento
cubierto de sangre y aterrizó sobre un montón de pequeños cadáveres que estaban
tirados en la calle. En ese mismo momento, Muller disparó sin molestarse en
conectar el visor manual; aquellos animales no eran comestibles. Tres rápidos
golpes tumbaron a los jabalíes; no volvieron a moverse. Muller se dirigió hacia
Rawlings, pero, en ese momento, uno de los robots del campamento de la zona F
apareció, deslizándose alegremente hacia ellos. Muller maldijo en voz baja.
Sacó el globo destructor del bolsillo y dirigió la abertura hacia el robot. La
sonda volvió su inexpresivo cabeza a Muller mientras éste disparaba.
El robot se
desintegró. Rawlings había logrado ponerse de pie.
- No debía
haberío destruido - dijo, ofuscado -. Venía a ayudarme.
- No
necesitabas ayuda - dijo Muller -. ¿Puedes andar?
- Creo que sí.
- ¿Estás
malherido?
- Me han
mordisqueado; eso es todo. No estoy tan mal como parece.
- Ven conmigo -
dijo Muller. Ya había más comedores de carroña en la plaza, que habían sido
convocados por el misterioso telégrafo de la sangre. Unos bichos pequeños y
llenos de dientes estaban realizando un trabajo concienzudo en los tres
jabalíes. Rawlings se tambaleaba y parecía hablar solo. Olvidando su emanación,
Muller lo tomó del brazo; Rawlings dio un respingo y se soltó, pero luego, como
si se arrepintiera de haber sido grosero, dio el brazo a Muller. Cruzaron la
plaza juntos. Rawlings temblaba y Muller no supo si se sentía mal a causa de su
aventura o por la ruidosa proximidad de una mente al desnudo.
- Aquí - dijo
Muller secamente.
Entraron en la
celda hexagonal donde guardaba su diagnosticador. Muller selló la puerta y
Rawlings se dejó caer pesadamente en el suelo desnudo. Sus cabellos rubios
estaban pegados a su frente por el sudor. Su mirada era inquieta y tenía las
pupilas dilatadas.
- ¿Cuanto
tiempo duró el ataque? - preguntó Muller.
- Quince,
veinte minutos. No lo sé. Eran cincuenta, o cien. Les rompía la nuca. Hacían un
ruido cascado, ¿sabe?, como cuando uno rompe una ramita. Y luego la jaula se
retiró - Rawlings rió histéricamente -. Esa fue la parte mejor. Justo había
terminado de liquidar a esos pequeños bastardos y estaba recuperando el aliento
y entonces llegaron los tres monstruos y, claro, la jaula se desvaneció y...
- Tranquilo -
dijo Muller -. Hablas tan rápido que no te entiendo. ¿Puedes quitarte las
botas?
- Lo que queda
de ellas.
- Sí. Quítatelas
y remendaremos tu piernas. En Lemnos hay una gran abundancia de bacterias
infecciosas. Y protozoarios, y algas y tripanosomas, por lo que sé.
Rawlings trató
de abrir los corchetes.
- ¿Puede
ayudarme? Me parece que no puedo...
- Si me acerco
no te gustará - advirtió Muller.
- ¡Al diablo
con eso!
Muller se
encogió de hombros. Se aproximó a Rawlings y manipuló los cierres de resorte de
las botas. Los refuerzos metálicos estaban llenos de marcas de dientecitos, las
botas y las piernas también. En unos momentos, Rawlings fue despojado de botas
y polainas. Yacía en el suelo haciendo muecas y tratando de parecer heroico.
Sus piernas estaban en mal estado, aunque ninguna de las heridas parecía grave;
lo malo era que había muchas. Muller puso en marcha el diagnosticador. Las
lámparas brillaron y el canal receptor indicó que el paciente debía acercarse.
- Es un modelo
antiguo - dijo Rawlings -. No sé cómo se usa.
- Coloca las
piernas frente al examinador.
Rawlings giró
sobre si mismo. Una luz azul se movió sobre sus heridas. Las entrañas del
diagnosticador crujieron y chirriaron. Apareció una esponja, en el extremo de
un brazo articulado, que corrió suave y hábilmente sobre su pierna izquierda
hasta un punto situado justo encima de la rodilla. La máquina tragó la esponja
y empezó a digerirla, reduciéndola a sus elementos constitutivos, mientras otra
esponja limpiaba la pierna derecha. Rawlings se mordió el labio. Le estaban
aplicando un coagulante y un desinfectante, de modo que cuando las esponjas
terminaron su trabajo la sangre desapareció y los estrechos surcos y mordidas
quedaron a la vista. Tenían mal aspecto, pensó Muller, pero no tanto como
antes.
El
diagnosticador generó un nódulo ultrasónico e inyectó un líquido dorado en la
rabadilla de Rawlings. Un sedante, supuso Muller. Una segunda inyección, color
ámbar, era, probablemente, un antibiótico de espectro amplio, para evitar
Infecciones. Era evidente que Rawlings estaba más tranquilo. Una variedad de
brazos brotaron de varios sectores del aparato, inspeccionando con detalle las
lesiones de Rawlings y realizando las reparaciones necesarias. Se oyó un
zumbido y tres chasquidos. Luego el diagnosticador empezó a cerrar las heridas,
asegurándolas firmemente.
- Quédate
quieto - le dijo Muller -. Dentro de un par de minutos te sentirás bien.
- No tendría
que hacer esto - dijo Rawlings -. En el campamento tenemos suministros médicos
y a usted no deben sobrarle. Hubiese sido suficiente con dejar que la sonda me
llevara hasta el campamento y...
- No quiero que
esos robots anden arrastrándose por aquí. Y el diagnosticador tiene reservas
para cincuenta años más. Yo no enfermo con frecuencia. Puede sintetizar la
mayor parte de las cosas que necesita para tratarme. Mientras le suministre
protoplasma de vez en cuando, hace el resto.
- Pero
necesitará reemplazar los medicamentos especiales.
- No
necesariamente. No quiero favores. ¡Ah! Ya ha acabado contigo. Lo más probable
es que no queden cicatrices.
La máquina
soltó a Rawlings, que se apartó de ella y miró a Muller. El rostro del muchacho
estaba en calma. Muller se apoyaba contra la pared y frotaba sus omóplatos en
el sitio donde se juntaban dos caras del hexágono.
- No imaginé
que serías atacado por esos animales - dijo -. No te hubiese dejado solo tanto
tiempo. ¿No llevas arma?
- No.
- Esos animales
nunca atacan a seres vivos. ¿Por qué te atacaron a ti?
- Fue la jaula
- explicó Rawlings -. Empezó a emitir olor a carne podrida. Un señuelo. De
golpe, se me echaron encima. Creí que iban a comerme vivo.
Muller sonrió.
- Muy interesante.
De modo que la jaula está programada como trampa, además. Hemos obtenido
información útil de este pequeño incidente. No te imaginas qué interesado estoy
en esas jaulas. En cada una de las partes de este maravilloso lugar. El
acueducto. Los calendarios. El aparato que limpia las calles. Te estoy muy
agradecido por ayudarme a saber un poco más.
- Conozco otra
persona con la misma actitud - dijo Rawlings. - No le preocupa el riesgo o el
precio, siempre que la experiencia sirva para saber un poco más. Board...
Cortó la
palabra con un gesto brusco.
- ¿Quién?
-
Bordoni - dijo Rawlings -. Emili Bordoni, mi profesor de epistemología en la
universidad. Nos dio un curso maravilloso. En realidad era hermeneútica
aplicada, un curso sobre el arte de aprender.
- Eso es
heurística - corrigió Muller.
- ¿Está seguro?
A mí me parece que...
- Te equivocas
- dijo Muller -. Estás hablando con un experto. La hermeneútica es el arte de
la interpretación. Originalmente se aplicaba a las escrituras, pero ahora se
usa para todas las formas de comunicación. Tu padre lo hubiera sabido. Mi
misión ante los hidranos fue un experimento de hermeneútica aplicada. No tuvo
éxito.
- Heurística.
Hermenéutica. - Rawlings rió -. Bueno, de todos modos me alegro de haberle
ayudado a aprender algo sobre las jaulas. Mi buena obra heurística. Espero
haber cubierto el cupo por el momento.
- Supongo que
sí - dijo Muller. De algún modo sentía una extraña sensación de bienestar. Casi
habla olvidado que era muy agradable poder ayudar a otra persona. O poder
charlar, sin prisas, de cosas sin importancia -. ¿Bebes, Ned? - preguntó.
- ¿Bebidas
alcohólicas?
- Eso quise
decir.
-
Moderadamente.
- Este es
nuestro licor local - dijo Muller -. Lo producen unos gnomos, en las entrañas
del planeta.
Extrajo un
frasco muy delicado y dos copas de boca ancha. Cuidadosamente sirvió unos
veinte centilitros en cada copa.
- Esto lo
consigo en la zona C - explicó, mientras le alcanzaba su copa a Rawlings -.
Brota de una fuente. En realidad, tendría que llamarse bebeme, supongo.
Cautelosamente,
Rawlings lo probó.
- ¡Es fuerte!
- Sí. Alrededor
de un sesenta por ciento de alcohol. Dios sabe qué es el resto, o cómo lo
sintetizan, o por qué. Yo me limito a aceptarlo. Me gusta su sabor dulce y
picante al mismo tiempo. Por supuesto, es muy fuerte. Supongo que pretende ser
otra trampa. Te emborrachas, muy feliz, y entonces el laberinto te liquida -
Alzó su copa con gesto amistoso -. ¡Salud!
Los dos rieron
del brindis arcaico y bebieron.
«Cuidado, Dick
- se dijo Muller -. Te estás poniendo muy sociable con este chico. Recuerda
quién eres. Y por qué. ¿Qué clase de ogro eres, para actuar así?»
- ¿Podría
llevar un poco de esto al campamento? - preguntó Rawlings.
- Supongo que
sí. ¿Por qué?
- Hay un tipo
allí que lo apreciaría. Es una especie de gourmet. Viaja con una consola llena
de licores que sirve unas cien bebidas de cuarenta mundos diferentes. Ni
siquiera recuerdo sus nombres.
- ¿Tiene algo
de Marduk? - preguntó Muller -. ¿De los mundos de Deneb? ¿De Rigel?
- No estoy
seguro. Quiero decir que me gusta beber una copa de vez en cuando, pero no soy
un entendido.
- Si tu amigo
estaría dispuesto a hacer un trueque... - Muller se interrumpió -. No. No.
olvídalo. No voy a entrar en tratos.
- Pueda volver
al campamento conmigo - dijo Rawlings -. Estoy seguro de que le dejaría usar
libremente la consola.
- Eres muy
sutil. No. - Muller miró ceñudo su copa -. No vas a convencerme, Ned. No quiero
tener que ver con los otros.
- Lamento que
piense así.
- ¿Otra copa?
- No - Tengo
que volver al campamento. Es muy tarde. No estaba previsto que pasara el día
aquí y me van a echar una bronca por no haber hecho mi parte del trabajo.
- Estuviste
casi todo el día en la jaula. No pueden culparte por eso.
- Ayer se
quejaron, creo que no quieren que venga a visitarle.
Muller sintió
que algo se endurecía en su interior.
Rawlings
continuó:
- Hoy no hice
nada en todo el día; no me sorprendería que mañana no me dejaran venir. Se
ponen muy tontos, a veces. Quiero decir que como usted no parece muy deseoso de
cooperar, consideran que pierdo el tiempo viniendo a verle, en vez de controlar
la maquinaria en E o en F.
Rawlings
terminó su copa y se puso en pie, con un gemido. Miró sus piernas desnudas. El
diagnosticador había cubierto las heridas con una espuma nutritiva color carne;
era casi imposible darse cuenta de que su piel había sufrido heridas. Con
dificultad volvió a ponerse las estropeadas polainas.
- No me pondré
las botas - dijo -. Están rotas y no seria agradable intentar caminar. Supongo
que podré volver descalzo hasta el campamento.
- El pasto es
muy liso - dijo Muller.
- ¿Me dará un
poco de ese licor para mi amigo?
En silencio,
Muller le dio el frasco, lleno hasta la mitad.
Rawlings lo
metió en su cinturón.
- Fué un día
muy interesante. Espero poder volver.
4
Mientras
Rawlings cojeaba, dirigiéndose hacia la zona E, Boardman preguntó:
- ¿Cómo están
tus piernas?
- Cansadas.
Están curando muy rápido. Estoy bien.
- Ten cuidado.
No dejes caer el frasco.
- No se
preocupe, Charles. Lo tengo bien sujeto. No le privaría de esa experiencia.
- Escucha, Ned.
Tratamos de que los robots llegaran hasta la jaula. Vi todo lo que sucedió
cuando esos animales horribles te atacaron. pero no podíamos hacer nada. Muller
interceptaba las sondas y las destruía.
- Está bien -
dijo Rawlings.
- Es evidente
que no está en sus cabales. No quería que una sonda entrara en las zonas
interiores.
- Está bien,
Charles. No estoy muerto.
Pero Boardman
no podía dar por terminado el tema.
- Se me ocurrió
que si no hubiésemos intentado enviar las sondas hubiese sido mejor, Ned. Las
sondas mantuvieron ocupado a Muller durante mucho rato. Si no, hubiese vuelto a
la jaula. Te hubiera ayudado. O hubiese matado a los animales. El...
Deteniéndose,
Boardman contrajo los labios y se reprochó interiormente el ponerse a divagar.
Un síntoma de vejez. Sintió los pliegues de carne en su estómago. Necesitaba
otra reforma. Adelantar su edad exterior hasta los sesenta años, más o menos,
corrigiendo el deterioro fisiológico hasta volver a los cincuenta. Más viejo por
fuera que por dentro. Una frase astuta para ocultar la astucia.
Después de un
rato, dijo:
- Parece que
Muller y tú ya sois buenos amigos. Me alegro. Ya es hora de que le tientes para
que salga.
- ¿Y cómo lo
lograré?
- Prométele una
cura.
Capitulo X
1
Volvieron a
encontrarse tres días después, a mediodía, en la zona B. Muller pareció
aliviado al verle; era lo que se pretendía. Rawlings entró caminando en
diagonal por la pista de baile ovalada (o lo que fuera) que había entre dos
torres chatas de color azul oscuro y Muller le saludó con la cabeza.
- ¿Cómo están
tus piernas?
-
Estupendamente.
- Y a tu
amigo..., ¿le gustó el licor?
- Le pareció
magnífico - dijo Rawlings, recordando el resplandor de los ojos astutos de
Boardman -. Le manda su frasco lleno de un coñac muy especial y espera que
usted le envíe otra ronda.
Muller miró el
frasco que le tendía Rawlings.
- Que se vaya
al infierno - dijo fríamente -. No voy a hacer intercambios. Si me das ese
frasco lo romperé.
- ¿Por qué?
- Dámelo y te
mostraré. No. espera. Espera. No lo romperé. Dámelo.
Rawlings se lo
entregó. Muller miró el hermoso frasco en sus manos, activó la tapa y la llevó
a los labios.
- Sois unos
demonios - dijo en voz baja -. ¿Qué es esto? ¿Es del monasterio de Deneb XIII?
- No me lo
dijo. Dijo sólo que le gustaría.
- Demonios.
Tentaciones. Es un negocio, ¡maldita sea! Pero sólo por esta vez. Si apareces
de nuevo por aquí con más licor..., con cualquier cosa... el elixir de los
dioses, lo rechazaré. Y, además, ¿dónde has estado toda la semana?
«Me echó de
menos - pensó Rawlings. Charles tiene razón; estoy empezando a importarle. ¿Por
qué será una persona tan complicada?»
- ¿Dónde están
excavando? - preguntó Muller.
- No están
excavando. Están usando sondas sonoras en el limite entre las zonas E y F,
tratando de determinar la cronología... de saber si todo el laberinto se
edificó al mismo tiempo o si fueron ampliándolo progresivamente a partir del
centro. ¿Usted qué cree, Dick?
- Vete al
diablo. ¡Nada de arqueología gratis! - Y Muller bebió otro trago de coñac -.
Estás muy cerca de mí, ¿no?
- Cuatro o
cinco metros, supongo.
- Estabas más
cerca cuando me diste el coñac. ¿Por qué no te sentiste mal? ¿No te llegó el
efecto?
- Sí, me llegó.
- ¿Y ocultaste
tu reacción, porque eres un gran estoico?
Encogiéndose de
hombros, Rawlings dijo cordialmente:
- Supongo que
el efecto pierde impacto con las exposiciones, repetidas. Sigue siendo fuerte,
pero no tanto como el primer día. ¿Alguna vez notó que sucediera eso con otra
persona?
- No hubo
exposiciones repetidas con nadie más - dijo Muller -. Ven aquí, chico. Te
mostraré las vistas. Este es mi suministro de agua. Muy elegante. Esta tubería
negra corre alrededor de la zona B. Creo que es de ónice. Piedra semipreciosa.
Y de todos modos, muy hermosa.
Muller se
arrodilló y, acarició el acueducto.
- Hay un
sistema de bombeo que trae el agua desde alguna fuente subterránea que quizá
esté a mil kilómetros de profundidad. No lo sé. Este planeta no tiene aguas
superficiales, ¿no?
- Tiene
océanos.
- Aparte de...,
bueno, lo que sean. Aquí, como ves, está una de las espitas. Hay una cada
cincuenta metros. Por lo que sé, esto trae agua a toda la ciudad, de modo que,
quizá, sus constructores no necesitaban mucha. No podía ser muy importante si
lo acondicionaron así. No he encontrado tubería. Ni trabajo de fontanería.
¿Tienes sed?
- En realidad,
no.
Muller ahuecó
la mano debajo de la espita, adornada con grabados que formaban bordes
concéntricos. El agua brotó. Muller bebió unos tragos rápidos; el flujo de agua
cesó en el momento en que retiró la mano de la zona que estaba debajo de la
espita. «Alguna clase de sistema de detección - pensó Rawlings -. Muy
Inteligente. ¿Cómo puede haber durado tantos millones de años?»
- Bebe - dijo
Muller -. Luego tendrás sed.
- Es que no
puedo quedarme mucho rato. - Pero bebió, de todos modos. Luego fueron andando
hasta la zona A, un agradable paseo. Las jaulas estaban cerradas nuevamente.
Rawlings las vio y se estremeció. Hoy no pensaba participar en experimentos.
Encontraron bancos: losas de piedra pulida que se curvaban en sus lomos,
formando asientos que se enfrentaban, pensados para una especie cuyas posaderas
eran mucho mayores que las del hombre.
Rawlings sólo
sentía una vaga incomodidad a causa de la emanación de Muller y no se sentía demasiado
distante de él.
Muller tenía
ganas de conversar.
La conversación
fue espasmódica y de vez en cuando evolucionaba hacia una, ácida lucha de ira o
autocompasión, pero durante la mayor parte del tiempo, Muller estuvo sereno y
hasta agradable. Era un hombre maduro que disfrutaba de la compañía de un
muchacho, del intercambio de opiniones y experiencias, mendrugos de filosofía.
Muller habló mucho de su carrera pasada, de los planetas que había visitado, de
las delicadas negociaciones en defensa de los intereses de la Tierra con los
susceptibles mundos coloniales. Mencionó con frecuencia el nombre de Boardman;
Rawlings mantuvo cuidadosamente una expresión de Indiferencia. La actitud de
Muller hacia Boardman parecía combinar una profunda admiración con una furiosa
desconfianza. Aparentemente, no podía perdonar a Boardman que hubiese explotado
sus debilidades para enviarlo a Hydris. «No es una actitud racional - pensó
Rawlings -. Considerando la insaciable curiosidad de Muller, hubiera luchado
por obtener esa misión, con Boardman o sin él, con riesgos o sin ellos.»
- ¿Y tú? -
preguntó finalmente Muller -. Eres más Inteligente de lo que pretendes. La
timidez te obstaculiza un poco, pero tienes un buen cerebro, cuidadosamente
oculto detrás de tus virtudes de escolar. ¿Qué quieres para ti, Ned? ¿Qué
significa para ti la arqueología?
Rawlings le
miró a los ojos.
- La
posibilidad de recuperar un millón de pasados. Soy tan ambicioso como usted.
quiero saber cómo sucedieron las cosas, cómo llegaron a ser como son ahora. Y
no sólo en la tierra y en el sistema. En todas partes.
- ¡Bien dicho!
«Sí, yo creo lo
mismo», pensó Rawlings, esperando que Boardman estuviera complacido con su
nueva elocuencia.
- Supongo que
podría haber elegido la carrera diplomática, como usted - dijo -. En cambio,
elegí ésta. Creo que saldré adelante. Hay tanto por descubrir, aquí y en todas
partes. Sólo hemos empezado a buscar.
- Veo que
quieres consagrarte a tu carrera.
- Supongo que
sí.
- Me gusta
oírte hablar así. Me recuerda la forma en que yo hablaba antes.
- Para que no
piense que soy irremediablemente puro - dijo Rawlings -, debo decirle que lo
que me impulsa es la curiosidad personal y no el amor abstracto por la
sabiduría.
- Comprensible.
Perdonable. En realidad, no somos muy diferentes, salvo por los cuarenta años
de diferencia que hay entre nosotros. No te preocupes mucho por tus
motivaciones, Ned. Ve a las estrellas, mira cosas, haz cosas. Diviértete.
Finalmente la vida te aplastará, tal como me aplastó a mi, pero eso está lejos.
Algún día, o nunca..., ¿quién sabe? Olvídate de eso.
- Lo intentaré
- dijo Rawlings.
Sintió la
calidez de Muller, la simpatía genuina que negaba hasta él. La onda que
transmitía las penurias seguía presente, la transmisión interminable desde el
fondo cenagoso del alma, atenuada a esa distancia, pero inconfundible.
Sintiendo piedad, Rawlings dudó en decir lo que tenía que decir ahora. Boardman
le apuró, impaciente:
- ¡Vamos, Ned!
¡Saca el tema!
- Parece que
estuvieras muy lejos - dijo Muller.
- Estaba
pensando... pensando que es muy triste que usted no confíe en nosotros, que
tenga una actitud tan negativa con respecto a la humanidad.
- Soy honesto.
- Pero no
necesita pasar el resto de su vida en este laberinto. Hay una, salida.
- Tonterías.
- Escuche -
dijo Rawlings. Respiró hondo y desplegó su sonrisa rápida y transparente -.
Hablé de su problema con el médico de la expedición. Estudió neurocirugía.
Conocía su caso. Dice que ahora hay una forma de curarlo. Un sistema muy nuevo,
de los dos últimos años. Se... interrumpe la transmisión. Dick. Me pidió que se
lo dijera. Le llevaremos a la tierra, Dick. Para operarle. existe una cura.
2
La palabra
cortante, incisiva, resplandeciente, llegó nadando en medio de un torrente de
sonidos blandos y atravesó sus entrañas. ¡Cura! Miró fijamente hacia adelante.
Los edificios oscuros que se cernían sobre él reverberaban. Cura. Cura. Cura.
Muller sintió la ponzoñosa tentación oyendo su hígado.
- No - dijo -.
Eso es una tontería. La cura es Imposible.
- ¿Cómo puede
estar tan seguro?
- No lo sé.
- La ciencia ha
progresado en nueve años. Ahora saben cómo funciona el cerebro, comprenden su
naturaleza eléctrica. Lo que hicieron fue construir un enorme simulador en uno
de los laboratorios lunares... Oh, fue hace unos años y lo revisaron todo, de
la A a la Z. En realidad, estoy seguro de que están encantados por tenerle al
alcance de la mano, por que con usted podrían comprobar todas sus teorías. Tal
como está ahora. Y si le operan y hacen desaparecer su emisión, podrán
demostrar que tenían razón. Lo único que tiene hacer es volver con nosotros.
Metódicamente,
Muller hizo chasquear sus nudillos.
- ¿Por qué no
mencionaste esto hasta ahora?
- Porque no lo
sabía.
- No, claro.
- De verdad.
Comprenda que no esperábamos encontrarle aquí. Al principio nadie estaba seguro
de quién era usted, ni de por qué estaba aquí. Yo lo expliqué. Y entonces el
médico recordó la existencia de este tratamiento. ¿Que pasa, no me cree?
- Tienes un
aspecto tan angelical - dijo Muller -. Esos dulces ojos azules, esos cabellos
rubios, ¿Qué juego te traes, Ned? ¿Por qué estás soltando todos esos
disparates?
Rawlings se
sonrojó.
- ¡No son
disparates!
- No te creo. Y
no creo en esa cura.
- Tiene todo el
derecho. Pero saldrá perdiendo si...
- ¡No me
amenaces!
- Disculpe.
Hubo un
silencio largo y pegajoso.
Muller se
debatía en un laberinto de ideas. ¿Dejar Lemnos? ¿No ser más un maldito?
¿Volver a estrechar a una mujer entre sus brazos? ¿Pechos ardientes contra su
piel? ¿Labios? ¿Caderas? Reconstruir su carrera. Atravesar nuevamente los
cielos. ¿Anular nueve años de angustia? ¿Creer? ¿Marcharse? ¿Someterse?
- No - dijo
cuidadosamente -. No hay cura para mi enfermedad.
- No hace más
que repetir eso. Pero no puede saberlo.
- No encaja en
el modelo. Yo creo en el destino, Ned. En la tragedia que compensa. En la caída
de los soberbios. Los dioses no ponen en escena tragedias temporales. No
retiran su castigo después de unos pocos años. Edipo no recuperó sus ojos. Ni a
su madre. No soltaron a Prometeo de su roca. Ellos...
- Esto no es
una tragedia griega - le Interrumpir Rawlings -. Este es el mundo real. Los
modelos no son perfectos. Quizá los dioses han decidido que usted ya ha sufrido
bastante. Y, ya que estamos manteniendo una discusión literaria... ¿A Orestes
le perdonaron o no? De modo que nueve años pueden ser suficientes para usted.
- Pero ¿hay una
cura?
- El médico
dice que sí.
- Ned, creo que
estás mintiendo.
Rawlings desvió
la mirada.
- ¿Y qué
ganaría con mentirle?
- No lo sé.
- Está bien.
Estoy mintiendo - dijo bruscamente Rawlings -. No existe ninguna forma de
ayudarle. Hablemos de otra cosa. ¿Por qué no me enseña la fuente donde brota
ese licor?
- Esta en la
zona C. Ahora no tengo ganas de ir hasta allí. ¿Por qué me dijiste eso si no
era cierto?
- Dije que era
mejor cambiar de tema.
- Supongamos
por un momento que es cierto - insistió Muller -. Que si vuelvo a la tierra
podré curarme. Quiero que sepas que no me interesa, ni siquiera si me ofrecen
una garantía. Sé cómo son los terráqueos. Me golpearon cuando caí. No son
deportivos, Ned. Hieden. Tienen un vaho desagradable. Disfrutaron mucho con lo
que me sucedió.
- ¡Eso no es
cierto!
- ¿Tú qué
sabes? Eras un niño. Más niño aún que ahora. Me trataron como si fuera basura
porque les mostraba lo que había en su interior. Era un espejo para sus sucias
almas. ¿Por qué tendría que volver ahora? ¿Para qué los necesito? Cerdos. Los
vi tal como son durante esos pocos meses que estuve en la tierra, después de
Beta Hydri IV. La forma en que me miraban, la sonrisa nerviosa mientras
retrocedían. «Si, señor Muller.» «Claro, señor Muller.» «Por favor, señor
Muller, no se acerque tanto.» Ven por aquí alguna noche y te enseñaré las
constelaciones de Lemnos, chico. Yo mismo las he bautizado. La Daga, larga y
afilada. Está a punto de clavarse en la espalda. Y la Saeta. Y también puedes
ver el Mono y el Sapo; están mezcladas. La misma estrella está en la frente del
Sapo y en el ojo izquierdo del Mono, Esa estrella, amigo mío, es el Sol. Una
estrellita amarilla y fea, color vómito. Cuyos planetas están poblados por unas
gentecitas feas que se han esparcido por el universo como si fueran gotas de
orina.
- ¿Puedo decir
algo que podría ofenderle? - preguntó Rawlings.
- No puedes
ofenderme. Pero puedes Intentarlo.
- Creo que su
punto de vista está distorsionado. Después de tantos años aquí, ha perdido la
perspectiva.
- No. Por
primera vez he visto con claridad.
- Usted culpa a
la humanidad por ser humana, pero no es fácil aceptar a alguien como usted. Si
usted estuviera sentado aquí, en mi lugar, y yo en el suyo, lo comprendería.
Duele estar cerca de usted. Duele. En este mismo momento siento que cada uno de
mis nervios me hace daño. Si me acercara más, sentiría ganas de llorar. No
puede pretender que la gente se adapte rápidamente a una cosa así. Ni siquiera
sus seres queridos...
- No tenía
seres queridos.
- ¿No estaba
casado?
- Terminado.
- Un vínculo,
entonces.
- Cuando volví,
no podía soportarme.
- ¿Amigos?
- Huyeron -
dijo Muller -. Huyeron a toda velocidad sobre sus seis patas.
- Es que no les
dio tiempo.
- Todo el
necesario.
- No -
persistió Rawlings, que cambiaba de postura, Incómodo, en su asiento -. Ahora
voy a decir una cosa que no va a gustarle, Dick. Lo siento mucho, pero tengo
que hacerlo. Lo que me está diciendo es lo mismo que solía oír en la
universidad. Cinismo estudiantil. Usted dice que el mundo es despreciable.
Maldad, maldad, maldad. Usted ha visto la verdadera naturaleza de la humanidad
y no quiere tener nada más que ver con ella. Todo el mundo dice esas cosas a
los dieciocho años. Pero es una etapa que se supera, la confusión de la
adolescencia, y descubrimos que el mundo es un lugar bastante decente, que la
gente trata de hacer las cosas bien, que no somos perfectos, pero no odiosos...
- Un chico de
dieciocho años no tiene derecho a pensar así. Yo llegué a mis odios por el
camino más difícil.
- Pero ¿por qué
se aferra a ellos? Parece que disfrutara con su propia miseria. ¡Suéltese!
¡Libérese! Vuelva a la Tierra con nosotros y olvide el pasado. O, por lo menos,
perdone.
- Ni olvido ni
perdón - dijo Muller enfurruñado.
Un temblor de
pánico le estremeció. ¿Y si fuera cierto? ¿Una cura genuina? ¿Dejar Lemnos? Se
sentía un poco incómodo. El chico había dado en el blanco con esa frase sobre
el cinismo estudiantil. Lo era. «¿Soy un misántropo? Una pose. Me forzó a
adoptarla. Razones polémicas. Ahora me ahogo en mi propia testarudez. Pero no
existe la cura. El chico es transparente; está mintiendo, aunque no sé por qué.
Quiere atraparme, meterme dentro de su nave. Pero ¿y si fuera cierto? ¿Por qué
no volver?» Muller conocía la respuesta. Lo que le retenía era el miedo. Medo
de ver los millones de habitantes de la Tierra. De entrar en el torrente de la
vida. Nueve años en una isla desierta; temía el regreso. Cayó en una profunda
depresión, reconociendo algunas verdades desagradables. El hombre que había
querido ser un dios no era más que un neurótico patético que se aferraba a su
aislamiento y escupía sus desafíos a un posible salvador. «Triste - pensó
Muller -. Muy triste.»
- Siento que el
tono de sus pensamientos está cambiando - dijo Rawlings.
- ¿Puedes
distinguirlo?
- Bueno, no es
nada especifico. Pero antes estaba enfadado y amargado. Ahora estoy recibiendo
algo... como ansiedad.
- Nadie me dijo
nunca que se podían distinguir matices - dijo Muller, maravillado -. Bueno, no
me dijo gran cosa. Sólo que era doloroso estar cerca de mí. Desagradable.
- Pero ¿por qué
se puso ansioso hace un momento? Si es que lo hizo. ¿pensó en la Tierra?
Muller quiso
remendar a toda prisa las grietas de su armadura. Su rostro se oscureció.
Apretó los dientes. Se puso de pie y se acercó deliberadamente a Rawlings
observando cómo el muchacho luchaba por ocultar su incomodidad. Muller dijo:
- Creo que será
mejor que sigas con tu arqueología, Ned. Tus amigos se enfadarán de nuevo.
- Todavía tengo
tiempo.
- No, no lo
tienes. ¡Vete!
3
Contrariando
las órdenes expresas de Charles Boardman, Rawlings insistió en volver hasta el
campamento de la zona F. El pretexto fue que debía entregarle a Boardman el
nuevo frasco de licor que, finalmente, había obtenido de Muller. Boardman
quería que uno de sus hombres recogiera el frasco, para que Rawlings no tuviera
que afrontar las trampas de la zona F. Pero Rawlings necesitaba del contacto
personal. Estaba demasiado conmovido y su determinación estaba derrumbándose.
Cuando llegó,
Boardman estaba cenando. Una pulida mesa de madera oscura taraceada con maderas
más claras, cubierta con un elegante juego de porcelana, sostenía las frutas
escarchadas, las verduras al coñac, los extractos de carne y los zumos picantes
que estaba bebiendo. Una jarra de vino color verde oliva estaba al alcance de
su mano carnosa. Había unas misteriosas píldoras de varios tipos en las
concavidades de un bloque oblongo de cristal negro; de cuando en cuando,
Boardman tragaba una. Rawlings estuvo un largo rato en la puerta antes de que
Boardman pareciera darse cuenta de su presencia.
- Te dije que
no vinieras, Ned - dijo finalmente.
- Muller le
envía esto. - Rawlings puso el frasco al lado de la jarra de vino.
- Podríamos
haber hablado sin necesidad de esta visita.
- Estoy cansado
de eso. Necesitaba verle.
Boardman no le
dijo que se sentara ni interrumpió su cena.
- Charles, creo
que no puedo seguir mintiendo.
- Hoy hiciste
un excelente trabajo - dijo Boardman, mientras bebía un sorbo de vino -. Muy
convincente.
- Sí. Estoy
aprendiendo a decir mentiras. Pero ¿para qué sirven? Usted le oyó. La humanidad
le repugna. Aunque le saquemos del laberinto no va a cooperar.
- No es
sincero. Tú mismo lo dijiste, Ned. Cinismo barato. Ese hombre ama a la
humanidad, por eso está tan amargado, porque su amor se puso agrio en su boca.
Pero no se ha convertido en odio. En realidad, no.
- Usted no
estaba allí, Charles. Usted no habló con él.
- Miré.
Escuché. Y hace más de cuarenta años que conozco a Dick Muller.
- Pero los
últimos nueve años son los que cuentan, le han cambiado. - Rawlings se puso en
cuclillas para estar al mismo nivel que Boardman. Boardman pescó una pera
escarchada con el tenedor y la lanzó con gesto ocioso hacia su boca.
«Me está
ignorando a propósito», pensó Rawlings.
- Charles,
estoy hablando en serio. He Ido allí y le he dicho unas mentiras monstruosas.
Le he ofrecido una cura fraudulenta y me la arrojó a la cara.
- Diciendo que
no creía en su existencia. Pero si que cree en ella, Ned. Es que teme dejar su
escondrijo.
- Por favor,
escúcheme. Supongamos que cree lo que le dije. Supongamos que sale del
laberinto y se pone en nuestras manos. Y entonces, ¿qué? ¿Quién se encargará de
decirle que no hay tal cura, que le hemos engañado desvergonzadamente, que sólo
queremos que sea nuestro embajador una vez más, que visite a un grupo de
extraterrestres veinte veces más raros y cincuenta veces más peligrosos que los
que arruinaron su vida? ¡Yo no voy a comunicarle esas noticias!
- No tendrás
que hacerlo, Ned. Lo haré yo.
- ¿Y cómo va a
reaccionar? ¿Supone que va a sonreír y decirle, muy inteligente: «Charles, lo
has logrado nuevamente»? ¿Que va a ceder y hacer lo que usted quiera? No. Es
imposible. Quizá pueda sacarle del laberinto, pero los métodos que está
utilizando hacen que sea inconcebible que le sirva para algo cuando esté fuera.
- Eso no tiene
por qué ser cierto - dijo Boardman con calma.
- Entonces,
explíqueme las tácticas que se propone usar cuando Muller sepa que no existe
una cura y que deberá realizar un trabajo muy peligroso.
- Prefiero no
discutir ahora mi estrategia futura.
- Entonces, yo
renuncio - dijo Rawlings.
4
Boardman había
estado esperando algo así. Un gesto noble: un momento de terco desafío, la
virtud subiéndose a la cabeza. Dejando de lado su estudiada indiferencia,
levantó la mirada, clavando su ojos en los de Rawlings. SI, había fuerza en
ellos. Y decisión. Pero no engaño. Todavía no.
En voz baja,
Boardman dijo:
- ¿Renuncias?
¿Después de todo lo que hablaste acerca de servir a la humanidad? Te
necesitamos, Ned. Eres indispensable, eres nuestro vínculo con Muller.
- Mi dedicación
a la humanidad incluye la dedicación a Dick Muller - dijo lentamente Rawlings
-. forma parte de la humanidad, lo piense o no. Ya he cometido un grave crimen
contra él. Si no va a dejarme participar en el resto del plan, no quiero tener
nada más que ver con esto.
- Admiro tus
convicciones.
- Mi renuncia
sigue en pie.
- y hasta estoy
de acuerdo contigo - dijo Boardman -. No me siento orgulloso de lo que tenemos
que hacer aquí. Lo veo como parte de una necesidad histórica; no hay más que
cometer una bajeza ocasional, por el bien común. Yo también tengo una
conciencia, Ned, una conciencia de ochenta años, muy bien desarrollada. No se
ha atrofiado con la edad, simplemente, aprendemos a vivir con sus protestas.
- ¿Cómo va a
conseguir que Muller coopere? ¿Le va a drogar? ¿Le va a torturar? ¿Le va a
lavar el cerebro?
- Nada de eso.
- Y entonces,
¿qué? Hablo en serio, Charles. Mi papel en este asunto termina aquí, a menos
que usted me diga qué está planeando.
Boardman tosió,
vació su copa de vino, comió un albaricoque y tomó tres píldoras en rápida
sucesión. La rebelión de Rawlings había sido inevitable, Y estaba preparado para
ella, pero de todos modos le molestaba. Era el momento de los riesgos.
- Entonces, ha
llegado el momento de dejar de fingir, Ned. Te diré qué es lo que espera a Dick
Muller, pero quiero que lo consideres dentro del contexto del problema con que
nos enfrentamos. No olvides que la partida que hemos estado jugando en este
planeta no es simplemente un problema de posturas morales privadas. Aun
corriendo el riesgo de parecer solemne, debo recordarte que el destino de la
humanidad está en juego.
- Le oigo, Charles.
- Muy bien,
Dick Muller debe presentarse ante nuestros amigos los extragalácticos y
convencerles de que los seres humanos son una especie inteligente. ¿De acuerdo?
Sólo él puede hacerlo, a causa de su imposibilidad de ocultar sus pensamientos.
- De acuerdo.
- Por lo tanto,
no es necesario convencer a los extragalácticos de que somos gente buena o
gente honorable o gente amable. Sólo de que tenemos mentes y podemos pensar. De
que tenemos sentimientos y emociones, de que somos algo más que máquinas inteligentes.
Para nuestros propósitos no es importante la clase de emociones que irradie
Dick Muller, siempre que lo haga.
- Empiezo a
entender.
- Por
consiguiente, cuando esté fuera del laberinto podremos decirle cuál será su
misión. Sin duda se enfadará con nosotros. Pero, por encima de su ira, podrá
darse cuenta de cuál es su deber. Espero que sea así. Tú piensas que no. Pero
eso no tiene importancia, Ned. En cuanto salga de su refugio no le daremos más
que una opción. Le llevaremos ante los extragalácticos y le entregaremos, para
que entren en contacto. Ya sé que es brutal. Pero es necesario.
- Entonces no
importa que esté dispuesto a cooperar - dijo lentamente Rawlings -. Le tirará
allí, como un saco.
- Un saco
pensante. Como descubrirán nuestros amigos.
- Yo...
- No, Ned. No
digas ahora. Sé lo que estás pensando. El plan te parece odioso. Es lógico. A
mí también. Ahora vete y piénsalo. Examínalo desde todos los puntos de vista
antes de tomar una decisión. Si mañana sigues queriendo renunciar, hazlo y
continuaremos sin tu ayuda, pero prométeme que lo consultarás con la almohada.
No es momento de tomar decisiones apresuradas.
El rostro de
Rawlings estaba pálido, luego se fue coloreando. Apretó los labios. Boardman
sonrió benignamente, Rawlings apretó los puños, bizqueó, se volvió y salió
rápidamente.
Un riesgo
calculado.
Boardman tomó
otra píldora. Luego extendió la mano hacia el frasco que le había enviado
Muller. Se sirvió un poco. Dulce, picante, fuerte. Un licor excelente. Lo dejó
descansar un momento en la lengua.
Capitulo XI
1
A Muller casi
le habían gustado los hidranos. Lo que recordaba mejor y con más agrado era la
gracia de sus movimientos; parecían flotar. Sus cuerpos eran extraños, pero eso
no le había molestado; solía repetir que no había que alejarse mucho de la
tierra para encontrar seres grotescos. Jirafas. Langostas. Anémonas de mar.
Pulpos. Camellos. Mire objetivamente un camello y pregúntese si es más o menos
raro que un hidrano.
Había
aterrizado en una zona húmeda y triste del planeta, un poco al norte del
ecuador, en un continente con forma de ameba, ocupado por una docena de grandes
ciudades que ocupaban varios miles de kilómetros cuadrados cada una. Su sistema
de protección vital, diseñado especialmente para aquella misión, era poco más
que una delgada capa filtrante que se adhería a él como una segunda piel. Le
proporcionaba aire por medio de un millar de placas de diálisis, le permitía
moverse con facilidad, aunque no muy cómodamente.
Observó durante
una hora, a través de un bosque de enormes árboles que parecían setas
venenosas, antes de encontrarse con los nativos. Los árboles tenían muchos
cientos de metros de altitud; quizá la gravedad, cinco octavos de la terrestre,
tuviera algo que ver con eso. Sus troncos no parecían muy sólidos. Muller
sospechaba que una capa leñosa externa, cuyo grosor no superaba la de un dedo,
rodeaba un enorme núcleo de pulpa blancuzca. Las copas en forma de bonete se
juntaban, formando una especie de dosel continuo que no dejaba llegar la luz al
suelo. Como la capa de nubes que rodeaba al planeta no dejaba pasar más que un
resplandor grisáceo y aun eso era interceptado por los árboles, una oscuridad
pardusca prevalecía al nivel del suelo.
Cuando encontró
a los hidranos se sorprendió al descubrir que medían unos tres metros de
estatura. Nunca se había sentido tan disminuido desde su infancia; rodeado por
ellos, torciendo la cabeza para poder mirarles a los ojos. Había llegado el
momento de realizar el ejercicio de hermeneútica aplicada. En voz baja dijo:
- Me llamo
Richard Muller. Tengo un mensaje de los pueblos de la Esfera Cultural
Terrestre.
Por supuesto,
no podían entender eso. Pero se mantuvieron inmóviles. Imaginó que sus
expresiones no eran inamistosas.
Dejándose caer
de rodillas, Muller dibujó el teorema de Pitágoras en la tierra húmeda y
blanda.
Levantó la
mirada y sonrió.
- Un concepto
básico de geometría. Una forma de pensamiento universal.
Sus narices
verticales como tajos parecieron agitarse. Inclinaron su cabezas. Imaginó que
estaban intercambiando miradas pensativas. Con los ojos formando un círculo
alrededor de sus cabezas, no necesitaban cambiar de posición para hacerlo.
- Permitidme
exhibir otras pruebas de nuestro parentesco - dijo Muller.
Trazó una línea
en el suelo. A una corta distancia, trazó dos líneas más. A una distancia mayor
trazó tres líneas. Añadió los signos: I + II = III.
- Lo llamamos
adición - dijo.
Los brazos
articulados se balancearon. Dos miembros de su público se tocaron. Muller
recordó cómo hablan destruido el ojo espía en cuanto lo descubrieron, sin
tomarse la molestia de examinarlo. Estaba preparado para la misma reacción.
Pero en cambio, le estaban escuchando. Era un signo prometedor. Se puso de pie
y señalo las marcas que había hecho en el suelo.
- Ahora os toca
a vosotros - dijo. Hablaba en voz muy alta y sonriendo - Demostradme que habéis
entendido. Habladme en el lenguaje universal de las matemáticas.
Al principio no
hubo respuesta.
Señaló
nuevamente. Indicó sus signos y luego extendió la mano con la palma hacia
arriba hacia el hidrano que estaba más cerca.
Después de una
larga pausa, uno de los otros hidranos se movió fluidamente hacia adelante y
dejó que uno de sus pies zócalo en forma de esfera quedara sobre las líneas del
suelo. La pierna se movió ligeramente y las líneas se borraron a medida que el
hidrano alisaba el suelo.
- Muy bien -
dijo Muller -. Ahora dibuja tú. El hidrano volvió a su sitio en el círculo. -
Muy bien - dijo Muller -. hay otro lenguaje universal, espero que esto no
ofenda a vuestros oídos.
Sacó un grabador
soprano de su bolsillo y lo puso entre sus labios. Era muy incómodo tocar a
través de la capa filtrante. Tomó aliento y tocó una escala diatónica. Los
miembros de los hidranos se agitaron levemente. Entonces oían o, al menos,
percibían las vibraciones. Tocó otra escala diatónica en tono menor. Luego
intentó una escala cromática. Parecieron un poco más agitados. «Buenos chicos -
pensó -; sois entendidos. Quizá la escala diatónica armoniza mejor con este
planeta brumoso.» Tocó nuevamente las dos y, por si acaso, les hizo escuchar un
trozo de Debussy.
- ¿Entendéis? -
Preguntó.
Parecían estar
discutiendo algo.
Dieron la
vuelta y se alejaron.
Trató de
seguirles. No podía mantener el mismo ritmo y pronto les perdió de vista en el
bosque neblinoso y oscuro, pero perseveró y les encontró agrupados, como si
estuvieran aguardándole, un poco más adelante. Cuando se acercó a ellos,
echaron a andar de nuevo. De esa forma le guiaron, espasmódicamente, hasta su
ciudad.
Subsistió
comiendo sintéticos. El análisis químico demostró que no sería prudente comer
los productos locales.
Dibujó muchas
veces el teorema de Pitágoras. Demostró una variedad de procesos aritméticos. Interpretó
a Bach y a Schonnberg. Construyó triángulos equiláteros. Se aventuró en la
geometría de los sólidos. Cantó. Habló francés, ruso y mandarín, además de
inglés, para mostrarles la diversidad de las lenguas humanas. Les enseñó la
tabla de los elementos periódicos. Después de seis meses no sabía más acerca de
su mentes que una hora antes de aterrizar. Toleraban su presencia, pero no le
decían nada y menudo se comunicaban entre sí era sobre todo por medio de gestos
rápidos y vagos, roces de las manos, temblores de las ranuras olfativas.
Aparentemente poseían un lenguaje hablado, Pero era tan suave que no podía ni
empezar a distinguir palabras ni sílabas. Grabó todo lo que pudo oír, por
supuesto.
En un momento
dado se cansaron y fueron por él.
Durmió.
Y no descubrió
hasta mucho después lo que le habían hecho mientras dormía.
2
Tenía dieciocho
años y estaba desnudo bajo las estrellas de California. El cielo brillaba.
Sintió que al alargaba el brazo podría tocar las estrellas y arrancarlas.
Ser un dios.
Poseer todo el universo.
Se volvió hacia
ella. Su cuerpo era fresco y esbelto; estaba ligeramente tenso. Acarició sus
pechos, dejó vagar la mano sobre su vientre plano. Ella se estremeció.
- Dick - dijo
-. Oh... «Ser un dios», pensó él. La besó suavemente y luego no tan suavemente.
- Espera - dijo
ella -. Aún no estoy lista.
El esperó. La
ayudó a estar lista o hizo las cosas que le parecieron adecuadas para eso, y
pronto la chica comenzó a jadear. Dijo su nombre nuevamente. ¿Cuántas estrellas
puede recorrer un hombre en su vida? Si cada estrella tiene un promedio de
veinte planetas y hay cien millones de estrellas dentro de una esfera galáctica
de X años luz de diámetro... Ella abrió los muslos. El cerró los ojos y sintió
las agujas secas de los pinos en las rodillas y los codos. Ella no era la
primera, pero era la primera que importaba. Cuando el relámpago desgarró su
cerebro tuvo conciencia de su respuesta, vacilante primero, vigorosa después.
La intensidad de la reacción le asustó, pero sólo durante un momento y cabalgó
con ella hasta el final.
Ser un dios
debla ser parecido a esto.
Rodaron. El
señaló las estrellas y le dijo sus nombres; la mitad estaban equivocados, pero
ella no tenía por qué saberlo. Compartió sus sueños con ella. Después hicieron
el amor por segunda vez y fue aún mejor.
El deseaba que
lloviera, para poder bailar bajo la lluvia, pero el cielo estaba despejado. En
cambio, fueron a nadar y salieron temblando, riendo. Cuando la llevó a casa, la
chica tomó su píldora con Chartreuse y él le dijo que la amaba.
Durante varios
años se enviaron tarjetas por Navidad.
3
El octavo mundo
de Alfa Centauri B era un gigante gaseoso con un núcleo de poca densidad y una
gravedad no mucho más incómoda que la de la tierra. Muller había pasado allí su
segunda luna de miel. En parte había sido un viaje de negocios, porque había
problemas con los colonizadores del sexto planeta, quienes estaban hablando de
instalar un efecto de torbellino que absorbería la mayor parte de la útil
atmósfera del octavo mundo para usarla como materia prima.
Las
negociaciones de Muller con los nativos fueron bastante fructíferas. Les
convenció de que aceptaran un sistema cuotas para sus explotaciones
atmosféricas y hasta se ganó sus alabanzas por la pequeña lección de moral
interplanetario que les administró. Después, él y Nola fueron invitados por el
Gobierno a pasar sus vacaciones en el octavo mundo. A diferencia de Lorayn, a
Nola le gustaba viajar. Le acompañaría en muchos de sus viajes.
Llevando trajes
botadores, nadaron en un lago de metano helado. Corrieron riendo por costas de
amoníaco. Nola era tan alta como él, de piernas fuertes, cabellos rojo oscuro y
ojos verdes. Se abrazaron en un cuarto tibio cuyas ventanas colgaban sobre un
mar olvidado que se extendía cientos de miles de kilómetros.
- Para siempre
- dijo ella.
- Sí. Para
siempre.
Antes de que
terminara la semana tuvieron una pelea muy dura. Pero era sólo un juego; cuanto
más fieramente discutían más apasionada era la reconciliación. Durante un
tiempo. Luego ni se molestaban en pelear. Cuando venció la opción matrimonial,
ninguno de los dos quiso renovarla. Tiempo después, cuando su fama creció,
recibió algunas cartas amistosas de ella. Había intentado verla cuando volvió
de Beta Hydri IV a la Tierra. Pensó que Nola le ayudaría. Ella no le volvería
la espalda, por los viejos tiempos.
Pero estaba
pasando las vacaciones en Vesta, con su séptimo marido. Muller lo supo a través
de su quinto marido. El había sido el tercero. No la llamó. Comprendió que
sería inútil.
4
El cirujano
dijo:
- Lo siento
mucho, señor Muller. No podemos hacer nada por usted. No quiero que albergue esperanzas
vanas. Hemos hecho un gráfico de toda su red de neuronas. No podemos encontrar
el punto donde se hizo la alteración. Lo siento muchísimo.
5
Había tenido
nueve años para aguzar su memoria. Había llenado algunos cubos con recuerdos,
pero eso había sido durante los primeros años de su exilio, cuando le
preocupaba la posibilidad de que su pasado se desvaneciera, perdido en la
niebla. Descubrió que los recuerdos se vuelven más vívidos con la edad. O quizá
era el adiestramiento. Podía conjurar visiones, sonidos, sabores, olores. Podía
reconstruir conversaciones íntegras de forma convincente. Podía citar los
textos completos de varios tratados en cuya negociación había intervenido.
Podía nombrar a todos los reyes de Inglaterra, desde el primero al último,
desde Guillermo I hasta Guillermo VII. Recordaba los nombres de las mujeres
cuyos cuerpos habían sido suyos.
Admitió que, si
tenía la oportunidad, volvería. Todo lo demás habían sido pretextos y
jactancias. Sabía que no se había engañado a sí mismo ni había engañado a Ned
Rawlings. El desprecio que sentía por la humanidad era real, pero no deseaba
seguir aislado. Esperó ansiosamente el retorno de Rawlings. Mientras aguardaba,
bebió varias copas del licor de la ciudad, cazó nerviosamente, abatiendo animales
que no podría comer en un año, y mantuvo complejos diálogos consigo mismo. Soñó
con la Tierra.
6
Rawlings
corría. Muller, de pie en la zona C, le vio llegar apresuradamente, atravesar
la entrada sin aliento, congestionado.
- No debes
correr - dijo Muller -, ni siquiera en las zonas más seguras. Nunca se sabe...
Rawlings se
dejó caer junto a una especie de bañera de piedra con rebordes, aferrándose a
ella y tratando de recuperar el aliento.
- Por favor,
deme un trago - dijo, jadeando -. Ese licor suyo...
- ¿Estás bien?
- No.
Muller se
acercó a la fuente y llenó un frasco con el fuerte licor. Rawlings no hizo ni
un gesto cuando Muller se acercó para darle el frasco. Parecía no darse cuenta
de la emanación mental. Ansiosa, torpemente, vació el frasco, dejando que las
gotas del brillante líquido chorrearan por su barbilla y su ropa. Luego cerró
los ojos un instante.
- Tienes muy
mal aspecto - dijo Muller -. Como si te hubieran violado.
- Me violaron.
- ¿Qué sucede?
- Espere. Deje
que recupere el aliento. Vine corriendo desde la zona F.
- Tienes suerte
de estar vivo. ¿Otra copa?
- No - dijo
Rawlings -. Todavía no.
Muller lo
observó, perplejo. El cambio era notorio e inquietante y la mera fatiga no daba
razón de él.
Rawlings estaba
congestionado, con la cara roja e hinchada; sus músculos faciales estaban
contraídos, sus ojos se movían al azar, buscado sin encontrar. ¿Borracho?
¿Enfermo? ¿Drogado?
Rawlings
guardaba silencio.
Después de un
rato Muller dijo, para interrumpir el silencio:
- He pensado
mucho en nuestra última conversación. Decidí que me había portado como un
Idiota. Toda esa misantropía barata que te lancé a la cara. - Muller se
arrodilló y trató de mirarle a los ojos -. Mira, Ned, retiro lo dicho. Estoy
dispuesto a volver a la Tierra y someterme a un tratamiento. Aun si se trata de
una cura experimental; correré el riesgo. Quiero decir que lo peor que puede
suceder es que no me cure y...
- No hay
tratamiento - dijo Rawlings.
- No hay...
tratamiento...
- No lo hay.
Ninguno Era una mentira.
- Sí, claro.
- Usted mismo
lo dijo - le recordó Rawlings. Usted no creyó una palabra de lo que le dije,
¿recuerda?
- Una mentira.
- Usted no
entendía por qué se lo decía, pero dijo que eran tonterías. Usted me dijo que
estaba mintiendo. Se preguntaba por qué lo hacia. Yo le mentí Dick.
- Mentiste.
- Pero yo
cambié de idea - dijo Muller en voz baja -. Estaba dispuesto a volver a la
Tierra.
- No existe
cura para su problema - dijo Rawlings.
Se puso de pie,
lentamente, y pasó la manó por sus largos cabellos dorados. Arregló sus ropas.
Levantó el frasco, fue hasta la fuente Y lo llenó. Al volver, le pasó el frasco
a Muller, quien bebió un trago. Rawlings terminó el frasco. Algo pequeño de
aspecto voraz pasó corriendo a su lado y se deslizó por el portal que nevaba a
la zona D.
- ¿Quieres
explicarme esto? - preguntó te Muller.
- No somos
arqueólogos.
- Continúa
- Vinimos aquí
especialmente para buscarle. No fue un accidente. Siempre supimos que estaba
aquí. Lo sabemos desde que partió de la Tierra, hace nueve años.
- Tomé precauciones.
- No sirvieron
para nada. Boardman sabía dónde se dirigía e hizo que le espiaran. Lo dejó en
paz porque no le servía para nada. Pero cuando le necesitó tuvo que venir a
buscarle. Por así decirlo, le tenía en reserva.
- ¿Charles
Boardman te envió a buscarme? - preguntó Muller.
- Sí; por eso
estamos aquí. Es la única finalidad de la expedición - respondió Rawlings con
voz inexpresiva -. Fui elegido para establecer contacto con usted porque
conoció a mi padre y podía confiar en mi. Y porque tengo cara de inocente.
Boardman estuvo dirigiéndome todo el tiempo, sugiriendo lo que debla decir,
controlándome, indicándome hasta los errores que debía cometer para equivocarme
correctamente. Me dijo que entrara en la jaula, por ejemplo. Pensó que eso me
ayudaría a ganar sus simpatías.
- ¿Boardman
está aquí? ¿Aquí en Lemnos?
- En la zona F.
Tiene un campamento allí
- ¿Charles
Boardman?
- Sí; está
aquí. Sí.
La cara de
Muller parecía de piedra. Por dentro, todo era desorden y agitación.
- ¿Por qué hizo
todo esto? ¿Qué quiere de mí?
- Usted sabe
que hay una tercera raza inteligente en el universo, además de nosotros y los
hidranos - dijo Rawlings.
- Sí. Habían
sido descubiertos en el momento en que yo me marché. Por eso fui a visitar a
los hidranos. Se suponía que iba a proponer una defensiva con ellos, antes de
que esta gente, estos extragalácticos, entraran en contacto con nosotros. No
tuvo éxito. Pero ¿qué tiene que ver esto con...?
- ¿Qué sabe de
los extragalácticos?
- Muy poco -
admitió Muller -. Esencialmente, sólo lo que te dije. El día que acepté la
misión a Beta Hydri IV fue la primera vez que oí hablar de ellos. Boardman me
lo dijo, pero no quiso agregar nada. Todo lo que sé es que son muy
inteligentes, «una raza superior», dijo Boardman, y que viven en una nebulosa
cercana. Y que poseen un método de propulsión intergaláctica y podrían
visitamos.
- Ahora sabemos
más - dijo Rawlings.
- Primero dime
qué es lo que quiere Boardman de mí.
- Todo en
orden; así será más fácil. - Rawlings sonrió; estaba un poco bebido. Se apoyó
contra la bañera y estiró las piernas -. En realidad no sabemos mucho acerca de
los extragalácticos. Lo que hicimos fue enviar una sonda al hiperespacio,
ponerla en trayectoria curva y sacarla de ella a unos miles de años luz de
distancia. O a unos millones. No conozco los detalles. De todos modos era una
nave robot, con toda clase de ojos. El lugar donde emergió es una de esas
galaxias de rayos X, alto secreto, pero he oído que era en Cisne A o en
Escorpión II. Descubrimos que un planeta de la galaxia estaba habitado por una
raza muy evolucionada de seres extraños, muy extraños.
- ¿Cómo de
extraños?
- Pueden ver
todo el espectro - dijo Rawlings -. Su campo visual básico está en las
frecuencias altas. Ven con la luz de los rayos X. También parecen ser capaces
de usar las frecuencias radiales para ver o, por lo menos, para recibir
información sensorial. Y reciben la mayoría de las longitudes de onda
centrales, pero no se interesan mucho en la zona situada entre el infrarrojo y
el ultravioleta. Lo que nosotros llamamos el espectro visible.
- Aguarda un
momento. ¿Sentidos radiales? ¿Tienes una idea de la longitud de las ondas de
radio? Para obtener información de una onda así necesitarían ojos o receptores
o lo que sea de un tamaño gigantesco. ¿Qué tamaño tienen esos seres?
- Podrían
desayunar un elefante - dijo Rawlings.
- Las formas de
vida inteligente no son tan grandes.
- ¿Por qué no?
Ese es un planeta gaseoso gigante. No hay más que océanos; la gravedad es casi
inexistente. Flotan. No tienen problemas de masa.
- ¿Y una manada
de superalienígenas ha desarrollado una cultura aérea? - preguntó Mulle -. No
pretenderás que crea...
- Lo han hecho
- dijo Rawlings -. Ya le dije que eran seres muy extraños. Ellos no pueden
construir máquinas. Pero tienen esclavos.
- Oh - dijo
Muller en voz baja.
- Apenas
estamos empezando a entenderlo y, por supuesto, yo no conozco todos los datos,
pero, por lo que sé, parece que estos utilizan formas de vida inferiores y las
transforman en robots controlados por radio. Usan cualquier cosa que tenga
miembros y movilidad. Empezaron con unos animales de su propio planeta,
parecidos a delfines, que estaban quizás en el umbral de la inteligencia, y por
medio de ellos obtuvieron la propulsión espacial. Entonces fueron a los planetas
vecinos (planetas sólidos) y se aseguraron el control de unos pseudoprimates,
Protochimpancés, creo. Buscan dedos. La destreza manual es muy importante para
ellos. Actualmente su esfera de influencia cubre unos ochenta años luz y parece
estar aumentando a un ritmo exponencial.
Muller meneó la
cabeza.
- Esto es un
disparate aún mayor que lo que me dijiste de la cura. Una transmisión
electromagnética tiene una velocidad dada, ¿no? Si controlan a sus lacayos
desde ochenta años luz de distancia, cada orden demora ochenta años en llegar a
destino. Cada gesto, cada contracción muscular...
- Pueden viajar
- le Interrumpió Rawlings.
- Pero si son
tan grandes...
- Han utilizado
a sus esclavos para construir tanques gravitatorios. Y controlan la propulsión
estelar. Todas sus colonias son regidas por supervisores que están en órbita a
unos pocos miles de kilómetros de origen. Un supervisor es suficiente para cada
planeta. Supongo que harán turnos.
Muller cerró
los ojos un momento. Le llegó la imagen de esas bestias colosales,
inimaginables, extendiéndose por su lejana galaxia, aprisionando toda clase de
animales, moldeando una sociedad cautiva y vicariamente tecnológica, flotando
en órbita como ballenas espaciales para dirigir y coordinar esa grandiosa e
improbable empresa, incapaces del menor acto físico. Masas monstruosas de
protoplasma rosa y brillante, recién salido del mar, erizado de sensores
funcionando en los dos extremos del espectro. Susurrando entre ellos por medio
de rayos X. Enviando órdenes por radio. «No - pensó -. No.»
- Bueno - dijo
finalmente -. ¿Y qué? Están en otra galaxia.
- Ya no. Han
tropezado con algunas de nuestras colonias más lejanas. ¿Sabe qué hacen cuando
encuentran un mundo humano? Ponen en órbita a un supervisor y se apoderan de
los colonos. Han descubierto que los humanos son espléndidos esclavos, cosa que
no resulta muy sorprendente. En este momento se han apoderado de seis de
nuestros mundos. Tenían otro, pero matamos a su supervisor. Ahora resulta mucho
más difícil; se apoderan de nuestros misiles cuando van hacia ellos y los
envían de vuelta.
- Si estás
inventando esto - dijo Muller -, ¡te mataré!
- Es cierto. Lo
juro.
- ¿Cuándo
empezó?
- El año
pasado.
- ¿Y qué
sucederá? ¿Se apoderarán de la galaxia y nos convertirán a todos en zombies?
- Boardman cree
que hay una posibilidad de evitarlo.
- ¿Cuál?
- Al parecer,
estos seres no saben que somos inteligentes. No podemos comunicarnos con ellos,
¿se da cuenta? Funcionan a un nivel no verbal, una especie de telepatía. Hemos
tratado de comunicarnos con ellos de muchas maneras, bombardeándolos con
mensajes en todas las longitudes de onda, sin obtener ni un signo de que
reciben nuestras transmisiones. Boardman cree que si pudiéramos persuadirles de
que tenemos... bueno, almas..., quizá nos dejarían en paz. Dios sabe por qué
piensa eso. Creo que lo predijo un ordenador. Cree que estos seres se mueven
dentro de un esquema moral coherente, que están dispuestos a apoderarse de
cualquier animal útil, pero que no molestarían a una especie que está del mismo
lado que ellos en la frontera de la inteligencia. Y si de algún modo pudiéramos
demostrarles que...
- Pero saben
que tenemos ciudades. Y propulsión estelar. ¿No prueba eso que somos
inteligentes?
- Los castores
construyen diques - replicó Rawlings. - Pero no firmamos tratados con los
castores. Ni pagamos una indemnización cuando secamos un pantano. Sabemos que
no debemos preocuparnos por sus sentimientos.
- ¿Lo sabemos?
¿O simplemente hemos decidido que los castores no importan? ¿Y qué es eso de la
frontera de la inteligencia? Hay un espectro continuo de inteligencia, desde
los protozoarios hasta los primates. SI, somos un poco más inteligentes que los
chimpancés, pero ¿es una diferencia cualitativa? ¿Acaso el hecho de que podemos
registrar nuestros conocimientos y usarlos nuevamente es tan especial?
- No quiero
discutir sobre filosofía con usted - dijo roncamente Rawlings -. Estoy tratando
de decirle cuál es la situación, y cómo le afecta.
- Sí. ¿Cómo me
afecta?
- Boardman
piensa que podríamos lograr que los seres radiales nos dejaran en paz si les
demostráramos que estamos más cerca de ellos en materia de inteligencia que sus
otros esclavos. Si pudiéramos comunicarles que tenemos emociones, necesidades,
ambiciones, sueños.
Muller escupió.
- Un judío, ¿no
tiene ojos? Un judío, ¿no tiene manos, órganos, dimensiones, sentidos, afectos,
pasiones? Si nos pincháis, ¿no sangramos?
- Sí; es eso.
- ¿Y cómo nos
comunicaremos con ellos si carecen de un lenguaje verbal?
- ¿No lo
comprende?
- No. Yo... Sí
¡Por Dios, sí!
- Existe un
hombre, entre todos los miles de millones de hombres, que no necesita de las
palabras para comunicarse. Transmite sus sentimientos. Su alma. No sabemos qué
frecuencia utiliza, pero quizás ellos lo sepan.
- Sí. Sí.
- Y por eso
Boardman quería pedirle que hiciera una cosa más por la humanidad. Que fuera a
ver a esos seres. Que ellos pudieran recibir su transmisión. Que les demostrara
que no somos animales.
- Pero
entonces, ¿por qué me hablaste de volver la tierra, de que me mentiste?
- Un truco. Una
trampa. Había que sacarle de laberinto, de cualquier forma. Y cuando estuviese
fuera podríamos contarle toda la historia y pedirle ayuda.
- ¿Reconociendo
que no había cura?
- Sí.
- ¿Y qué te
hace pensar que yo iba a mover un dedo para evitar que los mundos humanos
fuesen esclavizados?
- Su ayuda no
tendría que ser necesariamente voluntaria - dijo Rawlings.
7
Ahora llegó el torrente de odio, de angustia de temor, de celos, de tormento, de amargura, de burla, de desprecio, de ira, de desesperación, de vehemencia, de agitación, de pena, de dolor, de agonía, de fuego, de furor, Rawlings se apartó como si le hubiesen quemado. Muller navegaba en la desesperación más profunda. Una trampa, una trampa, ¡todo había sido una trampa! Nuevamente lo habían usado. Era una herramienta para Boardman. Muller ardía. Sólo dijo unas pocas palabras en voz alta; el resto llegó desde dentro, derramándose por un dique abierto, sin contener nada: un torrente de furia.
Cuando el
espasmo pasó, Muller preguntó, de pie entre dos fachadas que sobresalían:
- ¿Boardman me
tiraría a las rodillas de esos seres, aunque yo no quisiera ir?
- Sí. Dijo que
esto era demasiado importante para permitirle elegir libremente. Sus deseos son
irrelevantes. La mayoría contra el individuo.
Con una calma
mortal, Muller dijo:
- Tú formas
parte de esta conspiración. ¿Por qué me has dicho todo esto?
- Porque
renuncié.
- Sí, claro.
- No. En serio.
Sí, formé parte de todo. Sí, hice lo que quería. Mentí en todo lo que le dije.
Pero no sabía la última parte..., que no podría elegir. Tuve que venir. No
podía permitir que le hicieran eso. Tenía que decirle la verdad.
- Muy
considerado de tu parte. Ahora tengo dos opciones, ¿eh, Ned? Puedo dejar que me
arrastren fuera de aquí para sacarle las castañas del fuego nuevamente, o puedo
matarme dentro de un minuto y dejar que la humanidad se vaya al diablo, ¿no?
- No diga eso -
dijo Rawlings irritado.
- ¿Por qué no?
Son mis opciones. Tuviste la bondad de revelarme la verdadera situación y ahora
puedo reaccionar como me parezca. Me has comunicado mi sentencia de muerte,
Ned.
- No.
- ¿Qué otra
cosa me queda? ¿Dejar que me usen nuevamente?
- Podría...
cooperar - dijo Rawlings. - humedeciéndose los labios -. Sé que parece un
disparate. Pero podría demostrarle quién es usted. Olvidar toda esta amargura.
Poner la otra mejilla. Recordar que Boardman no es toda la humanidad. Hay
millones de personas inocentes...
- Padre,
perdónalos porque no saben lo que hacen.
- ¡Sí!
- Cada uno de
esos millones huiría da de mí si me acercara.
- ¿Y qué? ¡No
pueden evitarlo! ¡Pero son su gente!
- Y yo soy la
suya. No pensaran en eso cuando me echaron.
- Eso no es
racional.
- No, no lo es.
Y no pienso ponerme racional ahora. Suponiendo que el destino de la humanidad
pudiese ser modificado si yo me convirtiera en embajador ante esos seres
radiales (y no pienso hacerlo), sería un gran placer no cumplir con mi deber.
Te agradezco tu advertencia. Ahora que, finalmente, sé qué es lo que sucede
aquí, tengo la excusa que he estado buscando todos estos años. Conozco un
millar de lugares donde la muerte sería rápida y no muy dolorosa. Y que Charles
Boardman hable personalmente con esos tipos Yo...
- Por favor,
Dick, no te muevas - dijo Boardman desde un punto situado treinta metros detrás
de él.
Capitulo XII
1
Para Boardman,
todo aquello era muy desagradable. Pero también era necesario, y no le había
sorprendido que los acontecimientos evolucionaran así. En su análisis original
había previsto dos posibilidades: o Rawlings conseguía sacar a Muller del laberinto
o Rawlings se rebelaba y decía la verdad a Muller. Estaba preparado para las
dos.
Ahora, Boardman
se había desplazado hasta el centro del laberinto, desde la zona F, Para seguir
a Rawlings antes de que el daño fuese irreparable. Podía predecir una de las
respuestas posibles de Muller: suicidio. Muller nunca se suicidaría por
desesperación, pero podía hacerlo como venganza. Con Boardman estaban Ottavio,
Davis, Reynolds y Greenfield. Hosteen, con los demás, vigilaba en las zonas
externas. Todos estaban armados.
Muller se
volvió. No era fácil mirar la expresión de su rostro.
- Lo siento
mucho, Dick - dijo Boardman -. Teníamos que hacerlo.
- No tenéis
vergüenza, ¿verdad? - preguntó Muller.
- Cuando la
tierra está en juego, no.
- Hace tiempo
que sé eso. Pero creí que eras humano, Charles. No llegué a comprender tu
esencia.
- Ojalá que no
hubiéramos tenido que hacer nada de esto, Dick. Pero tuvimos que hacerlo. Ven
con nosotros.
- No.
- No puedes
negarte. El chico te dijo cuál es la situación. Ya te debemos más de lo que
podremos pagarte nunca, Dick. Aumenta esa deuda un poco más. Por favor.
- No me iré de
Lemnos. No me siento obligado hacia la humanidad. No haré tu trabajo.
- Dick.
- A cincuenta
metros al noroeste de donde estoy, hay un pozo de llamas. Voy a ir andando
hasta allí. En diez segundos no habrá más Richard Muller. Una infortunado
calamidad eliminará a otra y la Tierra no estará peor de lo que estaba antes de
que yo adquiriera mi habilidad especial. Ya que no apreciasteis esa habilidad
anteriormente, no veo ninguna razón para que la utilicéis ahora.
- Si quieres
matarte - dijo Boardman -, ¿por qué no esperas unos meses?
- Porque no me
interesa haceros un servicio.
- Eso es
infantil. Es la última tontería que hubiera imaginado que cometerías.
- También era
infantil cuando soñaba con las estrellas - replicó Muller -. Simplemente, soy
coherente. Los extragalácticos pueden comerte vivo, Charles. No me importa. ¿No
te gustaría ser un esclavo? En algún lugar de tu cerebro estarías gritando,
pidiendo que te liberaran, pero los mensajes radiales te dirían qué brazo
levantar, qué pierna mover. Me gustaría vivir lo suficiente para ver eso. Pero
voy a ir hasta ese pozo de llamas. ¿No vas a desearme un buen viaje? Acércate,
deja que toque tu brazo. Toma una buena dosis de mí. La última. Ya no molestaré
más.
Muller estaba
temblando. Su cara sudaba. Su labio superior se contraía.
- Por lo menos
ven a la zona F. conmigo - dijo Boardman -. Nos sentaremos tranquilamente y
discutiremos esto bebiendo coñac.-
- ¿Juntos? -
Muller rió. - Vomitarías. No podrías soportarlo.
- Estoy
dispuesto a hablar.
- Yo no - dijo
Muller.
Dio un paso
tembloroso hacia el noroeste. Su cuerpo grande y poderoso parecía encogido y
reseco; no había más que tendones tirantes sobre un armazón que cedía. Dio otro
paso. Boardman vigilaba. A su izquierda estaban Ottavio y Davis; a la derecha,
Reynolds y Greenfield se interponían entre Muller y el pozo. Rawlings,
olvidado, estaba alejado del grupo.
Boardman sintió
un latido en su laringe, un estremecimiento y una tensión en los riñones.
Experimentó simultáneamente un gran cansancio y una fiera excitación que no
había vuelto a sentir desde su juventud. Dejó que Muller diera un tercer paso
hacia la autodestrucción. Después, distraídamente, chasqueó dos dedos.
Greenfield y
Reynolds saltaron.
Como dos gatos
se lanzaron hacia adelante, listos para eso, y cogieron a Muller por los
brazos. Boardman vio cómo sus caras se volvían grises cuando sintieron el
impacto del campo mental de Muller, que luchó, tiró, trató de soltarse. Ahora,
también Davis y Ottavio estaban encima de él. En la oscuridad, el grupo parecía
un Lacocoonte; Muller sólo era visible a medias mientras los demás, más
pequeños, se retorcían y se enroscaban sobre su cuerpo flexionado que luchaba.
«Una pistola somnífera hubiese facilitado las cosas», razonó Boardman, pero las
pistolas somníferas a veces eran peligrosas para los seres humanos. Podían
provocar disturbios cardíacos. Y no tenían desfibriladores a mano.
Un momento
después, Muller estaba de rodillas.
- Quítenle las
armas - dijo Boardman.
Ottavio y Davis
lo sujetaban. Reynolds y Greenfield lo registraron. De un bolsillo, sacaron el
pequeño globo mortífero.
- Esto es lo
único que lleva - dijo Greenfield.
- Revísenlo con
cuidado.
Con cuidado lo
revisaron. Mientras tanto, Muller quedó inmóvil, el rostro inescrutable, los
ojos inexpresivos. Había adoptado la postura y la expresión de un hombre a
punto de ser ajusticiado. Finalmente, Greenfield volvió a levantar la cabeza.
- Nada - dijo.
Muller dijo:
- Uno de mis
molares superiores contiene un compartimiento secreto, Lleno de carnífago.
Contaré hasta diez, morderé fuerte y me disolveré ante vuestros ojos.
Greenfield se
volvió y aferró las mandíbulas de Muller.
- Déjelo en paz
- ordenó Charles Boardman -. Está bromeando.
- Pero... ¿cómo
sabemos que...? - comenzó Greenfield.
- Déjenlo en
paz. Retrocedan. - Boardman hizo un hizo un gesto -. Quédense a cinco metros de
él. No se acerquen si no se mueve.
Se retiraron;
era evidente que se alegraban de alejarse del impacto del campo de Muller.
Boardman, que estaba a quince metros de distancia, sintió una punzada de dolor.
No se aproximó.
- Puedes
ponerte de pie - dijo Boardman -. Pero, por favor, no intentes moverte. Lo
lamento, Dick.-
Muller se puso
en pie. Su rostro estaba lívido de odio. Pero no dijo nada y no se movió.
- Ya no hay más
remedio - dijo Boardman - te ataremos a una litera de espuma y te llevaremos
hasta la nave. Te mantendremos allí y estarás envuelto en cuando te enfrentes
con los extragalácticos. Estarás totalmente indefenso. No me gustaría tener que
hacerte eso, Dick. La otra posibilidad es que estés dispuesto a cooperar. Ven a
la nave con nosotros por tu propia voluntad. Haz lo que te pedimos. Ayúdanos
por última vez.
- Ojalá se te
pudran los intestinos - dijo Muller con un tono casi trivial -. Ojalá vivas mil
años con gusanos que te devoren. Ojalá te atores con tu propia complacencia y
no mueras nunca.
- Ayúdanos. De
buen grado.
- Ponme en la
red de espuma, Charles. Si no, me suicidaré en la primera oportunidad.
- Debo parecer
un villano, ¿verdad? - dijo Boardman -. Pero preferiría no hacerlo así. Ven
voluntariamente, Dick.
La respuesta de
Muller fue una especie de gemido.
Boardman
suspiró. Aquello resultaba embarazoso. Miró a Ottavio.
- La red de
espuma - dijo.
Rawlings, que
había estado en una especie de trance, se puso súbitamente en acción. Se lanzó
hacia adelante, cogió la pistola que Reynolds tenía en su funda, corrió hacia
Muller y puso el arma en su mano.
- Ahí tiene -
dijo -. Ahora manda usted.
2
Muller estudió
la pistola como si nunca hubiese visto otra, pero su sorpresa no duró más que
una fracción de segundo. Deslizó la mano sobre la confortable culata y puso el
dedo en el gatillo. Era un modelo familiar, apenas un poco diferente de los que
había conocido. Con una sola descarga podía matarlos a todos. O a sí mismo.
Retrocedió, para que no pudieran sorprenderlo por detrás. Explorando con su
espuela revisó la pared, comprobó que era digna de confianza y apoyó los
omoplatos contra ella. Luego movió el arma en un arco de 270º, abarcándolos a
todos.
- Quedaos
quietos - dijo -. Los seis. Poneos a un metro de distancia, en fila, y mantened
las manos donde pueda verlas.
Disfrutó la
mirada oscura y furiosa que Boardman dirigió a Rawlings. El chico parecía
aturdido, abochornado, confuso; era como una figura de un sueño. Muller aguardó
pacientemente a que los seis hombres se colocaran según sus órdenes. Su propia
calma le resultaba sorprendente.
- No pareces
muy feliz, Charles - dijo -. ¿Qué edad tienes? ¿Ochenta años? Supongo que te
gustaría vivir otros setenta, ochenta, noventa. Has planeado toda tu vida, y
morir en Lemnos no entra en tus planes. Quédate quieto, Charles. Y ponte
derecho. No conseguirás que me apiade de ti pareciendo viejo y encorvado.
Conozco ese truco. Estás tan sano como yo, detrás de esa falsa barriga. Más
sano. ¡ponte derecho, Charles!
Con voz
vacilante, Boardman dijo:
- Si eso hace
que te sientas mejor, mátame, Dick Y luego ve a la nave y haz lo que queremos
que hagas. Yo no soy imprescindible.
- ¿Lo dices en
serio? - Casi te creo - dijo Muller, admirado -. ¡Me estás proponiendo un
trato, viejo traidor! Tu vida a cambio de mi cooperación. Pero ¿donde está el
quid pro quo? No me gusta matar. Liquidarte no me serviría de nada. Aún tendría
mi maldición.
- La oferta
sigue en pie.
- Rechazada -
dijo Muller -. Si te mato, no es a cambio de algo. Pero es muy posible que me
suicide. ¿Sabes?, en el fondo soy un hombre decente. Un poco inestable, es
cierto, pero ¿quién tiene la culpa? Pero decente. Prefiero usar esta pistola
contra mí que contra ti. Yo soy el que sufre. Y puedo terminar con eso.
- Podrías
haberlo hecho en cualquier momento de los últimos nueve años - señaló Boardman
-. Pero sobreviviste. Dedicaste todo tu ingenio a sobrevivir en este lugar
asesino.
- Ah, sí. ¡Pero
eso era diferente! Un desafío abstracto, el hombre contra el laberinto. Una
prueba de mi habilidad. Ingenio. Pero si me matase ahora, desbarataría tus
planes. Te metería el dedo en la nariz ante los ojos de toda la humanidad.
¿Dices que soy indispensable? Entonces, ¿qué mejor forma de cobrar mi dolor a
la humanidad con la misma moneda?
- Lamentábamos
mucho tus sufrimientos - dijo Boardman.
- SI; estoy
seguro de que lloraron amargamente por mí. Pero fue lo único que hicieron. Me
dejaron partir enfermo, corrompido, sucio. Ahora ha llegado mi liberación. No
es un suicidio, es una venganza.
Muller sonrió.
Ajustó la pistola en el rayo más fino y dejó que el cañón se apoyara contra su
pecho.
Ahora, una
pequeña presión del dedo. Sus ojos escudriñaron las expresiones de los demás. A
los soldados no les importaba. Rawlings estaba completamente atontado. Sólo
Boardman mostraba miedo y preocupación.
- Supongo que
podría matarte a ti primero Charles. Para darle una lección a nuestro joven
amigo; el precio del engaño es la muerte. Pero no. Eso lo estropearía todo.
Tienes que vivir, Charles. Tienes que volver a la tierra y admitir que dejaste
escapar al hombre indispensable. ¡Qué borrón en tu carrera! ¡En la misión más
importante! Sí. Será un placer derrumbarme aquí y dejar que tú recojas los
pedazos.
Su dedo se
crispó sobre el gatillo.
- Ahora - dijo
-. Rápido.
- ¡No! - gritó
Boardman -. Por el amor de...
- ...el hombre
- dijo Muller, riendo, y no disparó. Dejó caer el brazo y tiró el arma con
gesto de fastidió hacia donde estaba Boardman. Aterrizó a sus pies.
- ¡Espuma!
¡Rápido!
- No te
molestes - dijo Muller -. Soy tuyo.
3
A Rawlings le
llevó bastante tiempo entenderlo.
Primero
tuvieron que afrontar el problema de salir del laberinto. Aun con Muller
dirigiéndolos fue un trabajo abrumador. Tal como habían sospechado acercarse a
las trampas desde el lado interno no era lo mismo que sortearlas desde afuera.
cautelosamente, Muller los condujo a través de la zona E; ellos conocían
bastante bien la F y, después de desmantelar el campamento, entraron en G.
Rawlings seguía esperando que Muller saltara súbitamente y se arrojara en
alguna trampa espantosa. Pero Muller parecía tan ansioso por salir del
laberinto con vida como cualquiera de ellos. Y, curiosamente, Boardman se había
dado cuenta de eso. Aunque vigilaba de cerca a Muller, lo dejó en libertad.
Sintiendo que
había caído en desgracia, Rawlings, se mantuvo apartado de los demás durante la
silenciosa marcha hacia fuera. Consideraba que habla arruinado su carrera.
Había puesto en peligro las vidas de su compañeros y el éxito de la misión.
Pero sentía que habla valido la pena. Llega un momento en que un hombre debe
actuar contra lo que considera incorrecto.
El simple
placer moral que experimentaba era contrarrestado por la conciencia de que
habla actuado ingenua, romántica, tontamente. No podía enfrentarse con
Boardman. Más de una vez pensó que debía permitir que uno de las trampas
mortales de las zonas exteriores le atrapara. Pero decidió que eso también
sería ingenuo, romántico y tonto.
Miró a Muller,
que avanzaba a zancadas..., alto, orgulloso, con sus conflictos resueltos y sus
dudas cristalizadas. Y se preguntó mil veces por qué Muller habla entregado la
pistola.
Finalmente
Boardman se lo explicó, cuando acamparon para pasar la noche en una precaria
plaza, cerca del borde externo de la zona G.
- Mírame - dijo Boardman -. ¿Qué te pasa? ¿Por qué no me miras?
- No juegue
conmigo, Charles. Hágalo de una vez.
- Que haga,
¿qué?
- Que me insulte.
Quiero oír la sentencia.
- Todo está
bien, Ned. Nos ayudaste a obtener lo queríamos. ¿Por qué iba a estar enfadado?
- Pero... la
pistola... Yo le di la pistola.
- De nuevo
confundes el fin y los medios. Viene con nosotros. Está haciendo lo que queríamos
que hiciera. Eso es lo único que cuenta.
Atropelladamente,
Rawlings preguntó:
- ¿Y si se
hubiera matado..., o nos hubiera matado?
- No hubiera
hecho ninguna de las dos cosas.
- Eso lo dice
ahora. Pero en aquel momento, cuando tenía la pistola...
- No - dijo
Boardman -. Te dije al principio que trabajaríamos sobre la base de su sentido
del honor. Tuvimos que volver a despertarlo. Tú lo hiciste. Mira: aquí estoy
yo, el brutal representante de una sociedad brutal y amoral, ¿no es así? Yo
confirmo las peores ideas de Muller sobre la humanidad.. ¿Por qué Iba a ayudar
a una manada de lobos? Y aquí estás tú, joven e inocente, lleno de sueños y
esperanzas. Le recuerdas a la humanidad a la que conoció antes de que el
cinismo lo corroyera. Torpemente, tratas de ser moral en un mundo que no
muestra trazas de ética ni de sensatez. Demostraste simpatía y amor por un
semejante y la capacidad de hacer un gesto dramático por lo que creías
correcto, le demostraste a Muller que todavía hay esperanzas para la humanidad,
¿te das cuenta? Me desafías y le das un arma y lo conviertes en el árbitro de
la situación. Podía haber hecho lo más obvio y matarnos. Podía haber hecho algo
menos obvio y matarse. O podía ponerse a tu altura, superarte, renunciando
deliberadamente y demostrando su superioridad moral. Lo hizo. Arrojó el arma.
Fue decisivo, Ned. Fuiste el instrumento a través del cual conseguimos su
cooperación.
- Todo parece
horrible cuando usted lo explica así, Charles. Como si también hubiese planeado
eso. Empujándome tanto que tuviera que darle el arma, sabiendo que...
Boardman
sonrió.
- ¿Lo hizo? -
preguntó Rawlings de golpe -. No. No puede haber calculado todos esos
vericuetos. Ahora, cuando todo terminó, está tratando de hacerme creer que lo
tenía todo previsto. Pero yo le miré en el momento en que di el arma a Muller.
Había temor en su cara, e ira. Usted no estaba seguro de lo que iba a hacer.
Pero como todo salió bien ahora dirá que lo tenía planeado. ¡No me engaña,
Charles!
- Es delicioso
ser tan transparente - dijo alegremente Boardman.
4
El laberinto no
parecía interesado en retenerles. Cuidadosamente, recorrieron el camino de
salida, pero encontraron pocos desafíos y ningún peligro serio. Rápidamente se
dirigieron hacia la nave.
Dieron a Muller
una cabina a proa, alejada del alojamiento de la tripulación. Pareció aceptarlo
como una consecuencia de su condición y no se ofendió. Se mantenía apartado,
solo, lacónico. A menudo, una sonrisa irónica vagaba por sus labios y la mayor
parte del tiempo sus ojos tenían un brillo despectivo. Pero estaba dispuesto a
hacer lo que se le ordenaba. Había tenido su momento de supremacía; ahora
pertenecía a los demás.
Hosteen y sus
hombres hicieron a toda prisa los preparativos para el despegue. Muller
permanecía en su cabina. Boardman fue a verle, solo y sin armas. El también
podía tener actitudes nobles.
Se miraron por
sobre una mesa baja. Muller aguardó, en silencio, sin mostrar la menor emoción
en su cara. Después de un rato, Boardman dijo.
- Te estoy muy
agradecido, Dick.
- Ahórrate eso.
- No me importa
que me desprecies. Hice lo que tenía que hacer. Igual que el chico. Y ahora lo
harás tú. Después de todo, no podías olvidar que naciste en la Tierra.
- Ojalá
pudiera.
- No digas eso.
Es amargura retórica, fácil, barata, Dick. Los dos somos demasiado viejos para
hacer retórica. El universo es un lugar peligroso. Hacemos lo que podemos. Lo
demás no importa.
Estaba sentado
bastante cerca de Muller. La emanación le daba de lleno, pero, deliberadamente,
no se movió. Esa onda de desesperación que lo hacía sentir como si tuviera mil
años de edad La. decadencia del cuerpo, el derrumbe del alma, la muerte térmica
de la galaxia..., la llegada del invierno..., vacío..., cenizas.
- Cuando
lleguemos a la Tierra - dijo tajante - haré que recibas todas las informaciones
pertinentes. Cuando las asimiles sabrás tanto como nosotros sobre los
extragalácticos, lo que no es decir gran cosa. Después, harás lo que te
parezca. Pero estoy seguro que sabes, Dick, que los corazones de millones de
terráqueos rezarán por ti y por tu éxito.
- ¿Quién hace
retórica? - preguntó Muller.
- ¿Hay alguien
a quien te gustaría ver cuando lleguemos a la Tierra?
- No.
- Puedo avisar
con antelación. Hay gente que nunca dejó de quererte, Dick, Estarán
esperándote, si yo se lo pido.
Lentamente
Muller dijo:
- Veo el
esfuerzo en tus ojos, Charles. Mi proximidad te está destrozando, la sientes en
las entrañas, en la frente, en el estómago. Tú piel está gris. Tus mejillas se
han aflojado. Te quedarías ahí sentado aunque te mueras, porque es tu estilo.
Pero es infernal. Si en la Tierra hay alguien que nunca dejó de quererme, lo
menos que puedo hacer por esa persona es ahorrarle ese infierno. No quiero ver
a nadie. No quiero hablar con nadie.
- Como quieras
- dijo Boardman. Gotas de sudor colgaban de sus cejas tupidas y caían sobre sus
mejillas. Quizá cambies de idea cuando te acerques a la Tierra.
- Nunca más
estaré cerca de la Tierra - replicó Muller.
Capitulo XIII
1
Pasó tres
semanas asimilando todo lo que se sabía de los gigantescos seres
extragalácticos. Insistió en no ir a la Tierra y en que su retorno no se
hiciera público. Le alojaron en un búnker en la Luna y vivió discretamente a la
sombra de Copérnico, moviéndose como un robot por unos corredores de acero
gris, alumbrados por cálidas antorchas. Le mostraron todos los cubos.
Proyectaron muchas reconstrucciones en módulos sensoriales. Muller escuchaba.
Absorbía. Dijo muy poco.
Se mantenían a
distancia, como habían hecho en el viaje desde Lemnos. Pasaban días enteros sin
que viese a un ser humano. Cuando llegaban hasta él, se mantenían a más de diez
metros de distancia.
No se quejó.
La excepción
era Boardman, que lo visitaba tres veces por semana e insistía en estar dentro
de la zona del dolor. A Muller eso le parecía despreciable. Boardman parecía
tratarlo con condescendencia, con su voluntaria y totalmente innecesaria
sumisión al sufrimiento.
- Preferiría
que no vinieses - le dijo durante su quinta visita -. Podemos hablar por la
pantalla o podrías quedarte en la puerta.
- No me importa
estar cerca.
- Pero a mí sí
- replicó Muller -. ¿Nunca se te ha ocurrido que estoy empezando a encontrar
tan odiosa a la humanidad como la humanidad me encuentra a mí? El tufo de tu
cuerpo carnoso, Charles, se me clava en la nariz. Y no es sólo el tuyo, es el
de todos. Desagradable. Nauseabundo. Hasta la expresión de vuestras caras. Los
poros. Sus estúpidas bocas abiertas. Las orejas. Mira de cerca una oreja,
Charles. ¿Has visto alguna vez algo más repulsivo que esa tacita rosada y
arrugada? ¡Me dais asco, todos!
- Lamento que
pienses así - dijo Boardman. Las sesiones informativas continuaron. Después de
una semana, Muller estuvo listo para emprender su misión; pero no: primero
tenían que alimentarlo con todas las Informaciones del banco. Absorbió la
información con impaciencia creciente. Todavía perduraba una sombra de su
antigua personalidad, que consideraba la misión como un desafío fascinante,
digno de ser aceptado. Iría. Serviría, como antes. Cumpliría su obligación.
Eventualmente,
dijeron que podía partir.
Desde la Luna
lo llevaron por impulso hasta un punto situado fuera de la órbita de Marte,
donde lo trasladaron a una nave hiperespacial, ya programada para despedirlo
hasta el exterior de la galaxia. Solo. En aquel viaje no tendría que preocuparse
por las molestias que su presencia pudiera causar a la tripulación. Había
varias razones para esto: la más importante era que, oficialmente, se
consideraba una misión suicida, y puesto que la nave podía hacer el viaje sin
necesidad de tripulación hubiese sido temerario arriesgar vidas..., además de
la suya, por supuesto. Pero él era un voluntario. Además había pedido hacer el
viaje solo.
No vio a
Boardman durante los cinco semanas anteriores a la partida ni había visto más a
Ned Rawlings desde su vuelta de Lemnos. Muller no lamentaba la ausencia de
Boardman, pero a veces deseaba poder pasar otra hora con Rawlings. Era un chico
que prometía. Tras la incoherencia y la confusa ingenuidad, Muller vislumbraba
las simientes de la madurez.
Desde la cabina
de su pequeña y esbelta nave vio a los técnicos flotando en el espacio y
disponiéndose a cortar las comunicaciones. Estaban volviendo a su propia nave.
Escuchó un mensaje de Boardman, un Boardman muy especial. «Ve y cumple con tu
deber. La humanidad...», etcétera, etcétera. Muller agradeció amablemente sus
palabras.
El canal de
comunicación quedó cortado.
Unos instantes
más tarde, Muller entró en el hiperespacio.
2
Los seres
gigantescos se habían apoderado de tres sistemas situados en los márgenes de la
galaxia; cada estrella tenía dos planetas colonizados por la Tierra. La nave de
Muller se dirigía hacia una estrella verdosa cuyos mundos habían sido
colonizados sólo cincuenta años antes. El quinto planeta, seco como el hierro,
pertenecía a una sociedad colonizadora del Asia Central, que estaba tratando de
establecer una serie de culturas nómadas donde se pudieran practicar las
virtudes pastorales. El sexto, que presentaba una mezcla de culturas y
ambientes más parecidos a los de la tierra, estaba ocupado por representantes
de media docena de sociedades colonizadoras, cada una en un continente. Las
relaciones entre esos grupos, a menudo complicadas y difíciles, habían dejado
de tener importancia en los últimos doce meses, ya que ambos planetas estaban
bajo el control de supervisores extragalácticos.
Muller salió de
la trayectoria hiperespacial a veinte segundos luz del sexto planeta.
Automáticamente.
Su nave se
estacionó en una órbita de observación y los aparatos comenzaron a informas.
Las pantallas mostraban la imagen de la superficie. Las placas de superposición
le permitían comparar la configuración de las instalaciones que había abajo con
la que habían tenido antes de ser conquistadas por los Extragalácticos. Las
imágenes ampliadas eran muy interesantes, las imágenes originales a en la
pantalla de color violeta; las ampliaciones recientes en rojo. Muller observó
que, alrededor de cada una de las colonias, y sin tener en cuenta su planta
original, había surgido una red de calles angulares y avenidas zigzagueantes.
Instintivamente notó que aquella geometría era totalmente extranjera. Lo que
observaba trajo a su memoria el lívido recuerdo del laberinto, y aunque
aquellos esquemas no se parecían a los del laberinto tenían en común su falta
de una pauta predecible. Rechazó la posibilidad de que el laberinto de Lemnos
hubiese sido construido por los seres radiales. Lo que captaba era la similitud
entre diferencias totales. Los seres extraños construían de maneras extrañas.
A siete mil
kilómetros de distancia del planeta, estaba en órbita una cápsula
resplandeciente, con un eje más grande que el otro, que tenía, aproximadamente,
la masa de una gran nave de transporte interestelar. Muller descubrió una
cápsula similar alrededor del quinto mundo. Los supervisores.
Para él era
imposible comunicarse con cualquiera de las cápsulas ni con los planetas; todos
los canales estaban bloqueados. Empujó caprichosamente los controles durante
más de una hora, ignorando las advertencias del cerebro de la nave, que le
repetía que era inútil. Finalmente se rindió a la evidencia.
Acercó su nave
a la cápsula más próxima. Le sorprendió que la nave siguiera estando bajo su
control. Los proyectiles destructores que se habían acercado a los supervisores
habían sido desviados por éstos, pero él podía maniobrar. ¿Un signo
esperanzador?
¿Estaba siendo
observado? ¿El ser podía distinguirlo de un arma destructora? ¿O lo estaría
Ignorando?
Desde una
distancia de un millón de kilómetros ajustó su velocidad con la del satélite y
puso su nave en una órbita de estacionamiento alrededor de él. Entró en la
cápsula de lanzamiento. Se lanzó al vacío y entró en la oscuridad.
3
El
extragaláctico se apoderó de él. No había duda. La cápsula de lanzamiento
estaba programada para una órbita que lo acercara al satélite a su debido
tiempo, y Muller descubrió rápidamente que se estaba desviando de dicha órbita.
Las desviaciones nunca son accidentales. Su cápsula estaba acelerando más
velozmente de lo programado; eso quería decir que había sido atrapada y estaba
siendo atraída. Lo aceptó. Mantenía una calma helada; no esperaba nada y estaba
preparado para todo. La cápsula empezó a bajar. Vio el bulto brillante del
satélite.
Piel contra,
piel metálica, los vehículos se encontraron, se tocaron, se unieron.
Se abrió una escotilla.
La cápsula se
deslizó hacia adentro.
Su cápsula se
detuvo en una plataforma situada en una inmensa habitación cavernosa, de
cientos de metros de longitud, altura y profundidad. Llevando su traje
espacial, Muller salió. Activó sus cojinetes gravitatorios, ya que, como había
supuesto, la gravedad en el satélite era casi nula e imperceptible. En la
oscuridad sólo vio un tenue resplandor púrpura. En el silencio total oyó un
sonido profundo y resonante, como un suspiro enormemente ampliado que temblaba entre
las columnas y las vigas del satélite. A pesar de los cojinetes de gravedad, se
sintió mareado; el suelo se movía bajo sus pies. Por su mente pasó una imagen
parecida al ruido del mar: grandes olas se estrellaban en playas, agua que se
agitaba y resonaba en su cavidad global, el mundo se estremecía a causa de
ello. Muller sintió un escalofrío que su traje no pudo contrarrestar. Una
fuerza irresistible lo atraía. Se movió, inseguro, y sintió alivio y sorpresa
al ver que sus miembros todavía obedecían su órdenes, aunque no los controlaba
por completo. La conciencia de que allí cerca había algo vasto, algo que pesaba
y latía y suspiraba, seguía acompañándolo.
Anduvo por una
avenida en tinieblas. Llegó a una barandilla baja, una luz roja y opaca en la
profunda oscuridad, y apretó su pierna contra ella, manteniendo el contacto
mientras avanzaba. En un momento resbaló, y al golpear la barandilla con el
codo sintió que el ruido del metal recorría la enorme estructura. Ecos borrosos
volvieron hasta él. Como si estuviera andando por el laberinto, pasó por
pasillos y compuertas, atravesó compartimientos relacionados, cruzó puentes que
se alzaban sobre oscuros abismos, bajó por rampas ondulantes que desembocaban
en impresionantes cámaras cuyos techos eran apenas visibles. Se movía con
confianza ciega; no sentía ningún temor. Apenas podía ver. No comprendía la
estructura total del satélite. Apenas podía la imaginar la finalidad de
aquellas divisiones internas.
Desde la
Invisible presencia gigantesca llegaban ondas silenciosas, cuya fuerza se iba
intensificando. Muller tembló sintiendo que lo aferraban. Pero siguió avanzando
hasta que llegó a una especie de galería central, y en un resplandor azul
apagado pudo ver unos niveles que descendían delante de él, y muy por debajo de
su balcón un amplio tanque y, dentro del tanque, algo que centelleaba, algo
enorme.
- Aquí estoy -
dijo -. Richard Muller. De la Tierra.
Se aferró a la
baranda y miró hacia abajo, esperando que sucediera alguna cosa. ¿Acaso la
enorme bestia se agitó y cambió de posición? ¿Gruñó? ¿Se dirigió a él en un
lenguaje que entendía? No nada. Pero sintió muchas cosas: lenta, sutilmente,
tomó conciencia de un contacto, de una mezcla, de una sumersión
Sintió que su
alma escapaba por sus poros, la absorción era incesante. Pero Muller prefirió
no resistirse, cedió, dio la bienvenida, se entregó libremente. Abajo, en el
pozo, el monstruo perforaba su espíritu, abría compuertas de energía neural,
pedía más.
- Sigue - dijo
Muller, y los ecos de su voz danzaron a su alrededor, resonando y reverberando
-. ¡Bebe! ¿Cómo es? Una bebida amarga ¿eh? ¡Bebe, bebe!
Sus rodillas se
doblaron y cayó hacia adelante apretando la frente contra la fría barandilla
mientras sus últimas reservas eran extinguidas.
Se rindió de
buena gana, en gotas brillantes. Entregó el primer amor y el primer desengaño.
La lluvia de abril, la fiebre y el dolor. Orgullo y esperanza, calor y frío,
dulce y ácido. El olor del sudor y el roce de la piel, el trueno de la música,
la música del trueno, cabellos sedosos anudados en sus dedos, líneas dibujadas
en la arena. Montar un caballo, brillantes manadas de pececillos, las torres de
Novísima Chicago, los burdeles de Nueva Orleáns. Nieve. Sangre. Vino. Hambre.
Fuego. Dolor. Sueño. Penas. Manzanas. Amanecer. Lágrimas. Bach. El ruido del
tocino al freírse. La risa de los ancianos. El sal en el horizonte, la luna en
el mar, la luz de las estrellas, el humo de los cohetes, flores de verano en la
ladera de un glaciar. Padre. Madre. Jesús. Tristeza. Júbilo. Lo dio todo y
aguardó una respuesta. No recibió ninguna. Y cuando estuvo totalmente vacío,
apoyó la cara en el suelo, desnudo, hueco, mirando sin ver hacia el abismo.
4
Cuando pudo
marcharse, se marchó. La compuerta se abrió para dar paso a su cápsula, que se
elevó rumbo de la nave. Poco después estaba en trayectoria hiperespacial.
Durmió durante la mayor parte del viaje. En las cercanías de Antares conectó
los controles manuales, se hizo cargo de la nave y pidió un cambio de rumbo. No
había necesidad de volver a la Tierra. La estación de control recibió su
solicitud, hizo una comprobación rutinaria para ver si el canal estaba libre y
le autorizó a dirigirse inmediatamente a Lemnos. Instantáneamente, Muller
volvió a entrar en trayectoria hiperespacial.
Cuando surgió,
no lejos de Lemnos, encontró otra nave en órbita esperándole. Decidió
ignorarla, pero la otra nave insistió en entrar en contacto. Muller aceptó la
comunicación.
- Soy Ned
Rawlings - dijo una voz extrañamente serena -. ¿Por qué ha cambiado su plan de
vuelo?
- ¿A quién le
importa? Ya he hecho mi trabajo.
- Pero no ha
hecho un informe.
- Entonces
Informaré ahora. Visité al extragaláctico. Tuvimos una charla agradable y
amistosa. Luego me permitió partir. Ahora casi estoy en casa. No sé qué
consecuencias tendrá mi visita en el futuro de la humanidad. Fin del informe.
- ¿Qué va a
hacer ahora?
- Te lo dije;
irme a casa. Esta es mi casa.
- ¿Lemnos?
- Lemnos.
- Dick, déjeme
Ir a su nave. Diez minutos... cara a cara. Por favor, no se niegue.
- No me niego -
dijo Muller.
Una pequeña
embarcación se separó de la otra nave y ajustó su velocidad a la suya.
Pacientemente, Muller permitió el acoplamiento. Rawlings entró en su nave y se
quitó el casco. Estaba pálido y tenso; parecía mayor. Sus ojos tenían una
expresión distinta. Durante un momento se miraron en silencio.
Luego Rawlings
avanzó y tomó la muñeca de Muller, saludándole.
- Nunca pensé
que volvería a verle, Dick - Comenzó -, y quiero decirle...
Calló
bruscamente.
- ¿Sí? -
preguntó Muller.
- No lo siento
- dijo Rawlings - ¡No lo siento!
- ¿Qué?
- Usted. Su
campo mental. Mire, estoy a su lado. No siento nada. La fealdad, el dolor, la
degradación..., ¡no llega nada!
- El monstruo
lo devoró - dijo Muller con calma -. No me sorprende. Mi alma dejó mi cuerpo. Y
no toda volvió a entrar.
- ¿De qué está
hablando?
- Sentí que
absorbía todo lo que había en mi Interior. Sabía que estaba modificándome, No
fue deliberado. Fue solo un subproducto.
- Entonces, lo
sabía - dijo Rawlings lentamente -. Antes de que yo viniera.
- Pero esto lo
confirma.
- Y sin
embargo, quiere volver al laberinto. ¿Por qué?
- Es mi hogar.
- La Tierra es
su hogar, Dick. No hay razones para que no vuelva. Está curado.
- Si - dijo
Muller -. Un fin feliz para mi lamentable historia. Ahora puedo volver a convivir
con la humanidad. Es mi recompensa por haber arriesgado noblemente la vida por
segunda vez ante seres extraños. ¡Perfecto! Pero la humanidad, ¿es digna de
convivir conmigo?
- No vaya a
Lemnos, Dick. Está siendo irracional Charles me envió a buscarle. Está
enormemente orgulloso de usted. Todos lo estamos. Sería un error volver a
encerrarse en el laberinto.
- Vuelve a tu
nave, Ned - dijo Muller.
- Si usted
vuelve al laberinto yo también iré.
- Si lo haces,
te mataré. Quiero que me dejen en paz, Ned. ¿Lo comprendes? He hecho mi
trabajo. Mi último trabajo. Ahora me retiro, purgado de mis pesadillas. -
Muller se esforzó por sonreír -. No me sigas, Ned. Yo confié en ti y tú me
hubieras traicionado. Todo lo demás es incidental. Ahora, vete de mi nave. Creo
que ya hemos dicho todo lo que teníamos que decir, excepto adiós.
- Dick...
- Adiós, Ned.
Dale recuerdos a Charles. Y a todos los demás.
- ¡No haga eso!
- Hay algo allí
abajo que no quiero perder - dijo Muller -. Ahora voy a reclamarlo. Manteneos a
distancia. Todos vosotros. Manteneos a distancia. Ya sé la verdad sobre la
humanidad. ¿Te irás ahora?
En silencio,
Rawlings ajustó su traje y se dirigió a la compuerta. Cuando la atravesó,
Muller dijo:
- Despídeme de
todos, Ned. Me alegro de que tú hayas sido el último hombre que veré. De algún
modo lo hace más fácil.
Rawlings
desapareció por la compuerta.
Poco después,
Muller programó su nave para una órbita hiperbólica diferida en veinte minutos,
entró en la cápsula y se preparó para descender hasta Lemnos. Fue un lanzamiento
rápido y un buen aterrizaje. Bajó justo en el área de impacto, a dos kilómetros
del portal del laberinto. El sol estaba alto y brillante. Muller caminó
velozmente hacia el laberinto.
Había hecho lo
que querían que hiciera.
Y ahora se iba
a casa.
5
- Sigue
haciendo gestos - dijo Boardman -. Ya saldrá de allí.
- No lo creo -
replicó Rawlings -. Pensaba lo que decía.
- ¿Estuviste a
su lado y no sentiste nada?
- Nada. Ya no
lo tiene.
- ¿Y él lo
sabe?
- Sí.
- Entonces
saldrá - dijo Boardman -. Le vigilaremos, y cuando pida que le saquen de Lemnos
lo haremos. Más pronto o más tarde, volverá a necesitar de los demás. Le han
pasado tantas cosas que necesita pensar en todo, y cree que el laberinto es el
mejor sitio para eso. Todavía no está preparado para volver a emprender una
vida normal. Dale dos años, tres, cuatro. Saldrá. Los dos grupos de seres
extraterrestres se han anulado mutuamente y es apto para volver a la sociedad
humana.
- Creo que no -
dijo Rawlings en voz baja -. No creo que se hayan anulado con tanta exactitud.
Charles, creo que él ya... no es humano.
Boardman rió.
- ¿Quieres que
apostemos? Te doy cinco a uno a que Muller saldrá voluntariamente del laberinto
antes de cinco años.
- Bueno...
- Apostado,
entonces.
Rawlings salió
de la oficina del anciano. Ya era noche. Cruzó el puente que había fuera del
edificio. Dentro de una hora estaría cenando con una persona cálida y mas
dispuesta, que estaba totalmente deslumbrada por su relación con el famoso Ned
Rawlings. Era una buena oyente que le estimulaba a contar historias de hechos
audaces y asentía gravemente cuando hablaba de los desafíos del futuro. Además,
era buena en la cama.
Se detuvo en el
puente para mirar las estrellas.
Un millón de
millones de resplandecientes puntos luminosos brillaban en el cielo. Allá
estaban Lemnos y Beta Hydri IV y los mundos ocupados por los seres radiales y
todos los dominios del hombre y hasta la galaxia de los otros, invisible, pero
real. Allá había un laberinto en una ancha llanura y un bosque de árboles esponjosos
de centenares de metros de altura y mil planetas donde estaban sembradas las
jóvenes ciudades de los terrestres y un extraño tanque en órbita alrededor de
un mundo sojuzgado. En el tanque yacía algo insoportablemente extraño. En los
mil planetas vivían hombres preocupados que temían al futuro. Bajo los árboles
esponjosos andaban gráciles criaturas silenciosas con muchos brazos. En el
laberinto, reposaba un... hombre.
«Quizá - pensó
Rawlings -, dentro de un año o dos iré a visitar a Muller.»
Era muy pronto
para predecir el rumbo que tomarían los acontecimientos. Nadie sabía cómo
estaban reaccionando los seres radiales, si es que llegaban reaccionar, a las
cosas que habían aprendido de Richard Muller. El papel de los hidranos, los
esfuerzos del hombre por defenderse, la salida de Muller del laberinto, eran
misterios, incógnitas variables. Era excitante y causaba un poco de temor
pensar que viviría los tiempos difíciles que se aproximaban.
Atravesó el
puente. Vio las naves espaciales que perturbaban la oscuridad. Se quedó
inmóvil, sintiendo la atracción de las estrellas. Todo el universo tiraba de
él, cada estrella ejercía un poder finito. El resplandor del cielo le
deslumbraba. Había senderos abiertos que le atraían Pensó en el hombre del
laberinto. También pensó en la chica esbelta y apasionada, de ojos oscuros,
cuyo cuerpo le aguardaba.
Súbitamente fue
Dick Muller, cuando tenía veinticuatro años y la galaxia podía ser suya si se
lo proponía. «¿Eras tan diferente de mí? - se preguntó -. ¿Que sentías cuando
levantabas la vista y mirabas las estrellas? ¿Dónde te golpeaban? Aquí. Aquí.
Donde me golpean a mí. Y fuiste allá. Y encontraste. Y perdiste. Y encontraste
otra cosa. ¿recuerdas, Dick, cómo sentías entonces? ¿En qué pensarás esta
noche, en tu ventoso laberinto? ¿Recuerdas? ¿Por qué te alejaste de nosotros,
Dick? ¿En qué te has transformado?»
Se apresuró al
encuentro de la chica que aguardaba. Bebieron vino nuevo, picante, eléctrico.
Sonrieron a la luz de una vela que vacilaba. Más tarde ella se entregó suavemente,
y más tarde aún estuvieron en un balcón, muy juntos, mirando la mayor de las
ciudades humanas. Las luces se estiraban hasta el infinito, se alzaban hasta
encontrarse con esas otras luces de arriba. Deslizó su brazo alrededor de ella
y apoyó la mano en su piel desnuda y la apretó contra sí.
- ¿Cuánto
tiempo te quedarás esta vez? - preguntó ella.
- Cuatro días
más.
- ¿Y cuándo
volverás?
- Cuando
termine mi trabajo.
- Ned, ¿nunca
vas a descansar? ¿Nunca vas a decir, ya basta, no saldré más, elegiré un
planeta y me quedaré en él?
- Sí -
respondió vagamente -. Supongo que algún día. Dentro de un tiempo.
- No lo piensas
en serio. Lo dices. Ninguno de vosotros se asienta nunca.
- No podemos -
murmuró él -. Seguimos adelante. Siempre hay más mundos..., nuevos soles...
- Eres
demasiado. Quieres todo el universo. Eso no está bien, Ned. Hay que aceptar un
limite.
- Sí - dijo él
-. Tienes razón. Sé que tienes razón.
Sus dedos
viajaron sobre una piel suave como la seda. Ella se estremeció. El dijo:
- Hacemos lo
que tenemos que hacer. Tratamos de aprender de los errores ajenos. Servimos
nuestra causa. Intentamos ser honestos con nosotros mismos. ¿De qué otro modo
podría ser?
- El hombre que
volvió al laberinto...
- ...Es feliz -
dijo Rawlings. - Está siguiendo el caminó que él mismo eligió.
- ¿Cómo puede
ser?
- No puedo
explicarlo.
- Debe de
odiarnos mucho a todos para volver la espalda al universo de esa forma.
- Está más allá
del odio - dijo Rawlings -. De alguna manera. Está en paz. Sea lo que sea.
- ¿Sea lo que
sea?
- Si - dijo él
dulcemente.
Sintió el frío
de la medianoche y la llevó dentro. Se quedaron junto a la cama. La vela estaba
casi totalmente consumida. La besó solemnemente y pensó nuevamente en Dick
Muller y se preguntó qué laberinto le estaba aguardando al final de su propio
sendero. La tomó en sus brazos y sintió la presión de su cuerpo contra su
propia piel. Se acostaron. las manos de Ned buscaron, aferraron, acariciaron.
La respiración de ella se transformó en un jadeo.
«Dick, cuando
le vea nuevamente tendré mucho que decirle», pensó.
- ¿Por qué
volvió a encerrarse en el laberinto? - preguntó ella.
- Por la misma
razón que fue a ver a seres extraños. Por la razón que sucedió todo.
- ¿Y cuál era
esa razón?
- Amaba a la
humanidad - dijo Rawlings.
Era un epitafio
tan bueno como otro cualquiera. Apretó con fuerza a la joven. Pero se marchó
antes del amanecer.
FIN